Si bien Dios ha sido ofendido por la falta, el Salvador es glorificado por el perdón, que la destruye. […]

«¡Ea, pues, alma mía! Si estás enferma, te pido por favor que no tengas miedo de acudir al Médico; por el contrario, ve con tanta más confianza cuanto que ha sido por ti, por venir a ti, por lo que salió de su tálamo nupcial y ha marchado con pasos de gigante desde las alturas del Cielo. […]

»¡Locura funesta la de los pecadores que sacan motivos para huir del Médico, de aquello mismo que debería darles más confianza para acudir a Él! ¡Insensato el que tiene miedo de encontrar un enemigo indignado en aquel que vino para curarle!». […]

Es extraño que una persona huya sin que nadie la persiga; pero más extraño todavía es que el impío huya, cuando no sólo nadie le persigue, sino que la misma bondad divina lo está llamando, corre tras él para ofrecerle su misericordia, para ofrecerle el remedio de sus males, prometiéndole que le dará todo lo que pida para su eterna salvación.

Tissot, Joseph. El arte de aprovechar nuestras faltas. 22.ª ed. Madrid: Palabra, 2011, pp. 97-98.