Al contemplar las virtudes de San Juan Bosco, hay una que nos llama especialmente la atención: la confianza practicada de manera eximia a lo largo de su vida, sobre todo en asuntos relacionados con la Congregación Salesiana. Muchas veces, de hecho, el auxilio divino parecía tardar demasiado… sometiéndolo a duras pruebas.

«Nuestra iglesia es muy pequeña; solo cabe la mitad de nuestros jóvenes. ¡Vamos a construir otra más grande y más hermosa, adonde acudirán generaciones y generaciones para implorar favores a la Santísima Virgen!», exclamó con entusiasmo Don Bosco un día. El P. Paolo Albera, que años después llegaría a ser el segundo sucesor del fundador, lo miró sorprendido, pues sabía que la salud de su padre espiritual ya estaba debilitada y que la situación económica de la congregación, como de costumbre, rozaba la mendicidad. Intuía también, es cierto, que los deseos de aquel hombre de Dios siempre se cumplían, pero… ¿no sería, esta vez, un propósito demasiado audaz?

Al cabo de un tiempo, contra todo pronóstico, se aprobó el proyecto de la nueva iglesia y, a finales de abril de 1864, se pudo colocar la primera piedra. Don Bosco exultó de alegría en esa ocasión. Se acercó al maestro de obras, a quien le había prometido adelantar parte del presupuesto, y lo saludó: «¡Enhorabuena por el trabajo! ¡Hoy es un gran día! Te voy a dar lo prometido. No es mucho, pero te aseguro que es todo lo que tengo».

Mientras tanto, sacó lentamente de su bolsillo unas monedas… que sumaban cuarenta céntimos. «¡No te preocupes! Ésta es mi parte — explicó el santo—, pero la Virgen enviará el resto, que es su parte, para pagar la iglesia. Yo no seré más que el cajero».

«¡Don Bosco es un temerario, no tiene buen juicio! ¡Se arruinará! ¡Acabará en la cárcel!», murmuraban algunos circunstantes. Sin embargo, con su típica sonrisa de total confianza en Dios, respondió: «¡No temáis! Es necesario que empecemos; luego, Dios nos ayudará. Ya veréis cómo el dinero llega solo. Únicamente soy el tesorero de la Virgen. Si voy a la cárcel, no será mi honor el que esté en juego, sino el de Ella…».

Según contó Don Bosco, numerosas personas de todas partes de Italia, e incluso de Viena, París, Londres y Berlín, tras haber hecho promesas a la Auxiliadora de los cristianos y ver cumplidas sus peticiones, no tardaron en mostrar su gratitud con donativos para la construcción de la iglesia salesiana. Así, podía asegurar que cada esquina y cada piedra del santuario recordaban un favor de la Reina del Cielo.

Este episodio nos ofrece una gran lección. ¿Cómo reaccionamos ante las dificultades que surgen en nuestra vida? ¿Nos desanimamos o confiamos diligentemente en aquella a cuyo imperio están sometidas todas las cosas bajo Dios?

En circunstancias adversas, recordemos el ejemplo dado por San Juan Bosco y pidámosle que nos obtenga la gracia de la confianza inquebrantable en la Auxiliadora de los cristianos, como un niño pequeño en los brazos de su madre, seguros de que Ella pagará todas nuestras «cuentas pendientes», en la tierra y en el Cielo. ²