El gusto hirió, el gusto curó

Superando toda plenitud de generosidad, excediendo cualquier medida de amor, [Cristo] se ofreció a sí mismo como alimento. ¡Oh singular y maravillosa generosidad, en que el dador se hace don, y lo que es dado es totalmente idéntico al dador!

Él, pues, se dio a nosotros a sí mismo como alimento, a fin de que habiendo el hombre caído en ruina a causa de la muerte, también a causa del alimento fuese elevado a la vida. El gusto hirió, el gusto curó. He ahí porque allí donde nació la herida, de allí salió fuera la vida. Ya que de aquel gustar se dijo: «El día que lo comerás, de muerte morirás» (Gén 2, 17); de éste, en cambio, se lee: «Si alguien comerá de este pan, vivirá eternamente» (Jn 6, 52).

Urbano IV. Transiturus de hoc mundo, 11/8/1264: DH 847.

Indigencia saciada por la Eucaristía

Cuando nos alimentamos de Jesús, pan vivo y verdadero, vivimos para Él. Ofreciéndose sin reservas, el Crucificado resucitado se entrega a nosotros, y de este modo descubrimos que hemos sido hechos para nutrirnos de Dios. Nuestra naturaleza hambrienta lleva la marca de una indigencia que es saciada por la gracia de la Eucaristía. Como escribe San Agustín, Cristo es, de verdad, «panis qui reficit, et non deficit; panis qui sumi potest, consumi non potest» (Sermo 130, n.º 2), es decir, un pan que nutre y nunca falta; un pan que se puede comer pero que nunca se agota. La Eucaristía, en efecto, es la presencia verdadera, real y sustancial del Salvador, que transforma el pan en sí mismo, para transformarnos en Él.

León XIV. Homilía, 22/6/2025.

Jesucristo presente en su propia sustancia

Éste es el memorial salvífico, en el cual consideramos de nuevo la grata memoria de nuestra redención, en el cual somos alejados del mal y confortados en el bien y progresamos en el desarrollo de las virtudes y de las gracias, en el cual en verdad progresamos por la fuerza de la presencia corporal del mismo Salvador.

Por lo demás de que hacemos memoria, lo abrazamos con la mente y el espíritu; pero no por eso obtenemos su presencia real. En esta conmemoración sacramental, Jesucristo está presente entre nosotros, bajo forma distinta, ciertamente, pero en su propia sustancia.

Urbano IV. Transiturus de hoc mundo, 11/8/1264: DH 846.

Presencia real por antonomasia

Tal presencia se llama «real», no por exclusión, como si las otras no fueran «reales», sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro. Falsamente explicaría esta manera de presencia quien se imaginara una naturaleza, como dicen, «pneumática» y omnipresente, o la redujera a los límites de un simbolismo, como si este augustísimo sacramento no consistiera sino tan sólo en un signo.

San Pablo VI. Mysterium fidei, 3/9/1965.

El don por excelencia

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues «todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente» (CCE 1085).

San Juan Pablo II. Ecclesia de Eucharistia, 17/4/2003.

Tesoro escondido

La Iglesia posee en su seno un secreto, un tesoro escondido, un misterio. Como un corazón interior. Posee a Jesucristo mismo, su fundador, su maestro, su redentor. […] Mas ¿dónde está, si no se ve? He aquí el secreto, he aquí el misterio: la presencia de Cristo es verdadera y real, pero sacramental. Es decir, escondida, pero a la vez identificable. Se trata de una presencia revestida de signos especiales, que no nos permiten ver su forma divina y humana, sino que sólo nos aseguran que Él, Jesús del Evangelio y ahora Jesús vivo en la gloria del Cielo, está aquí, está en la Eucaristía.

San Pablo VI.Homilía, 28/5/1970.

Sacramento que no admite ambigüedades

El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. […]

Es importante que no se olvide ningún aspecto de este Sacramento. En efecto, el hombre está siempre tentado a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del misterio. «La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones» (Ecclesia de Eucharistia, n.º 10).

San Juan Pablo II.Mane nobiscum Domine, 7/10/2004.

Signo de contradicción

Precisamente porque se trata de una realidad misteriosa que rebasa nuestra comprensión, no nos ha de sorprender que también hoy a muchos les cueste aceptar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No puede ser de otra manera. Así ha sucedido desde el día en que, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús declaró abiertamente que había venido para darnos en alimento su carne y su sangre. Ese lenguaje pareció «duro» y muchos se volvieron atrás. Ahora, como entonces, la Eucaristía sigue siendo «signo de contradicción» y no puede menos de serlo, porque un Dios que se hace carne y se sacrifica por la vida del mundo pone en crisis la sabiduría de los hombres.

Benedicto XVI. Homilia, 7/6/2007.

¿Tenemos por Él el mismo amor?

En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera. El amor que aguarda el momento de la unión, el amor que quiere atraer hacia sí a todos los hombres. […] Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de Él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con Él, que se nos regala en la Eucaristía?

Benedicto XVI. Homilía, 21/4/2011.

María, mujer eucarística

Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como esta. […] Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: «No dudéis, fiaros de la palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre». […] Hay, pues, una analogía profunda entre el fíat pronunciado por María a las palabras del ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió «por obra del Espíritu Santo» era el «Hijo de Dios». En continuidad con la fe de la Virgen, en el misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

San Juan Pablo II.Ecclesia de Eucharistia, 17/4/2003.