¡¡Alégrense los sacerdotes en la Virgen bendita!»,1 exclamaba San Efrén, el cantor de María.

Para el sacerdote verdaderamente devoto de Ella, Nuestra Señora es la fuente inagotable de todas las alegrías. Y la ocasión por excelencia en la que puede convivir con su Madre es la santa misa, momento culminante del día y de la vida del presbítero. Convivir, he aquí el término adecuado, pues es sobre todo en la eucaristía donde la encontrará, y es en el transcurso de la celebración que le manifestará su amor filial, confiándole sus intenciones y abriéndole los secretos de su corazón.

María junto a los altares

¿Puede el celebrante estar plenamente seguro de que la Santísima Virgen se halla espiritualmente a su lado? Sin la menor duda. Pues, habiendo permanecido junto a la cruz hasta el final de la agonía de su divino Hijo, de la misma manera acompaña la renovación de su sacrificio en cada eucaristía, y así lo hará hasta el fin de los tiempos, como lo demuestran numerosos autores, entre los que destacamos al papa Juan Pablo II: «María está presente en el memorial ―la acción litúrgica― porque estuvo presente en el acontecimiento salvífico. […] Está en todo altar, donde se celebra el memorial de la pasión-resurrección, porque estuvo presente, adhiriéndose con todo su ser al designio del Padre, al hecho histórico-salvífico de la muerte de Cristo».2

Nuestra Madre y Señora, llamada «Reina del clero»,3 es la primera asistente en todas las misas, y de su presencia el sacerdote tanto más se beneficiará cuanto más se dirija a Ella. En primer lugar, porque «le debemos la eucaristía a la Santísima Virgen y porque, al instituirla, el Señor pensó primero en Ella»,4 como escribió cierto discípulo de San Luis María Grignion de Montfort. Y no es casualidad que se la recuerde y honre in primis en la Plegaria Eucarística I, el Canon Romano: «Veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor».

Corazón sacerdotal

Además, como enseña San Juan Eudes, existe una admirable semejanza entre el altar de la celebración y el Corazón de María: «En ese altar Ella ofreció a la divina Majestad el mismo sacrificio que su Hijo Jesús le ofreció en el Calvario. Este adorable Salvador se sacrificó una vez a su Padre, en el altar de la cruz; pero su Santa Madre lo inmoló diez mil veces en el altar de su Corazón, y este mismo Corazón fue como el sacerdote que lo inmoló, y se inmoló también con él».5

He aquí otro punto de unión entre la Santísima Virgen y el sacerdote: aunque no haya recibido el sacerdocio ministerial, su dignidad «como Madre de Dios es incomparablemente superior a la del sacerdote»6 y, asociada por su divino Hijo a la obra de la Redención, «fue una supersacerdote, en cuanto que cooperó intrínsecamente con el mismo Cristo en el sacrificio redentor de la humanidad»,7 según explica el eminente teólogo dominico fray Antonio Royo Marín.

Refugio de nuestra flaqueza

Al considerar su propia pequeñez e indignidad ante el adorable misterio del cual es ministro y mediador, el presbítero eleva su mirada a la Madre de misericordia y en Ella encuentra refugio, como escribió bellamente un conocido mariólogo: «Cuando contempla entre sus manos a ese Cristo en cuyo nombre habla y actúa, cuando se ve, como simple criatura, ante ese Dios en cuyo lugar se ha puesto por un instante, […] buscará su modelo más allá. Criatura rebosante de alegría ante el Dios de amor tan cercano, desconcertada por una participación tan íntima en un misterio que la supera, recurrirá a la humilde Madre del Verbo encarnado. En la oscuridad de la fe, mirará la Estrella del mar».8

Y el sacerdote será plenamente consciente de que, si bien la transustanciación se obra por sus palabras, es de María de quien recibe el don inefable de la comunión eucarística, así como la humanidad recibió a Jesucristo por medio de Ella.

