La infancia de Santo Tomás de Aquino no estuvo exenta de una singular «desobediencia»… Cierta vez, siendo aún niño, encontró por casualidad un pequeño pergamino. Negándose obstinadamente a soltarlo, lloraba con vehemencia ante los intentos de arrebatárselo por la fuerza. Su pobre ama incluso se resignó a bañarlo con la manita aferrada… Más tarde, la pericia materna consiguió desvelar su misterioso contenido. Dos palabras: Ave Maria.

Este sencillo episodio, cuya narración fue obtenida de familiares por su primer y principal biógrafo, Guillermo de Tocco, denota la razón por la que el Doctor Angélico obtuvo brillantes victorias en las mil vicisitudes afrontadas en este valle de lágrimas. Supo vivir lo que predicaba al comentar el saludo del ángel: «En todo peligro puedes lograr la salvación por la misma gloriosa Virgen» (Expositio salutationis angelicae, a. 1). A María se aplican las palabras del sabio: «Mil escudos penden de Ella» (Cant 4, 4), como remedio a múltiples males. Del mismo modo, la Madre de Dios es auxilio en toda obra de perfección: «En mí está toda esperanza de vida y de virtud» (Eclo 24, 25, Vulg.).

Los santos poseen la gracia no sólo para su propia salvación, sino también para la de muchos. ¡Cuántos han podido alcanzar el Cielo por la intercesión de los fundadores de órdenes religiosas, como San Benito, Santo Domingo, Santa Teresa de Jesús! Sin embargo, por encima de todos ellos se encuentra Nuestra Señora, quien alcanzó la salvación para todos los hombres, pues Ella, al ser verdaderamente la «llena de gracia», engendró al Salvador de la humanidad.

Además, explica el Aquinate, Dios nos concede la gracia «para obrar el bien y para evitar el mal, y en cuanto a éstas dos cosas la Bienaventurada Virgen tuvo una gracia perfectísima» (a. 1). De hecho, no solamente fue preservada de la mancha original, sino que también rechazó todo y cualquier pecado en su vida. Por otra parte, mientras que cada santo se distingue por alguna virtud particular —ya sea la humildad, la combatividad, la misericordia, etc.—, en la vida de María tenemos «el ejemplo de todas las virtudes» (a. 1).

Si hallamos la virtud de la humildad de manera excelente en San Francisco de Asís o en San Martín de Porres, en la Santísima Virgen descubrimos su plenitud, pues Dios «ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1, 48). Si en Santa Inés y Santa Lucía tenemos modelos de pureza y virginidad, en María encontramos su ápice, ya que Ella no conoció varón (cf. Lc 1, 34). Por eso, fue identificada con la tota pulchra, la toda bella (cf. Cant 4, 7), en la que no hay la más mínima mácula.

De hecho, Nuestra Señora fue y siempre será llamada bienaventurada por todas las generaciones (cf. Lc 1, 48), no sólo por los hombres, sino también por los ángeles, empezando por San Gabriel, quien, inclinándose en la anunciación, le otorgó el título por antonomasia: «Llena de gracia» (Lc 1, 28). Con estas palabras quería significar: «Te reverencio, porque me superas en la plenitud de la gracia» (a. 1).

Nosotros, débiles pecadores, debemos aprender a «desobedecer» como el pequeño Tomás, para aferrarnos a esta inexpugnable «torre de David» (Cant 4, 4). En los peligros, en las angustias, en las dudas, recurramos siempre a la Santísima Virgen, aunque sólo sea pronunciando su nombre: ¡María!