Obra maestra de la creación, María Santísima ha sido favorecida por Dios con una perfección tan sublime y unos dones tan excelsos que la Iglesia, en su deseo de honrarla dignamente, se ha mostrado «inagotable» en sus elogios, proclamados sobre todo por los labios y la pluma de sus santos y doctores.
Santo Tomás de Aquino afirma que «la Bienaventurada Virgen por ser Madre de Dios, tiene una cierta dignidad infinita que le proviene del bien infinito que es Dios».1 Por su parte, San Luis María Grignion de Montfort se refiere a Nuestra Señora como «el gran y divino mundo de Dios, que contiene bellezas y tesoros inefables; […] la magnificencia del Altísimo, donde ocultó, como en su propio seno, a su Unigénito, y con Él, todo cuanto hay de más excelente y precioso». Y continúa el eminente apóstol mariano, en un arrebato de entusiasmo: «La altura de sus méritos, elevados por Ella hasta el trono de la divinidad, es inaccesible; la anchura de su caridad, más dilatada que la tierra, no se puede medir; la grandeza del poder, que tiene aun sobre el mismo Dios, no puede comprenderse; y, en fin, lo profundo de su humildad, como de todas sus virtudes y de todas sus gracias, es un abismo que no puede sondearse».2
Al conocer estas y tantas otras alabanzas, nuestra fe sin duda exulta de admiración y embeleso por la Reina del universo. No obstante, la contemplación de sus ilimitadas grandezas puede provocar en nuestra alma un comprensible sentimiento de pequeñez: «¡Madre mía, eres tan hermosa y admirable! Y yo, qué pobre y miserable… Hay un abismo entre tú y yo, y no puedo verte más que como un paraíso inaccesible, una luz sublimísima que tiene conmigo, a lo sumo, una relación distante y etérea».
Sin embargo, no podría haber un razonamiento más equivocado.
Una relación que encierra un sublime misterio
Para las almas que recurren a María, uno de los aspectos de su santidad que más brilla es su compasión para con los pecadores. Lejos de desdeñarnos por nuestra debilidad, Ella nos mira con pena, con el deseo de hacernos bien, con una misericordia colmada de prerrogativas: inagotable, pacientísima, clementísima, incansable, inquebrantable…
Siempre solícita y bondadosa, la Santísima Virgen se adapta a nuestra dimensión para favorecernos; y lo hace no sólo para el beneficio de unas pocas almas privilegiadas, sino para cualquiera, para todos los hombres del pasado y del presente, para los pecadores que llenan las calles; para todos. Ella es exactamente así.3
Como si tanta bondad no fuera suficiente, la Reina del universo, que goza en el Cielo de las infinitas alegrías de la visión beatífica, posee además este deseo insaciable: el de relacionarse más estrechamente con nosotros. Y en esa relación, mediante la cual correspondemos a su amor, se oculta un misterio preciosísimo, que San Luis Grignion señala como «el gran secreto para llegar a ser santo»4 y, más aún, el medio indispensable para la instauración efectiva del Reino de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra.5
Fuente inagotable de la gracia
Al abordar el papel de la Santísima Virgen en nuestra santificación, San Luis es enfático. Argumentando sobre la base de la doctrina tradicional, sostiene que el principal medio para alcanzar la gracia divina sobreabundante es cultivar una ardiente devoción mariana y, por tanto, establecer un profundo vínculo espiritual con Nuestra Señora. Esta tesis es corroborada por grandes teólogos, como San Alberto Magno,6 y por mariólogos más recientes, como Roschini7 y Alastruey.8
En efecto, María ha sido la única que ha hallado gracia ante Dios, para sí misma y para todos los hombres, pues dio a luz al propio autor de la gracia, lo que le valió el título de Mater Gratiæ.9
Si seguimos la esplendorosa vía espiritual de la unión con la Santísima Virgen, las gracias abundantísimas que recibiremos harán fructificar maravillosamente en la práctica de los tradicionales medios de salvación. En este arduo camino, Nuestra Señora nos iluminará con su luz, nos alimentará con su leche, nos guiará con su espíritu, nos sostendrá con su brazo y nos guardará bajo su protección. Ella misma será la savia vital que impulsará a cada uno de nosotros hacia la unión con el Sagrado Corazón de su divino Hijo.10
Por María, todo puede ser restaurado
Afirmar, no obstante, que la Santísima Virgen dispone de plenos poderes para santificarnos a partir del momento presente todavía no es suficiente. Su poder se extiende, en cierto modo, incluso sobre nuestro pasado.
