En su primera epístola, escrita ya en la ancianidad, San Juan Evangelista exhorta a sus discípulos a permanecer en Nuestro Señor Jesucristo mediante la observancia de los mandamientos, en particular el amor a Dios y al prójimo. Y, para mover a ello a sus «hijitos» (1 Jn 2, 1), el que otrora fue llamado «hijo del trueno» (cf. Mc 3, 17) a causa de su temperamento impetuoso, les presenta un argumento muy sencillo: «Amemos a Dios, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19).
En estas pocas palabras se encierra una altísima verdad teológica: si bien el precepto supremo consiste en amar al Señor con todo el corazón (cf. Mt 22, 37-38), el don más precioso, no obstante, está en ser amado por Él. Sí, en relación con Dios importa más ser amado que amar, porque, según afirma Santo Tomás de Aquino, el amor divino es tan eficaz que «infunde y crea bondad»1 en los seres sobre los que incide. De ese amor procede, por tanto, el bien que hay en nosotros y cualquier acto de virtud que practiquemos.
Ahora bien, guardadas las debidas proporciones entre Creador y criatura, algo análogo sucede con la Santísima Virgen, cuya efusión de amor para con nosotros es un desbordamiento del Amor infinito que es Dios (cf. 1 Jn 4, 8). Nuestra Señora nos ama con una dulzura indescriptible a cada uno de nosotros, sus hijos, antes incluso de que nos volvamos hacia Ella, y se adelanta a prepararnos el camino, a concedernos los dones naturales y sobrenaturales necesarios para el cumplimiento de nuestra vocación y a obtenernos torrentes de gracias.
En mi caso concreto, sentí sobre mí esa protección, amparo y cariño materno de María ya desde muy pequeño, como si, aún en la despreocupación propia de la cuna, la fisonomía de la Reina del universo hubiese surgido con destellos indecibles ante mis ojos maravillados, haciendo despuntar la aurora de una entrañable relación con Ella. Más tarde, cuando entablé los primeros contactos con la Santísima Virgen tras el uso de razón, tuve la impresión de encontrarme con alguien que ya me conocía y me amaba.
Ser objeto de ese amor marial, totalmente gratuito y ávido por ayudar, anterior a cualquier movimiento de amor por mi parte, me atrajo de un modo irresistible a lo largo de toda mi vida e hizo que mi corazón rebosara de afecto y reconocimiento.
María no conoce límites en la liberalidad de su amor. Cuando ya nos ha maravillado con su «maternalidad» hasta el punto de hacernos creer que sólo en la eternidad disfrutaremos de caricias mayores, nos sorprende con nuevas dádivas, que casi nos harían olvidar las anteriores, si no fuera porque, muchas veces, son corolarios unas de las otras. Ésa es la vía reservada para aquellos que, a pesar de sus miserias, se dejan mecer confiadamente en sus brazos como frágiles niños en el regazo de su amorosa madre.
He aquí el tema que deseo desarrollar en estas líneas: la más grande demostración de amor de Nuestra Señora por mí; para la que, cabe subrayar, no considero haber concurrido con mérito alguno de mi parte.
Durante el sacramento de la misericordia…
En julio de 2008 se realizaría el retiro anual de los sacerdotes de la Sociedad de Vida Apostólica Virgo Flos Carmeli, de la que yo era, además de fundador, el superior general. Sin embargo, en atención a las fervorosas peticiones de hijos e hijas espirituales, accedí a permitir la participación de todos los Heraldos del Evangelio de las ramas masculina y femenina que lo deseasen. Más de mil personas confirmaron su asistencia, lo que obligó a promover ese período de recogimiento en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, hoy basílica menor, situada en el complejo denominado Thabor.
Tal situación iba en contra de las costumbres de la institución, que tendía a organizar sus retiros con un número relativamente reducido de participantes, y no dejó de causarme cierta preocupación. No obstante, con la ayuda de la Santísima Virgen, la arriesgada experiencia fue un éxito. Heraldos de las más variadas edades seguían con naturalidad las meditaciones, que versaban fundamentalmente sobre la virtud de la humildad.
Sin embargo, se presentaba un inconveniente: como el retiro estaba originalmente destinado a los sacerdotes, no tenía sentido sacarlos de su recogimiento para escuchar las confesiones generales de aquella multitud, que, según el esquema ignaciano, debía tener lugar en los primeros días. Se optó entonces por recomendarles a todos que preparasen en el momento oportuno sus exámenes de conciencia, pero que lo guardasen hasta el último día, el cual, tras la meditación matutina, sería dedicado a la administración del sacramento de la penitencia para quienes lo deseasen.
Así, en la mañana del 12 de julio, los numerosos sacerdotes presentes ocuparon todos los confesionarios, capillas y salas disponibles, a fin de conceder la absolución sacramental a sus hermanos de vocación. Durante el retiro yo también había recibido varias solicitudes de algunos hijos e hijas para confesarse conmigo. Pero cuando me dispuse a atenderlos, no quedaba otro sitio público y discreto más apropiado que el espacio entre el tabernáculo y el altar de la iglesia, donde coloqué una silla para mí y un reclinatorio para los penitentes. Nuestra Señora aprovecharía estas circunstancias para concederme la mayor gracia de mi vida en materia de experiencia mística.
