El ajedrez tiene sus misterios. ¿Cómo entender que un caballo ejecute un salto olímpico por encima de una torre? ¿Que los alfiles sólo puedan deslizarse por casillas de un mismo color? ¿Que un peón, después de recorrer un largo camino, hasta pueda convertirse en reina, ante la mirada atónita del rey adversario?

Más aún: ¿cómo concebir que la reina tenga un poder y una eficacia superiores a los de todas las demás piezas, incluso mayores que los de su regio esposo? Éste, limitado por su grandeza, avanza con solemnidad un escaque cada vez; aquella, no se sabe por qué delirios de celo hacia el monarca, en una sola jugada atraviesa el campo de batalla de punta a punta, se convierte en la desesperación de los enemigos y la salvación de sus soldados. ¿Cómo comprenderlo? Quizá considerando el ajedrez como una metáfora de la forma en que Dios interviene en la historia…

La Divina Providencia tal vez haya permitido que los hombres otorgaran a la reina del ajedrez tal importancia solamente para que les recordara, aunque de lejos, a aquella que es la verdadera e indestronable Reina de la historia, María Santísima.

Reina efectiva

Hija del Padre eterno, Madre del Rey del universo, Esposa del Espíritu Santo, Nuestra Señora no es Reina de la historia solamente de título, sino también de hecho.

Ella está en el origen de los grandes hitos de la cronología de la salvación: en el pesebre, cuando da a luz al divino Niño que partiría la historia en dos; en el cenáculo, al atraer al Paráclito en Pentecostés; en el epicentro del Concilio de Éfeso, marcando las definiciones dogmáticas que consolidarían la doctrina de la Iglesia naciente; en los cielos de Lepanto y en la batalla de Viena, velando por la cristiandad; en el manto de Guadalupe, como prenda de su maternal presencia en el Nuevo Mundo; en la Medalla Milagrosa y en la gruta de Lourdes, llamando a la humanidad descarriada a la penitencia y a la oración…

Y Dios, como el rey del ajedrez, majestuoso y soberano, se complace en verla presente en la gesta humana, triunfando y gobernando.

Pero ¿en qué sentido es María Reina de la historia? ¿Cuál es el centro de la historia? ¿Qué es, en definitiva, la historia?

El «unum» de la historia

Según una clara descripción del Dr. Plinio, la historia es «una narración que tiene un mismo agente, temas conexos, y cuya acción es continua a lo largo del tiempo».1

Alguien que se propusiera, por ejemplo, escribir la historia de un hotel, como institución, narrando únicamente lo que ocurrió de manera transitoria en sus cuatrocientas habitaciones, no tendría éxito en su intento, pues no habría continuidad entre los hechos ni relación entre los personajes.

Por el contrario, se puede hablar de la historia de la nación brasileña, la historia de la filosofía, la historia de las lenguas y, sobre todo, de la Historia —con «H» mayúscula— de la humanidad, en virtud de la mencionada continuidad de agentes y temas.

En efecto, hay un unum que vincula a todos los hombres, desde los albores de su existencia en la tierra hasta el Juicio final. La historia se presenta así como una catedral que, aunque compuesta de muchas piedras, forma un único monumento. Es el «edificio» diseñado por Dios antes de los tiempos para servir de trono a su piedra angular (cf. Ef 2, 20): el Rey de la creación y Señor de los siglos, Jesucristo.

Escribiendo en oro sobre el divino «bosquejo»

Teniendo esto en cuenta, se puede afirmar que el eje de la historia reside en la encarnación del Verbo en el seno de María. Por medio de Ella el Altísimo tomó las riendas de la historia con manos humanas y a través de Ella lleva a cabo sus grandes conquistas.

Por un sublime misterio, su relación con el curso de los acontecimientos comienza incluso antes de que Ella fuera concebida. Sí, pues ya en el paraíso la Inmaculada estaba presente como promesa.

