De un extremo a otro del orbe terrestre, todo católico ferviente no deja de elevar al Cielo la más hermosa oración dedicada a la Virgen Madre de Dios: la salve. ¿Cuál es su origen?

Aunque los datos más fiables sobre la composición del himno mariano sólo se encuentran a finales del siglo xi, su autoría se atribuye con mayor frecuencia al Beato Hermannus Contractus, también conocido como Hermann von Reichenau (1013-1054). Sin embargo, según otras fuentes, Mons. Ademar de Monteuil, obispo de Le Puy-en-Velay, habría sido su compositor, al invocar la especial protección de la Virgen con ocasión de la primera cruzada en 1096.

Hermann fue enviado por sus padres a un monasterio benedictino como oblato, donde recibió una eximia formación. A pesar de su frágil salud —padecía una especie de parálisis; en latín medieval, contractus significa tullido—, con el paso de los años se convirtió en un dedicado polímata: fue teólogo, astrónomo, poeta, matemático, físico y músico, además de abad del monasterio de Reichenau, en el sur de Alemania. En el ocaso de sus días, ya privado de la vista y entre angustias y esperanzas, habría compuesto el himno de total confianza amorosa en María: la Salve Regina.

El día de Navidad de 1146, San Bernardo de Claraval se encontraba en la catedral de Espira, en misión pontificia, cuando oyó al coro entonar la invocación en alabanza de la Santísima Virgen. Una vez terminado el canto, reinó un reverente silencio en el recinto sagrado, y el propio santo añadió: O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria —¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!—. Desde entonces, esta triple súplica pasó a formar parte integrante de la oración.

Con el tiempo, el himno mariano fue ganando notoriedad, sobre todo a partir de 1218, cuando se adoptó como antífona final de las completas en los monasterios cistercienses. Otras órdenes religiosas eligieron esta oración deprecativa para diversas ocasiones: en procesiones, al finalizar la misa, en funerales… Por eso, en cualquier lugar de este valle de lágrimas, no se puede perder la oportunidad de rogar a la Reina del Cielo que dirija sus «ojos misericordiosos» hacia cada uno de nosotros