Siguiendo los términos del citado escritor montfortiano, aplicará a la Madre de Dios las palabras del Libro de los Proverbios (cf. Prov 9, 5), cantadas en el responsorio eucarístico Homo quidam, atribuido al rey de Francia Roberto II el Piadoso (972-1031): Venite, comedite panem meum, et bibite vinum quod miscui vobis —Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado. De esta forma, «la Virgen nos invita y tiene derecho a invitarnos, porque este pan es su pan: “panem meum”, el que Ella nos ha preparado por la encarnación; este pan es Jesús, quien en el altar, al igual que en la cruz, es su Hijo. Y este vino que Ella nos ha preparado es el vino puro de la divinidad, demasiado fuerte para nuestra flaqueza. María lo ha templado por la humanidad».9

¿Cómo agradecer a María?

¡Cuánta gratitud profesará el sacerdote a la Santísima Virgen, de quien todo lo recibe! ¿Cómo corresponder a aquella que considera a los sacerdotes sus hijos de predilección, por ver en ellos la imagen de su divino Hijo? Se podría afirmar que tal agradecimiento no sólo es difícil de concebir, sino absolutamente imposible, debido a la incalculable distancia que separa a cualquier criatura humana —incluidos aquellos elevados a la honra del sacerdocio— de la sublime dignidad de la Madre de Dios.

Recuérdese, sin embargo, que para una verdadera madre el amor sincero de un hijo es inestimable, y ella lo recibe en el júbilo de su alma, aunque ese hijo esté cargado de culpas y miserias. Por lo tanto, el cariño filial del sacerdote tiene de suyo la virtud de abrir las puertas del Corazón Inmaculado y depositar allí la ofrenda de una ardiente gratitud.

Y hay más: dado que el sacerdote tiene el poder de aplicar, según sus intenciones, los méritos de Nuestro Señor en cada misa celebrada, podrá ofrecerlos a las manos maternales de la Santísima Virgen. Es lo que un ferviente mariólogo llama «enriquecer a María», a ejemplo de San Juan Evangelista, explicando que así le rendimos a Ella un agradecimiento digno de su grandeza, pues se la honra con homenajes de valor infinito:

«El discípulo amado hizo partícipe a su Madre de todos sus bienes, es decir, le ofreció la eucaristía y el sacrificio. Ciertamente, ya no podemos procurarle a María la presencia sacramental de Jesús, puesto que ahora disfruta en los Cielos de la faz gloriosa de su Hijo; pero podemos depositar en sus manos los frutos del sacrificio de aplicación que celebramos en el altar, y enriquecerla así con medios cada vez mayores de servir en la tierra a los intereses sagrados de su Dios».10

Hijos llenos de amor por nuestra Madre Inmaculada, sacerdotes consagrados a María por toda la eternidad, a Ella le imploramos:

Nunca os apartéis de nuestro altar, Señora. Acompañadnos desde ahora hasta la última misa de nuestra vida, inspirad nuestras intenciones, purificad nuestro corazón. No queremos solamente celebrar en vuestra presencia, sino también, arrebatados de amor, desde el principio hasta el final de la eucaristía, permanecer abrazados a vos. ²

Notas:


1 San Efrén. «Hymni de Beata Maria», I. In: Hymni et sermones. Mechliniæ: H. Dessain, 1886, t. ii, p. 522.

2 San Juan Pablo II. Ángelus, 12/2/1984.

3 Expresión usada por M. Olier, fundador de la Compañía de Sacerdotes de San Sulpicio (cf. Berghe, Oswald van der. Marie et le sacerdoce. 2.ª ed. Paris: Louis Vivès, 1875, p. 105).

4 Lhoumeau, Antonin. La vie spirituelle à l’école du Bienheureux L.-M. Grignion de Montfort. 4.ª ed Tours: Alfred Mame et Fils, 1920, p. 460.

5 San Juan Eudes. «Le Cœur admirable de la très Sacrée Mère de Dieu». In: Œuvres complètes. Vannes: Lafolye Frères, 1908, t. vi, p. 322.

6 Royo Marín, OP, Antonio. La Virgen María. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, p. 111.

7 Idem, p.173.

8 Laurentin, René. «Marie et la Messe. Essai sur un problème de spiritualité sacerdotale». In: Nouvelle Revue Théologique. Bruxelles. Año LXXI. N.º 1 (1949), p. 53.

9 Lhoumeau, op. cit. p. 464.

10 Berghe, op. cit., p. 299.