La Sagrada Escritura presenta a Jesucristo como el Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, establecida por Dios mediante su preciosísima sangre derramada en la cruz. La Epístola a los Hebreos lo dice categóricamente; el Apocalipsis lo representa en lenguaje profético, sirviéndose de figuras simbólicas; otros escritos del Nuevo Testamento lo manifiestan al relatar los hechos más destacados de la vida de Nuestro Señor, sobre todo cuando narra su «Hora» o su «Pascua», es decir, su paso de este mundo al Padre.
Sacerdote perfecto y Víctima inmaculada
La carta a los hebreos afirma que Cristo es «Sumo Sacerdote misericordioso y fiel» (Heb 2, 17), que expía los pecados del mundo. Al comparar su sacerdocio con el del Antiguo Testamento, declara que Él «ha atravesado el Cielo» (Heb 4, 14), donde permanece por poseer un sacerdocio eterno, capaz, por tanto, de salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de Él, pues vive siempre para interceder por ellos (cf. Heb 7, 24-25).
Jesús es, en resumen, el Sumo Sacerdote «santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el Cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes [de la antigua ley], […] porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Heb 7, 26-27).
Por consiguiente, los cristianos gozan del favor de un Sumo Sacerdote «que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los Cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre» (Heb 8, 1-2). En ella, no presenta la sangre de machos cabríos y de toros, sino su propia sangre, cuyo poder santificador es incalculable (cf. Heb 9, 13-14).
De ahí se concluye que Nuestro Señor llevó a la perfección su sacerdocio, ofreciendo un sacrificio de valor infinito al entregarse a la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 8). ¡Él mismo fue la Víctima de su sacerdocio! El oficio sacerdotal alcanzó así una culminación insuperable, pues no puede existir un sacerdote más santo, ni una víctima más agradable, ni tampoco sacrificio más eficaz.
De este nuevo sacerdocio, sublime y eterno, quiso Cristo, en su inefable benignidad, que participaran algunos de sus discípulos escogidos para ser sus ministros, de generación en generación, hasta la consumación de los siglos. Ahora bien, ¿en qué consiste esa participación?
La liturgia del Calvario
Los antiguos sacerdotes realizaban sacrificios rituales, símbolos del futuro sacrificio del Redentor, representado sobre todo por el cordero inmolado con ocasión de la Pascua judía. Nuestro Señor, de manera muy distinta, quiso ofrecerse a sí mismo, elevado en el madero de la cruz sobre el monte llamado Gólgota, en las afueras de la ciudad de Jerusalén.
Fue un sacrificio cruento y real, atestiguado aún hoy por los vestigios de la Sábana Santa de Turín, que registra innegablemente las heridas de los clavos, las llagas de la flagelación y las marcas de la coronación de espinas. Además, Jesús no descuidó el aspecto ritual y quiso que su sacrificio constituyera una liturgia sagrada.
En la última cena, anticipando su martirio, el Sumo Sacerdote eterno hizo la ofrenda de sí mismo de manera sacramental, transubstanciando el pan en su carne y el vino en su sangre. Instituyó así la forma litúrgica de su sacrificio y de su presencia: la Sagrada Eucaristía.
¡Imposible concebir un don más grande! Es algo tan admirable que resulta difícil asimilarlo. Nos legó su sacrificio con tanta propiedad que el sacerdote reza en cada misa: «Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro…». Sí, la oblación de Jesús en la cruz es «nuestra». ¿Qué más se puede desear o imaginar?
Al mismo tiempo, nos dejó su presencia real y sustancial, otro don de valor infinito. La promesa de su permanencia entre los hombres hasta el fin de los tiempos se cumple en cada sagrario. ¡Allí está Jesús! ¡Allí está su sacratísimo Corazón palpitando de amor por cada hombre!
Origen del sacerdocio católico
Junto con la Sagrada Eucaristía, fue instituido el sacerdocio de la Nueva Alianza: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19). Nuestro Señor quiso dejarnos su cuerpo y su sangre como sacrificio, como alimento y como presencia, y para ello hizo partícipes de su sacerdocio a algunos de sus discípulos, a quienes encargó celebrar de manera sacramental la sagrada liturgia de la cruz.
Así nació el sacerdocio católico, revestido del poder de renovar sobre los altares, mediante la celebración de la santa misa, el holocausto de Cristo, ofreciendo el pan divino y la sangre preciosa como oblación de agradable olor al Padre y sacrificio de comunión por los fieles que lo reciben como alimento y bebida espirituales.
Se puede afirmar, por tanto, con seguridad, que no hay Eucaristía sin sacerdocio ni verdadero sacerdocio sin Eucaristía, ya que no hay sacrificio sin alguien que pueda ofrecerlo, ni oferente sin víctima inmolada.