El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira,11 ardentísimo devoto mariano, en una conversación con algunos de sus hijos espirituales, explicó un bellísimo aspecto de la santidad de Nuestra Señora en relación con nosotros, basándose en el hecho aceptado por la mariología de que Ella posee en sumo grado todas las gracias generales y especiales concedidas a todas las criaturas.12
Dado que María estuvo exenta de todo pecado o imperfección, y siempre correspondió de manera perfectísima a todas las gracias, debemos considerarla —concluye el Dr. Plinio— como un arca sagrada que contiene todo lo bello, bueno y verdadero que los hombres han rechazado a lo largo de la historia, en proporciones inimaginables. Estos esplendores permanecen en Ella en un estado de integridad y de plena aceptación, y es sin duda por eso por lo que la humanidad, habiendo repudiado a Dios de un modo tan cruel y habiéndose precipitado en abismos de impiedad, aún puede recibir el perdón y ser restaurada.
Así pues, cuando sintamos remordimientos por nuestras infidelidades o añoremos los esplendores de la cristiandad, imaginemos el pasado viviendo en Nuestra Señora y consolémonos con la idea de que, por su intercesión, todo puede ser restaurado. En el ámbito individual, podemos pedir también que la Virgen ofrezca a Dios por nosotros la integridad que no tuvimos, porque Ella representa en sumo grado lo que deberíamos ser, y que ofrezca, por tanto, a Jesucristo los honores que no le habíamos tributado.
Como se puede concluir, María Santísima resume en sí la solución perfecta para cada uno de nosotros y para toda la historia. Con razón, la Iglesia la invoca, desde tiempos inmemoriales, como «vida, dulzura y esperanza nuestra», y San Bernardo le suplica: «Madre de la vida y de la salvación, tu integridad excuse en presencia de tu Hijo de la culpa de nuestra corrupción».13
El más alto grado de unión con Dios
Esta solución, que ha de extraerse de la especial devoción a Nuestra Señora, no consistirá, sin embargo, en una «santidad común» —si se puede decir así—, sino en una elevadísima unión con Dios, bien expresada en la exclamación de San Juan Eudes: «Los héroes, los genios en el orden de la gracia, las maravillas de santidad han descollado sobre todo en la devoción a la Virgen, la santa por excelencia. Y precisamente en su escuela, es donde han aprendido los secretos de la santidad y sacado las gracias de luz y de amor que les ha hecho ascender a la cima de la perfección».14
De ahí que San Luis Grignion se refiera a la relación con María como un secreto, desconocido para la mayoría de los hombres. Aquellos que sean introducidos en este secreto serán regenerados para la vida sobrenatural, en un fenómeno similar al que ocurrió con el Niño Jesús durante su sagrada gestación: María los sostendrá con su existencia y los alimentará con sus virtudes;15 se convertirá en la vida de sus hijos en el plano espiritual, y éstos ya no pensarán, querrán ni actuarán sin Ella, lo cual constituye el más alto grado de unión con Dios.16 Las almas así introducidas en lo más íntimo de Nuestra Señora llegarán a ser copias vivas de Ella para amar, servir y glorificar a Jesucristo.17
Comentando los efectos de la devoción mariana, Mons. João Scognamiglio Clá Dias,18 conjetura que, al ser el bien eminentemente difusivo, la Santísima Virgen hará que participemos de alguna forma en la superabundancia de la gracia que Ella posee por estar vinculada al plano de la unión hipostática. Por así decirlo, la Madre de Dios «derramará» su propia voluntad en nuestras almas, a modo de un líquido precioso vertido en una copa de cristal; pasaremos a tener su mentalidad y a querer todo cuanto Ella quiere, por libre aceptación, como un ángel en el Cielo.19
En esa relación espiritual con Nuestra Señora, podemos convertirnos en almas marianas, siguiendo un camino de santidad más suave, tranquilo, seguro. Por la gracia, se forjarán grandes santos que, comparados con los del pasado, serán como cedros del Líbano en relación con arbustos.20
En consecuencia, el reinado de Cristo por medio de María será la era histórica «en la cual su espíritu estará presente en cada criatura y su amor cubrirá, como una niebla alba y discreta, toda la tierra. Así como en los días actuales se inhala por cualquier parte el hálito pestilente e inmundo [del demonio], caracterizado por la rebelión, el igualitarismo y la sensualidad desenfrenada, durante el Reino de María se respirará el suave perfume de la presencia y de las virtudes de la Reina celestial, tanto en las almas y en los ambientes como en las costumbres y hasta en las civilizaciones».21
«Madre mía, soy todo tuyo»
Ahora bien, ¿en qué consiste esa proficua relación con Nuestra Señora? ¿Y cómo alcanzarla?