… la más alta manifestación sensible de la misericordia de María
La basílica de Nuestra Señora del Rosario está presidida por una expresiva imagen de la Virgen de Fátima con su inmaculado corazón a la vista, tal y como se manifestó en una de sus apariciones en Cova da Iria. Me encontraba a medio metro del sagrario y a poco más de un metro de esa réplica.
El ambiente de las confesiones era propicio para un examen de conciencia, y mientras atendía a uno de los penitentes, me lamenté juzgando que a lo largo de las exposiciones del retiro no me había referido a María Santísima tanto cuanto debería. En aquel mismo instante sonaron por los altavoces del recinto sagrado los acordes del himno gregoriano Rosa Carmeli, que me trajeron a la mente mi primer encuentro con el Dr. Plinio en la basílica del Carmen.2
Este recuerdo vino acompañado de la idea del inconmensurable amor de la más tierna de las madres por el Niño Jesús, cuando lo llevaba en su regazo, y de cuán extraordinario debía ser, no sólo para su divino Hijo, sino también para cualquiera que por ventura recibiera esa gracia, descansar así en sus brazos. A pesar de la consideración de mis propias miserias, sentía un gran deseo de levantar la mirada hacia Nuestra Señora, que estaba tan cerca, pero en un primer momento preferí mantenerla recogida durante la confesión.
Al fin, cedí a ese filial impulso, me volví hacia la imagen y, de repente, me abstraje por completo de la realidad concreta, como si estuviese fuera de mí y del ambiente que me rodeaba. Me sentí entonces físicamente en los brazos de la Santísima Virgen, con la frente apoyada en su hombro y en su rostro —y afirmo esto con el mayor respeto y sin atreverme a hacer ninguna comparación absurda—, como el Niño Jesús aparece en las imágenes de la advocación Sedes Sapientiæ. Y María me acariciaba con sus manos virginales, No me dijo nada, pero… ser acariciado y abrazado por la Reina del Cielo y de la tierra… ¿Qué más se puede desear?
Esta experiencia también abarcaba el sentido de la vista, de manera que veía a Nuestra Señora más o menos como la representa la mencionada imagen de Fátima. Con todo, hasta tal punto el abrazo era corporalmente sensible y envolvente, que no logré fijar con exactitud sus rasgos fisonómicos en la memoria. Absorto en aquel «cielo», no tomé ninguna iniciativa; simplemente me dejé abrazar por mi Madre. Un caudal de consolación se apoderó de mí como nunca antes en mi vida, llevándome a derramar abundantes lágrimas.
Aunque el fenómeno ocurrió mientras oía una confesión, el penitente no se percató de nada. Quizá la Providencia lo dispusiera así para que me viera obligado a contenerme un poco, temeroso de que quien declaraba sus faltas en el santo tribunal de la penitencia juzgase que yo lloraba a causa de sus pecados. Si hubiera estado solo, ¿qué habría podido pasar? Tal vez habría muerto, pues enseña Santo Tomás3 que en esta vida no es posible al hombre disfrutar de la bienaventuranza plena.
Dejémonos amar por la Virgen
La narración de este episodio nos recuerda el significado de la palabra misericordia, es decir, amor al miserable, sublime misterio diametralmente opuesto al misterio de iniquidad. Cuando Nuestra Señora ama a alguien con una predilección gratuita de su Corazón, ¡basta con que la persona se deje llevar!
Debemos tener una confianza absoluta en el Salvador y en su Madre Santísima. El Señor no nos ama por algún bien que haya en nosotros, sino porque, al ver nuestra nada, siente la necesidad de infundir en ella el Bien que Él es en esencia. Cuando encuentra a un miserable, el Corazón de Jesús gime de deseo de ayudarlo, pues para ese fin fue creado y sólo así puede demostrar la superabundancia de su amor. Guardadas las debidas proporciones, lo mismo ocurre con la Santísima Virgen. ¿Cómo iba a ser diferente si su Corazón, según la feliz expresión de San Juan Eudes,4 es uno con el Corazón de Jesús?
Fui «víctima» de ese amor al ser abrazado por Nuestra Señora. Por lo tanto, hablo con conocimiento de causa. Y comprendí mejor esta realidad cuando, en 2010, sufrí un accidente cerebrovascular que supuso un giro radical en mi vida y marcó el inicio de largos años de padecimientos físicos y morales. En medio de este verdadero vía crucis, puedo afirmar que el amor de María manifestado en aquel abrazo siempre me sostuvo, incluso en los momentos de mayor aridez.
Pero ¿cómo infundir en las almas el entusiasmo por ese amor que, para quien lo ha experimentado, es algo tan natural? Al observar a las personas con las que entro en contacto en el ejercicio de mi ministerio, a menudo me viene a la mente el siguiente pensamiento: «¡Si éste, aquel o aquel otro supiesen cuánto los aman el Señor y su Madre Santísima, se convertirían en grandes santos!». La dificultad radica en que juzgamos el amor de Jesús y de María por nosotros según los criterios humanos a los que estamos acostumbrados, es decir, en función de nuestra correspondencia y de nuestros méritos.