Con la infidelidad de nuestros primeros padres, Dios reveló que su plan continuaría por medio de una virgen, la cual aplastaría la cabeza de la serpiente (cf. Gén 3,15). La creación recibió entonces su principio rector: la confrontación entre el bien y el mal. Y, al frente del ejército de la luz, está Nuestra Señora, aquella que «conoce las intenciones de Dios con respecto de la historia».2

Sin embargo, esta acción de María tiene una característica peculiar. Según afirmó el Dr. Plinio, el Altísimo quiso constituir «una criatura enteramente humana, pero absolutamente perfecta; […] que siempre está en condiciones de retocar, al menos en parte, lo que hacen los hombres y, por así decirlo, corregir —si la palabra corregir no fuera inadecuada—, reformar, revisar, conforme los planes de la misericordia de Dios, aquello que su justicia haría». 3

De este modo, el Creador deseaba que, sobre el «bosquejo» de su plan inicial entregado a los hombres, Nuestra Señora grabara con letras de oro la verdadera historia.

La presencia de María a lo largo de los siglos

No mencionaremos en este artículo, con el fin de probar que la Madre de Jesús sujeta con dulce firmeza las riendas de los acontecimientos, todas las ocasiones en que se ha hecho presente en la historia de los hombres. Sería como escribir una enciclopedia… Pero recordemos brevemente algunas de sus acciones más decisivas.

En diciembre de 1531, la Madre de todos los pueblos se apareció en Nueva España, hoy México, al indio Juan Diego, revelando una entrañable predilección por las tierras americanas y sus nativos. Uno de los principales símbolos de la aparición es el nahui ollin, que hace referencia a la flor de cuatro pétalos representada sobre el vientre de la Virgen y que encerraba, para los aborígenes, la noción de «centro de la historia». Con esta emblemática manifestación, María quiso expresar su deseo de hacer del Nuevo Continente la morada de su Hijo Santísimo y el corazón de su reinado.

En el Viejo Continente, las apariciones de la Santísima Virgen se multiplicaron en el siglo xix, época de rebeliones sin precedentes contra los planes de Dios, fomentadas principalmente por la Revolución francesa.

En París, cuando le habló a San­ta Catalina Labouré en 1830, Nuestra Señora anunció que «el mundo entero se verá sacudido por desgracias de todo tipo»;4 no obstante, con copiosa misericordia le entregó a la religiosa la medalla milagrosa, que pasó a la escena histórica como un arma de inestimable valor.

Ya en La Salette (Francia) la Virgen Dolorosa se lamentó nuevamente en 1846 de la decadencia de la sociedad y las infamias del clero, y presagió un castigo con el que Dios azotaría a la humanidad tanto con catástrofes naturales como con guerras continentales.

Finalmente, en Lourdes, la Madre de Dios se presentó a Santa Bernadette Soubirous en 1858, anunciando: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Estas palabras fueron el preludio de la inmensa cantidad de milagros con los que Ella demostraría al mundo su cetro de Reina.

Pasando al siglo xx, en dos extremos del orbe, en Fátima y en Akita (Japón), la Virgen despuntó como sol de esperanza, prometiendo la salvación de las almas y un gran período de paz si se establecía en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón. Ése era y es, en efecto, el eje sobre el que giran los problemas más graves y universales del hombre. Nuestra Señora también advirtió que grandes castigos caerían sobre la humanidad si no se convertía: «Los buenos serán martirizados —profetizó la Reina de la paz—, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, y muchas naciones serán aniquiladas».5

El gran jaque mate de la historia

Podríamos enumerar miles de apariciones e intervenciones de María Santísima. Pero detengámonos aquí y dirijamos la mirada hacia nuestra Soberana.

Nosotros, los soldados que militamos bajo la bandera de la luz en el ejército de la Virgen, estamos a las órdenes de aquella que escribe por encima del bosquejo de Dios con letras doradas. En este horizonte, ¿qué enemigos podemos temer?

En el tablero en el que se baten las legiones de la virtud contra las huestes del pecado, tenemos de nuestro lado a la Reina poderosa. Como lidiadores de tal Señora —aunque seamos meros peones— sabemos que Ella nos defenderá. Y, por encima de nuestro campo de batalla personal, tenemos en María la certeza del jaque mate contra el príncipe de las tinieblas y de la victoria final de la Santa Iglesia. 

Notas:


1 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Nossa Senhora, Rainha da História». InDr. Plinio. São Paulo. Año XIV. N.º 164 (nov, 2011), p. 6.

2 Idem, p. 12.

3 Idem, ibidem.

4 Brioschi, SDB, Giuseppe. La medaglia miracolosa. Camerata Picena: Shalom, 2005, p. 25.

5 Walsh, William Thomas. Nossa Senhora de Fátima. 2.ª ed. São Paulo: Melhoramentos, 1949, p. 76.