La respuesta a estas preguntas la expone el apóstol de María en su célebre Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. En esta obra, San Luis enseña una forma de devoción que nos obtiene la unión más íntima posible con Ella, es decir, la esclavitud de amor.
Esta esclavitud sagrada consiste en entregarse enteramente a Nuestra Señora para, por medio de Ella, ser todo de Jesucristo. Es necesario ofrecerle nuestro cuerpo con todos sus sentidos y miembros; nuestra alma con todas sus potencias; nuestros bienes interiores y espirituales, que son nuestros méritos, nuestras virtudes y nuestras buenas obras pasadas, presentes y futuras, así como todos nuestros bienes materiales; en resumen, todo lo que tenemos y podremos tener en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva ninguna.22
Quienquiera que haya abierto su alma a la misericordia desbordante de la Santísima Virgen comprenderá que la consagración propuesta por San Luis Grignion es un simple corolario de esa relación con la Madre de Dios; y también, como comenta Roschini,23 una necesidad para todo cristiano digno de ese nombre. En efecto, de la aceptación amorosa de la misericordia brota espontáneamente el deseo de esa bendita esclavitud. Es como si Nuestra Señora nos hubiera dicho: «Hijo mío, por encima de todo y pese a cualquier defección, ¡te quiero!»; y hubiera recibido de nuestra parte la respuesta: «Madre mía, soy todo tuyo».24
El alma así consagrada siempre podrá afirmar que todo cuanto hace, independientemente de su importancia, pertenece a Jesús y a María en virtud de su ofrecimiento;25 y, perseverando en esta gracia, disfrutará libremente de los insondables beneficios meditados en estas páginas, y de muchos otros que no se pueden enumerar.
Los justos entrarán por esa puerta
«Te basta mi gracia» (2 Cor 12, 9), le respondió el Salvador al Apóstol de las gentes cuando éste le pedía auxilio en la tentación. Este consejo, que trasciende los límites de la dificultad individual de San Pablo, se aplica a todos los que nos esforzamos en este valle de lágrimas.
La gracia divina es lo único que necesitamos y de lo que depende nuestra salvación y la del mundo entero. Que otros se dediquen a acumular méritos por sus propias fuerzas; en cuanto a nosotros, busquemos la gracia y busquémosla en aquella que es y siempre será la «llena de gracia» (Lc 1, 28): ¡María!26
La Santísima Virgen es verdaderamente «la puerta del Señor», proclamada en el Libro de los Salmos (cf. Sal 117, 20): todo aquel que quiera ser justo y trabajar eficazmente por la restauración del mundo entrará por ella. ²
Notas:
1 Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 25, a. 6, ad 4.
2 San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 6-7.
3 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 9/1/1982.
4 San Luis María Grignion de Montfort. El Secreto de María, n. 1.
5 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 13.
6 Cf. San Alberto Magno. Mariale, q. 164.
7 Cf. Roschini, OSM, Gabriel. Instruções Marianas. São Paulo: Paulinas, 1960, pp. 251-252.
8 Cf. Alastruey, Gregorio. Tratado de la Virgen Santísima. 4.ª ed. Madrid: BAC, 1956, p. 626.
9 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. El Secreto de María, n.º 7-8.
10 Cf. Clá Dias, EP, João Scognamiglio. ¡María Santíssima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Lima: Heraldos del Evangelio, 2021, t. iii, p. 133.
11 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla, 13/12/1977.
12 Cf. San Alberto Magno, op. cit., q. 164.
13 San Bernardo de Claraval. Sermo tertius in Adventu Domini, n.º 5.
14 San Juan Eudes. María. Meditaciones. Bilbao: Vizcaína, 1951, p. 21.
15 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 206.
16 Cf. Clá Dias, op. cit., pp. 140-141.
17 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 217.
18 Cf. Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Charla. Madrid, 17/4/1999.
19 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 26/4/1974.
20 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, nº. 47; 152-182.
21 Clá Dias, ¡María Santíssima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres, op. cit., p. 123.
22 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 121.
23 Cf. Roschini, op. cit., p. 255.
24 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 9/1/1982.
25 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 136.
26 Cf. San Bernardo de Claraval. Sermo in Nativitate Beatæ Mariæ Virginis, n.º 7-8.