La naturaleza angélica, salida de las manos de Dios, se caracteriza por ser puramente espiritual, dotada de inteligencia y voluntad. Cuando, por intelección, los ángeles comprenden un mismo principio y aman ese ideal, se unen entre sí.

Las ideas también son un factor de unión entre los hombres, pero, ya en el paraíso terrenal, Dios quiso infundir en la criatura humana el instinto de alimentarse, con el fin de propiciar la unión en torno a la mesa. Si las Escrituras afirman que el vino alegra el corazón del hombre (cf. Sal 103, 15), una buena comida complace al ser humano en su totalidad. La alimentación es indispensable para la salud; sin embargo, el beneficio corporal no constituye, como piensan los materialistas, su finalidad principal, sino más bien la convivencia social. Compartir una misma comida favorece la conversación y el buen entendimiento, y además es un excelente instrumento para la diplomacia.

Talleyrand, gran diplomático francés, conocía esta regla: cuando tenía que defender los intereses de Francia ante Alemania o Austria, le pedía al rey que le enviara grandes cantidades de vinos, champagne y quesos —sobre todo los famosos brie y camembert—, pues decía que durante una recepción y una conversación los asuntos se resolvían más fácilmente y siempre con éxito.

Para celebrar acontecimientos importantes, como cumpleaños, graduaciones universitarias o la inauguración de nuevas construcciones, se suelen organizar fiestas, amenizadas con piezas teatrales, presentaciones musicales y espectáculos de fuegos artificiales. Tales eventos crean un ambiente de júbilo, pero esta alegría cobra mayor sentido en torno a la mesa, ya que comer reunidos encierra un imponderable de participación.

Por eso, cuando personas que piensan de la misma manera se sientan a cenar juntas, se completa la unión de sus ideales y todas se fortalecen en el entrelazamiento mutuo.

Alimento de verdadera Sabiduría, signo de insuperable amor

En efecto, la comida fue creada por Dios a fin de que el hombre se sirva de ella para conocer y amar más a su Creador.

¿Por qué puso entonces en el centro del paraíso terrenal el árbol del conocimiento del bien y del mal, cuyo fruto Adán y Eva no podían probar? Porque quería darles la posibilidad de que, absteniéndose de algo por el esfuerzo de la obediencia y la sumisión, se ordenaran aún más.

No obstante, todavía queda una cuestión de fondo que nos lleva a comprender mejor por qué Dios sometió la naturaleza humana a la necesidad de alimentarse todos los días para subsistir.

Adán debía anhelar el conocimiento del bien y del mal, confiando en que el Creador se lo ofrecería en un manjar especial. Dios obra siempre así: exige una pequeña renuncia para luego conceder una recompensa infinitamente mayor. En un momento dado, se encarnaría y se dejaría a sí mismo como alimento de verdadera Sabiduría. En efecto, aunque el hombre no hubiera pecado, la Eucaristía habría sido instituida, pues ése era el plan divino desde la eternidad.

Ahora bien, el pecado original consistió en un mal uso del apetito; y el hombre decadente, en su desvarío, hizo de la comida un deleite para sí mismo, refinándola con el deseo de disfrutarla con un placer enteramente egoísta.

En el paraíso, Dios había ordenado: «Del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir» (Gén 2, 17). Pero, una vez cometido el pecado, el Señor viene a la tierra y nos dice, a nosotros que nacemos con la culpa original, una palabra creadora y divina: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6, 53-54).

Desde el punto de vista simbólico, la Eucaristía es una reparación del pecado original, pero sobre todo es un signo de insuperable amor de Dios para con el hombre. Ha querido darse a nosotros plenamente para que podamos obtener más de lo que nuestros primeros padres poseían en el paraíso, con vistas a la bienaventuranza eterna.

En latín, «banquete» recibe el nombre de convivium, y en la Eucaristía es donde encontramos la culminación de la convivencia con Dios. Los beneficios de este Sacramento nunca podrán ser comprendidos, clasificados ni explicados por completo en esta tierra, pues son indescriptibles e inescrutables incluso para la imaginación del más perfecto de los ángeles. Y es precisamente a ese gran banquete al que estamos invitados.

Un dogma de fe demostrado por milagros

La presencia real de Cristo en el pan y en el vino consagrados es un dogma de fe revelado por el Señor, que nos dio su palabra en el Evangelio: «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6, 55).

Más tarde, cuando fue cuestionada por los protestantes en el siglo xvi, la Iglesia definió claramente que en la Eucaristía están presentes Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.1

Por otra parte, a lo largo de la historia se han producido numerosos milagros que demuestran la grandeza de este extraordinario Sacramento. Entre ellos destaca el de Bolsena, que llevó al papa Urbano IV a instituir la solemnidad de Corpus Christi. Ya antes, las revelaciones de Santa Juliana de Mont-Cornillon habían suscitado el debate al respecto, y los teólogos discutían si se debía o no celebrar dicha fiesta.