Por esta razón, San Juan Pablo II, en la carta apostólica Dominicæ Cenæ, recuerda a los sacerdotes: el sacerdocio ministerial o jerárquico […] [está] en relación muy estrecha con la Eucaristía. Esta es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella. […] Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la santa misa desde el primer testimonio litúrgico— nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, “por ella” y “para ella”. Somos, de modo particular, responsables “de ella”, tanto cada sacerdote en su propia comunidad como cada obispo en virtud del cuidado que debe a todas las comunidades que le son encomendadas».1
Así pues, cada sacerdote recibe el inmenso don de actuar en la persona de Cristo, haciendo las veces de Él y participando de su poder, con el fin de renovar su único sacrificio en beneficio de toda la Iglesia. Fruto de esta renovación es Cristo verdaderamente presente en la Eucaristía, adorado por los cristianos en los sagrarios de todo el mundo.
Llamados a la plena identificación con Cristo
El sacerdocio es una vocación excelsa, concedida gratuitamente, no en virtud de los méritos o las capacidades humanas, sino de la misericordiosa elección de Dios. Cada sacerdote es fruto de la voluntad del Padre, a quien los fieles imploran que envíe nuevos obreros a su viña (cf. Mt 20,1-16).
Conviene tener esto seriamente en cuenta, tanto por parte de los fieles —que deben ver en el sacerdote ese llamamiento y respetarlo con veneración—, como por parte de los propios sacerdotes, a quienes corresponde ante todo estar imbuidos de su vocación, dejándose transformar interiormente por lo que ésta significa, a saber, la predilección de Dios y la responsabilidad tan alta de la que tendrán que rendir cuentas ante Él y ante la Iglesia.
Por eso se le exige al sacerdote ordenado una santidad extraordinaria, a la altura del don que ha recibido, como enseña Pío XI: «El sacrificio eucarístico, en el que se inmola la Víctima inmaculada que quita los pecados del mundo, muy particularmente requiere en el sacerdote vida santa y sin mancilla, con que se haga lo menos indigno posible ante el Señor, a quien cada día ofrece aquella Víctima adorable, no otra que el Verbo mismo de Dios hecho hombre por amor nuestro. “Advertid lo que hacéis, imitad lo que traéis entre manos”, dice la Iglesia por boca del obispo a los diáconos, cuando van a ser ordenados sacerdotes».2
El mismo pontífice concluye que, por el hecho de ser un instrumento de nuestro Redentor, el sacerdote está llamado a una plena identificación con Cristo; afirma incluso que debe ser «otro Cristo».3
También San Pío X, al recomendar a los sacerdotes la práctica de la meditación diaria para perseverar en el casto amor al Señor y progresar en el camino de la santificación, señala como tema primordial que los presbíteros han de considerar el de tener siempre presente, día y noche, la singular gracia de la vocación sacerdotal, llamado a ser «otro Cristo».4
Recientemente, el papa León XIV recordó ese mismo principio, dirigiéndose al clero de Madrid: «[Los sacerdotes son] varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas».5
¿Qué se le exige al sacerdote?
Llamado a ser alter Christus, le compete al sacerdote imitar el ejemplo y las virtudes del Señor Jesús, sobre todo en las disposiciones interiores al celebrar la santa misa, según enseña San Pío X: «Como ministros suyos en el augusto sacrificio que, con perpetuo prodigio, se renueva para la vida del mundo, nos hemos de poner en la misma disposición de alma con que Él se ofreció a Dios cual hostia inmaculada en el altar de la cruz. Si antiguamente, cuando no había más que símbolos y figuras del verdadero sacrificio, se requería santidad tan grande en los sacerdotes, ¿cuánto más justo no habrá de exigirse a nosotros ahora que la víctima es Cristo?».6
He aquí la gran responsabilidad del clero: por medio de una vida espiritual seria, intensa y vigilante, esforzarse por hacer que crezca la gracia sacramental recibida el día de la ordenación. Esa gracia invita y, al mismo tiempo, favorece la recepción de continuos auxilios sobrenaturales para que el sacerdote imite la caridad que inflamó el divino Corazón de Cristo, Sacerdote y Víctima, entregado al martirio sacrosanto del Calvario, por amor al Padre y a los hombres.
Para obtener tal gracia, los sacerdotes deben fijar sus ojos en el ejemplo de la Santísima Virgen María, cuya singular, máxima y eficaz participación en el sacerdocio de Cristo ha sido ensalzada por el magisterio pontificio. Como enseña Pío XII, Ella fue «la que —libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo— lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su materno amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado».7
Los ministros ordenados deben, por tanto, unir sus corazones a María Santísima, a fin de que, gracias a su infalible intercesión, sean un solo sacerdote y una sola víctima con Jesús, y puedan finalmente exclamar con San Pablo: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 19-20). ²
Heraldos del Evangelio
Notas:
1 San Juan Pablo II. Dominicæ Cenæ, n.º 2.
2 Pío XI. Ad catholici sacerdotii, n.º 28.
3 Idem, n.º 30.
4 San Pío X. Hærent animo, n.º 21.
5 León XIV. Carta al presbiterio de la Archidiócesis de Madrid, 28/1/2026.
6 San Pío X, op. cit., n.º 4.
7 Pío XII. Mystici Corporis Christi, n.º 106.