Escribe San Gregorio de Nisa: «¡Feliz flecha, que consigo lleva hasta el corazón al Dios que la ha lanzado!». El santo Padre quiere decir que, cuando Dios lanza una flecha de amor a un corazón —esto es, una luz especial con la que le da a conocer su bondad, el amor que le tiene y el deseo que tiene de ser amado por él—, en ese momento viene Dios mismo junto con esa flecha de amor, ya que Él, que es el arquero, es el propio Amor, porque: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Y así como la flecha queda clavada en el corazón que ha herido, así Dios, al herir un alma con su amor, acaba permaneciendo siempre unido a esa alma que ha herido.

Convenzámonos, oh seres humanos, de que sólo Dios nos ama de verdad. El amor de los familiares, de los amigos y de todos los demás que dicen amarnos —excepto aquellos que nos aman únicamente por consideración a Dios— es un amor interesado, orientado a algún fin de amor propio, por el que nos aman.

Sí, Dios mío, sé muy bien que sólo Vos me amáis y me queréis mucho, no por vuestro propio interés, sino únicamente por vuestra bondad, únicamente por el amor con que me amáis; y yo, ingrato, a nadie le he causado tantos disgustos, tantas tristezas como a Vos, que me habéis amado así. Jesús mío, no permitáis que siga siendo ingrato con Vos. Me habéis amado de verdad y yo quiero amaros de verdad en esta vida que me queda. Os digo con Santa Catalina de Génova: «Amor mío, no más pecados, no más pecados»; sólo a Vos quiero amar y nada más.

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. De bem com Deus. Aparecida: Santuário, 2010, pp. 11-12.