El Papa se encontraba en Orvieto cuando le llegó la noticia del prodigio ocurrido en una localidad vecina: un sacerdote, atormentado por tentaciones contra la fe en relación a la Eucaristía, celebraba la misa cuando la hostia se transformó en un trozo de carne en sus manos y comenzó a derramar sangre, empapando varios corporales.

Otro episodio tuvo lugar con San Luis IX, rey de Francia. Estaba sentado a una mesa, escribiendo, cuando un paje se acercó jadeante:

—¡Majestad! ¡Majestad! ¡Venid deprisa, que aún estáis a tiempo!…

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Ahora mismo, durante la misa, en el momento en que el sacerdote elevó la hostia, el Niño Jesús apareció en sus manos, ¡y todavía está allí!…

San Luis dejó la pluma a un lado, se levantó e hizo una genuflexión con profundo recogimiento. Luego volvió a sentarse y dijo:

—Dios obra este milagro no para los creyentes, sino para los que dudan. Mi fe no exige que lo vea, y no quiero perder el mérito; creo plena y firmemente, ¡y ya lo he adorado desde aquí!2

Otros hechos milagrosos ocurridos con los santos también confirman la veracidad de la presencia del Redentor bajo los velos eucarísticos. Santa Catalina de Siena, por ejemplo, pasaba días alimentándose únicamente de la Eucaristía y en muchas ocasiones, al terminar de ingerir la sagrada forma, su cuerpo permanecía suspendido en el aire.3 Se dice que San Pío X a veces tardaba horas en celebrar la misa, porque en el momento en que pronunciaba las palabras: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros», entraba en éxtasis y levitaba con la hostia en alto, ante el asombro de los asistentes.

¿Cómo está Cristo en la Eucaristía?

Veamos ahora cómo Nuestro Señor Jesucristo está en la Eucaristía. Según Santo Tomás de Aquino,4 Él está con su cuerpo glorioso tal como está ahora en el Cielo, de tamaño natural, entero en cada partícula y oculto bajo los accidentes.

Al contemplar esa pequeña hostia, nuestra mente es incapaz de comprender cómo puede encontrarse allí en tamaño real. Sin embargo, hay una imagen que nos acerca a la realidad, aunque sin penetrarla por completo: cuando conversamos con alguien o tenemos ante nuestros ojos un paisaje, no es necesario que nuestro interlocutor mengüe ni que el panorama se reduzca para que quepa en nuestra retina. Todo cabe a tamaño real en la visión humana. Así también Nuestro Señor Jesucristo en la hostia.

Y si ésta se fracciona, Él sigue estando entero en cada una de las partes, al igual que ocurre con un espejo: cuando se rompe, la imagen se refleja íntegramente en todos los fragmentos.

Para entender cómo se halla oculto bajo los accidentes, imaginemos un relicario bien cerrado. Al mirarlo, vemos un simple estuche de reliquias; pero si lo abrimos, descubriremos su precioso contenido. De manera análoga, las especies eucarísticas son como un relicario, dentro del cual se encuentra escondido Nuestro Señor Jesucristo.

En razón de su infinita bondad hacia nosotros y para facilitarnos que lo recibamos, se cubre bajo las apariencias del pan; si se presentara en toda su figura, nuestra primera reacción sería de deslumbramiento —lo que nos haría perder el mérito de creer sin ver— y la segunda, de temor reverencial, de modo que sentiríamos un enorme recelo de comulgar.

La Eucaristía es verdadero sacrificio

Lutero y los protestantes afirmaban que la Eucaristía era «mera conmemoración», y difundían esta doctrina errónea. Por eso fueron condenados por la Iglesia, la cual declaró que, mucho más que un memorial, la misa es la renovación del sacrificio del Calvario.5

Fue el Señor quien instituyó esa ceremonia el Jueves Santo, durante la última cena, cuando dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19).

Por lo tanto, el sacrificio específico que Él sufrió al ser flagelado, coronado de espinas y entregar su vida en la cruz se repite sobre el altar. La esencia es exactamente la misma; y la Víctima es una sola.

Las circunstancias accidentales son diferentes, pues en la cruz el sacrificio fue de modo cruento, mientras que en la Eucaristía se produce sin derramamiento de sangre. En la cruz, el cuerpo de Jesús era mortal; en la Eucaristía, Cristo ya no muere. En la cruz, padeció una sola vez; en la Eucaristía, se ofrece innumerables veces. En la cruz, el precio de su sangre obró la Redención; en la Eucaristía, se obtiene la aplicación de ese precio conquistado por Él en la cruz. Sin embargo, el valor infinito del sacrificio del Calvario es idéntico al del sacrificio realizado sobre el altar.6

Unión del alma con Dios

Ahora bien, una vez que lo recibimos, ¿cómo se une Él a nosotros?

Existe entre los hombres una unión moral, que se funda en un vínculo de amor, por el cual, a pesar de la ausencia, quienes se aman permanecen estrechamente unidos. Se da también la unión externa, que se establece por el contacto físico; pero ésta es muy superficial, ya que dos personas pueden estar una al lado de la otra, e incluso rozándose, sin ni siquiera conocerse.

