Durante siglos, los levitas inmolaron numerosas víctimas en el Templo. Sin embargo, en el altar de la cruz, el Redentor unió en sí mismo al Sacerdote y a la Víctima en una única y eterna oblación (cf. Heb 7, 27). Al prometer su presencia terrena hasta la consumación de los tiempos (cf. Mt 28, 20), Cristo perpetuó el sacrificio del Calvario en el rito eucarístico y extendió su acción salvífica en la tierra a través del sacerdocio ministerial.
Desde la Antigua Alianza, los sacerdotes permanecían en la presencia del Altísimo (cf. Dt 18, 5); en el régimen de la gracia, además, es el propio Señor quien se hace presente en ellos. Como «administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1), son esencialmente mediadores entre la Trinidad y los hombres; viven en el límite entre el tiempo y la eternidad, entre la tierra y el Cielo.
La divina Sabiduría no confió el sacerdocio a los ángeles, sino a hombres como Jesús, el Verbo encarnado. El presbítero fue ordenado para ser Cristo, alter Christus. Por eso, su santificación no es una opción, es un deber.
La tentación primordial del ministro ordenado consiste en ponerse en el lugar del Señor: «Soy un dios» (Ez 28, 2). Se trata de una soberbia luciferina, un verdadero sacrilegio, que profana el carácter de Cristo impreso en el alma. Así pues, solamente la santidad es compatible con esa excelsa vocación (cf. San Pío X, Hærent animo, n. 8). ¡Ay de aquel que la corrompe!
Para San José Cafasso, el clérigo ha de ser irreprochable (cf. 1 Tim 3, 2): «Ser ejemplo tiene tanto valor como ser eclesiástico, y quien no lo sea, podría decirse, en cierto modo, que ya ni siquiera sigue siendo sacerdote» (Instrucciones para los Ejercicios Espirituales, X). Mientras que las profesiones comunes admiten una disociación entre el oficio y la conducta, el ministerio presbiteral exige una identidad plena entre el ser sacerdote y el ser ejemplo (cf. idem).
Esto no implica la pérdida del munus sacramental por el pecado —el carácter es indeleble—, sino que pone de manifiesto, especialmente para los sacerdotes, que «la vida es Cristo» (Flp 1, 21). Incluso sus costumbres tienen que ser sacerdotales, empezando por el ofrecimiento de sus propios «cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rom 12, 1). Lejos de la herejía de las obras y del pelagianismo, sus vidas, arraigadas en la oración y sostenidas por la gracia, extenderán la paternidad espiritual del Padre en el tiempo, como verdaderos padres.
En particular, durante la santa misa, memorial vivo del sacrificio de la cruz, el celebrante se configura con el Sacerdote-Víctima, como alter Christus crucifixus —otro Cristo crucificado. Místicamente, todo sacerdote es un estigmatizado, y no sólo durante la eucaristía. Como el Redentor, su vida es una total oblación: ya sea en el silencio, a la manera de la lámpara del Santísimo Sacramento que se consume para alabar; ya sea en la predicación, al irradiar el Verbo divino en el siglo como la os Christi —«boca de Cristo» (Santo Tomás de Aquino. In Ioannem, c. xii, lect. 4, n.º 1633).
Al cruzar el umbral de la eternidad, el sacerdote observante oirá: «Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25, 21). Plenamente unido a la Trinidad en el Cielo, el sacerdote bienaventurado seguirá participando de la interminable autodonación de Cristo Sacerdote al Padre por medio del Espíritu Santo, para beneficio de la humanidad. La vocación presbiteral, por tanto, no cesa en este valle de lágrimas: alcanza su culminación en la configuración definitiva con el Sumo Sacerdote en la Patria, es decir, en el «lugar del Padre» —y del padre. ²