Al declararse unido en simbólico casamiento con la Hermana Pobreza, San Francisco de Asís nos legó una valiosa lección. Dado que en la naturaleza del matrimonio está la comunión de bienes, podemos imaginar la «ventaja» que el santo mendicante debió haber sacado de ese desposorio místico…
Pobre por naturaleza, evidentemente, y evocando virtudes como la humildad y la mansedumbre, la Hermana Pobreza es, no obstante, rica en bienes celestiales. Según la teología, mediante la pobreza nos desprendemos de los bienes terrenales por amor a la herencia celestial, tal y como lo prescribió Cristo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres; así tendrás un tesoro en el Cielo» (Mt 19, 21). Aunque se trata de un consejo universal, los religiosos han de practicar la pobreza con mayor perfección por la emisión de un voto.
La pobreza es también una bienaventuranza (cf. Mt 5, 3), pero no todos la viven de la misma manera. A menudo conviene que los obispos, por ejemplo, usen solemnes paramentos que manifiesten la plenitud del sacramento del orden, para que ellos mismos recuerden que son sucesores de los Apóstoles e inspiren a los fieles a practicar la virtud del honor, llamada por Santo Tomás de Aquino dulía. No les compete abrazar una pobreza superficial, sino más bien, por razón de su cargo, ejercerla junto con la virtud de la magnanimidad, que implica también la posesión de ciertos bienes exteriores.
La magnanimidad, «que también se conoce como grandeza de alma o nobleza de carácter, es una disposición noble y generosa para emprender grandes cosas por Dios y por el prójimo»; supone un «alma noble, con un ideal elevado, ideas generosas; un alma valiente que sabe poner su vida en armonía con sus convicciones».1
Así pues, fueron magnánimos y a la vez desapegados: San Francisco de Asís, que «anunciaba a los frailes la incomparable dignidad, la arcana gloria y la sublimidad de la imitación de la humilde y pobre vida de Cristo»;2 el terciario franciscano San Luis IX, rey de Francia, al construir la deslumbrante Sainte Chapelle; el mendicante Santo Tomás de Aquino al erigir el exuberante monumento de la Suma Teológica; el siervo de los siervos de Dios, el sumo pontífice, que desde su sede hace brillar la autoridad de Cristo, en su condición de vicario.
Los mejores ejemplos de armonía entre pobreza y grandeza los encontramos precisamente en la vida de los santos. En ellos se aprecia, además, que su magnánimo celo por la liturgia y por la instrucción de la grey hacía que no fueran mezquinos en el uso de los bienes terrenales para mayor esplendor del servicio a Dios.
San Clemente María Hofbauer, célebre por sus misiones populares, al referirse al papel del arte en colaboración con el predicador, comentó que «el pueblo oye más con los ojos que con sus propios oídos; queda cautivado por lo que ve».3 En la iglesia de los redentoristas de Varsovia, a instancias del misionero, no faltaba la orquesta: decenas de violinistas lo acompañaban. Mencionó en una carta que había adquirido en Viena un valioso instrumento musical para su uso en la misma iglesia. Y para justificarse ante ciertos detractores irritados, que ocupaban altos cargos, explicó: «No se trataba de un deleite para el oído, sino de alabanza a Dios. Cuanto más festivo fuera un servicio religioso, tanto más experimentaría el hombre a Dios; por la armonía de la música, el corazón y la mente se elevan a Dios y se embriagan de devoción».4
En el presbiterio encendía tantas velas como le era posible y vestía con esmero a los monaguillos. Los ornamentos eran de lo más bello y el lugar albergaba una Biblia de gran valor. Ante los impresionantes resultados en materia de conversiones y administración de los sacramentos, causa perplejidad conocer la violenta persecución desatada contra el santo redentorista, acusado de «terribles» delitos…
Arquetipo de la pobreza, San Francisco, que llegó a confesarle a uno de sus hijos espirituales —que se preocupaba por hacer reservas para el futuro— que preferiría que se despojara el altar de la Santísima Virgen si la necesidad lo requiriera, antes que faltar un ápice al voto de pobreza, era también muy celoso en socorrer a los sacerdotes empobrecidos, sobre todo en lo que se refería al decoroso ornato de los altares.5
San Odilón, abad de Cluny y gran limosnero, afirmó que «el oro de la Iglesia no está hecho para ser acumulado, sino para ser distribuido», y uno de sus biógrafos narra que «cedió en beneficio de los pobres hermosos jarrones y joyas de su iglesia, incluida la corona del emperador Enrique I, al considerar indigno negar estos objetos a los pobres de Cristo, ya que su sangre fue derramada por ellos».6 Por otra parte, el mismo santo —como los demás abades cluniacenses— elevó el esplendor de los templos y de la liturgia a un grado sorprendente: paramentos de gran valor, pinturas murales, candelabros dorados, libros decorados, velas en abundancia y toda clase de ornamentación.
En resumen, la Hermana Pobreza, cuando es desposada por un alma justa, no engendra mezquindad ni pusilanimidad, sino el florecimiento de la virtud de la grandeza, la magnanimidad. Por lo tanto, el desprendimiento evangélico, vivido en plenitud por tantos santos, no es un fin en sí mismo, sino un medio de vaciamiento para una mayor manifestación de la gloria de Dios: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» (Jn 3, 30). ²
Notas:
1 Tanquerey, Adolphe-Alfred. Précis de Théologie Ascétique et Mystique. 6.ª ed. Paris: Saint Jean l’Évangéliste, 1924, p. 680.
2 Clareno, Ángelo. Historia septem tribulationum Ordinis Minorum, L. I.
3 Heizmann, CSsR, Josef. Vida de São Clemente Hofbauer. Aparecida: Santuário, 1988, p. 72.
4 Idem.
5 Cf. San Buenaventura. Leyenda de San Francisco de Asís, c. i, n.º 6; c. vii, n.º 4; c. viii, n.º 5.
6 Chagny, André. Cluny et son empire. Lyon-Paris: Emmanuel Vitte, 1938, p. 218.