No obstante, ninguna de ellas es la unión que tenemos con el Señor en el momento de la comunión, pues no significa estar junto, ni tampoco pegado, sino que es una unión tan fuerte que podemos llamarla «mutua compenetración», conforme Él dijo en el Evangelio: «Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6, 57).

Mientras las especies siguen incorruptas en nuestro interior, la gracia santificante no sólo aumenta, sino que el alma se llena de gracia, y la unión con Dios se intensifica, pues Él penetra en nosotros como el agua que empapa una esponja seca. Cuando tomamos un alimento, nuestro organismo digiere y aprovecha lo que es útil para la salud y el desarrollo físico. Por lo tanto, transformamos esa comida en energía para nuestro cuerpo. Pero, según sostienen varios santos y doctores de la Iglesia, en la Eucaristía ocurre un fenómeno opuesto a ése: dado que la sustancia es infinitamente superior a nosotros —porque es Jesús mismo, Dios y hombre verdadero—, en lugar de transmutarse en nosotros, es Él quien nos asume y nos santifica.

¿A quién no le gustaría acumular todo el oro del mundo en sus manos? En este caso, no se trata de hacernos ricos, pues las riquezas de la tierra no son nada comparadas con el supremo valor de este Sacramento. Se trata, más bien, de acercarse al Sagrado Corazón de Jesús, autor y fuente inagotable de toda gracia, ¡para que seamos millonarios en la eternidad!

Prenda de la vida futura

Si guardamos cuidadosamente una semilla de cereza, ésta puede conservarse durante años y, una vez plantada en la tierra, germinar y convertirse en un frondoso árbol. Pero si tomamos ese mismo hueso y lo cortamos en astillas, aunque después de veinticuatro horas juntemos todos los fragmentos y los plantemos, ya no podrá nacer de ellos un cerezo.

Los que se esfuerzan por ser fieles a la ley de Dios, en el ejercicio de la piedad, procurando huir de las ocasiones próximas de pecado y diciendo «¡no!» a las tentaciones, conservan la gracia en su alma como una semilla. Aquellos que, por el contrario, ceden a la envidia, a la comparación, a la vanidad, a la mentira, y… después acaban cayendo en algún pecado mortal, son como quien tritura el hueso de la cereza: ¡ya no tienen en sí el germen de la gloria eterna!

Pues bien, el mundo de hoy en día valora mucho la salud y se preocupa por el bienestar. Sin embargo, aunque una persona llegue a los 80 o 90 años, la muerte es un destino del que nadie escapa. Algún día todos moriremos y nuestra carne será devorada por los gusanos, quedando solamente un esqueleto y una calavera de aspecto espeluznante.

En lo más hondo de nuestra alma, no obstante, hay algo que clama una resurrección. Cuando rezamos la Salve Regina nos reconocemos como «los desterrados hijos de Eva» y, de hecho, somos aquellos que abandonaron su patria y vinieron a este «valle de lágrimas»; pero sabemos que la existencia presente no es la verdadera vida y que nuestro destino no es permanecer por toda la eternidad sepultados en las entrañas de la tierra.

¿Cuál es nuestra patria? Hemos nacido para ir al Cielo ¡y ese es precisamente nuestro anhelo! Pero debemos pasar por un período de prueba donde sintamos nuestra contingencia y la experiencia de nuestra miseria, y cómo sin Dios no valemos nada, no tenemos nada y no somos nada.

Ahora bien, para mantener la virtud y resucitar en la vida futura, es necesario alimentarse de la Eucaristía, según la promesa del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Ella conquista nuestra resurrección y es una prenda mediante la cual Dios nos garantiza el Cielo.

Esto es lo que sucederá el último día: el Señor vendrá y, al son de trompeta, todos los muertos resucitarán. Los que despreciaron la comunión recuperarán sus cuerpos en estado sufriente para arder luego en los tormentos del Infierno sin consumirse; los que recibieron el cuerpo y la sangre de Cristo resucitarán con sus cuerpos en estado de gloria.

Ésa es la alegría que tendremos cuando salgamos de las tinieblas de este mundo y, al emerger a la luz de la eternidad, nos encontremos con las maravillas del Cielo, contemplando a Dios cara a cara, adorándolo como Él mismo se ve, cantando sus glorias y disfrutando de su felicidad. 

Fragmentos de exposiciones orales pronunciadas entre 2000 y 2009.

Notas:


1 Cf. Concilio de Trento. Decreto sobre el sacramento de la Eucaristía, c. iii: DH 1640.

2 Cf. Spirago, François. Recueil d’exemples appliqués au catéchisme populaire. Cadillac: Saint-Remi, 2018, p. 28.

3 Cf. Undset, Sigrid. Catalina de Siena. Madrid: Encuentro, 2009, p. 101.

4 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. III, q. 75, a. 4; q. 76, a. 1-4; q. 77, a. 1.

5 Cf. Concilio de Trento. Doctrina y cánones sobre el sacrificio de la misa, can. 3: DH 1753.

6 Cf. CCE 1367.