En realidad, ¿qué espera Dios para colmarnos de su amor? En primer lugar, la simplicidad, virtud muchas veces ignorada. Cuando el Todopoderoso quiere dejarse vencer por alguien, lo hace a través de la simplicidad; así fue como la Virgen lo «venció». Hacernos pequeños ante el Altísimo y su Madre nos otorga ese premio insuperable.
Cuántas veces nos quejamos de arideces espirituales y de la falta de estímulo interior para la práctica de la virtud. En esos momentos, conviene preguntarnos: «¿Me estoy haciendo pequeño?». La relación con nuestra Soberana y la comprensión a respecto de Ella sólo florecerán a partir de esa actitud de alma incentivada por el divino Maestro en el Evangelio (cf. Mt 18, 3).
La Virgen quiere abrazar a la humanidad en el Reino de María
Como conclusión de estos pensamientos, deseo manifestarle al lector mi anhelo de que el abrazo recibido en 2008 se extienda a incontables personas, pues creo que fue el anuncio de otros y prenda de un nuevo régimen de gracias que María Santísima quiere obtener para la humanidad.
Para mí, el abrazo que recibí de Nuestra Señora el día 12 de julio de 2008 significó exactamente esto: la Reina del universo me abría las puertas del Reino de María. ¿En qué sentido? Se podría decir que esa era marial, en su aspecto más elevado, consistirá en un abrazo de Ella a todos sus hijos.
Sí, porque la mística no constituye un privilegio de los grandes contemplativos ni de unos pocos llamados a una vía excepcional, tal como llevaría a pensar una concepción deformada de la espiritualidad, arraigada en tantas almas y ambientes. El camino ordinario de la santidad comporta tanto la ascesis, asistida por las gracias cooperantes, que exigen nuestro esfuerzo, como la mística, caracterizada por gracias eficaces y sensibles, que nos hacen experimentar en lo más profundo del alma quién es Dios.
De este modo, todos aquellos que, por bondad gratuita, han sido elegidos para contemplar el Reino de María, deberán ser favorecidos con gracias místicas de altísimo quilate, pues sólo así esa grandiosa época histórica dará los frutos profetizados por tantos santos, para mayor gloria de Dios.
Por eso, albergo en mi corazón la certeza de que llegará un momento en el cual la opinión pública entregada a la Santa Iglesia y, por tanto, debidamente unida a María Santísima, experimentará, por una especial acción de Dios, el amor gratuito, envolvente e inagotable de aquella que será Reina efectiva de los siglos futuros. En una palabra, llegará un día, y no está lejos, en que María abrazará a sus hijos fieles, como tuvo la bondad de abrazarme a mí.
He aquí una promesa que, apoyado en lo que la gracia sopla en mi interior, hago a los que leen estas líneas: «Si sois verdaderos hijos de la Virgen, o sea, si os dejáis amar por Ella, seréis abrazados como yo lo fui un día». Y ese abrazo nos preparará para el abrazo eterno que Ella nos dará en el Cielo cuando, no por nuestros méritos, sino por su misericordia, lleguemos allí.
Insensatos son aquellos que abandonan el maternal manto de María para refocilarse con las bellotas de los cerdos en el mundo paganizado y revolucionario de nuestros días, que amenaza con derrumbarse en cualquier momento. Insensatos, sí, porque estar bajo la égida de este manto sagrado significa señal de predestinación y garantía de muchas gracias. Sepamos, cobijados en él, esperar los grandes acontecimientos que ya se vislumbran en el horizonte.
Tales acontecimientos nos traerán los tiempos benditos en los cuales, como nunca antes en la historia ha sido alguien capaz de hacerlo, a excepción de San José, la humanidad penetrará en la comprensión amorosa de la persona de la Santísima Virgen, de su espíritu, de su mentalidad y de su misión.
Por nuestra parte, nos corresponde esforzarnos para entrar en ese hortus conclusus, jardín cerrado que sólo Ella puede abrirnos, y así corresponder al deseo que nuestra Madre tiene de ser conocida y amada con un amor perfecto. Cuando ese jardín se abra, el Cielo se unirá a la tierra, los infiernos serán derrotados y los ángeles se unirán a los hombres para cantar: «¡Gloria a María en su Reino, pues su Inmaculado Corazón ha triunfado!».
Extraído, con adaptaciones, de: ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Lima: Heraldos del Evangelio, 2021, t. i, pp. 31-33; 153-181.
Notas:
1 Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 20, a. 2.
2 Nota de la Redacción: encuentro que tuvo lugar el 7 de julio de 1956, hito en la entrega de Mons. João al servicio de la Santa Iglesia.
3 Cf. Santo Tomás de Aquino, op. cit., I-II, q. 5, a. 3.
4 Cf. San Juan Eudes. The Sacred Heart of Jesus. Fitzwilliam: Loreto, 2004, pp. 108-110.