San Eliseo, ¿quién es? El padre y señor de los profetas del monte Carmelo. El predicador que multiplicó panes. El hombre al que le obedecían los osos. El dominador de los reyes de su tiempo. El vidente para quien el futuro no era un enigma. El más taumaturgo de los profetas. El general que venció ejércitos él solo. Aquel que, vivo, resucitó a un niño y, muerto, le devolvió la vida a un adulto. El santo con quien el Altísimo hablaba al son del arpa.

¿Ése es Eliseo? No.

Esas son las hazañas de Eliseo. Su verdadera historia no se encuentra en lo que hizo, sino en lo que fue. Y fue mucho mayor que las grandezas antes mencionadas. Se convirtió en otro Elías.

Un nuevo padre

Volvamos en torno al año 860 a. C.1 Un joven, con sus doce yuntas de bueyes, ara la tierra de Abel Mejolá, en Israel: Eliseo, hombre relativamente rico, asentado en la vida. Tendrá quizá unos 20 años y ya se ha trazado un camino conforme a la ley, tranquilo, sin grandes sobresaltos y, por tanto, sin gran gloria.

Pero de repente, ¡todo cambia! Eliseo advierte que se acerca el hombre de Dios: Elías, el profeta que apenas hacía dos meses se había enfrentado, él solo, al rey y a la reina, así como a los ochocientos cincuenta sacerdotes de Baal y Aserá. Los había vencido en nombre del Señor, haciendo descender fuego del cielo a la tierra.

Cuando se acerca, sin mediar palabra, echa su manto sobre Eliseo. Éste comprende que el profeta acaba de confiscarlo simbólicamente y, dejando de inmediato sus bueyes, corre tras Elías (cf. 1 Re 19, 20). Pero las añoranzas de una vida fácil podrían traicionar a Eliseo. No así la nostalgia de una vida entregada en holocausto. Toma una yunta de bueyes y los sacrifica. Con la madera del yugo asa la carne y se la da a su pueblo para que comiera (cf. 1 Re 19, 21). No quedan ni animal ni arado. Renunciaba entonces a sus bienes materiales.

Y, mientras los suyos se dan un festín, se despide de ellos para siempre a causa de una misión más elevada que él mismo. Renunciaba así a los bienes afectivos y familiares. Son los dos primeros pasos de sangre indispensables para ser un discípulo perfecto: luego «se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio» (1 Re 19, 21).

Durante unos seis años, Eliseo sigue de cerca a su nuevo padre espiritual en sus arriesgadas empresas: es el período en el que Elías se enfrenta al rey Ajab (cf. 1 Re 21), denuncia la idolatría del rey Ocozías (cf. 2 Re 1, 1-4) y destruye, con fuego del cielo, a dos destacamentos que iban a apresarlo (cf. 2 Re 1, 9-17). Empapándose y admirando cada gesto de su maestro, allí está Eliseo.

Sordo para el mundo

Pero ha llegado la hora de que Elías se marche, y la prueba definitiva para el discípulo: ¿estaría dispuesto a seguir al maestro, a pesar de la opinión contraria de éste y de toda la sociedad?

La prueba empieza por lo más arduo. Elías le prohíbe hacer aquello para lo que fue hecho, es decir, seguir al profeta: «Quédate aquí, pues el Señor me envía a Betel». «¡Vive Dios! ¡Por tu vida —contestó Eliseo—, no te dejaré!» (2 Re 2, 2). Y así salió victorioso: había sabido escuchar las palabras de su padre, no lo que éstas decían, sino lo que Elías deseaba de verdad. Comprendía bien el ígneo corazón de su maestro.

Entonces tiene lugar la segunda etapa. «La comunidad de los profetas que allí moraba salió al encuentro de Eliseo y le dijeron: “¿Sabes que el Señor arrebatará hoy a tu señor por encima de tu cabeza?”» (2 Re 2, 3). Ahora tenía que enfrentarse a su propio entorno… Eliseo había renunciado a los lazos de sangre. Vivía en completa oposición al mundo. Pero en ese momento debía ignorar las exhortaciones de sus hermanos de vocación, de aquellos que vivían con él. Tenía que renunciar a su mundo. Y lo hace: «Claro que lo sé. ¡Callad!» (2 Re 2, 3), les responde.

Y sigue acompañando a Elías. Mientras maestro y discípulo se alejan conversando, los cincuenta hombres de la comunidad de los profetas menean la cabeza, como diciendo: «Ese radical de Eliseo… ¿cuándo aprenderá a tener sentido común?».

El doble espíritu

Entre tanto, Elías se dirige a Eliseo: «Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de que sea arrebatado de tu lado» (2 Re 2, 9). La respuesta fue explosiva y directa, brotó como un géiser de un alma consumida por la admiración: «Por favor —exclama Eliseo—, que yo reciba dos partes de tu espíritu» (2 Re 2, 9).

¡Era el grito de victoria definitivo sobre el orgullo! Eliseo había derribado, una a una, todas las torres del amor propio a medida que renunciaba meticulosamente a todo. Finalmente, vaciado de sí mismo, se convirtió en un odre escogido, preparado para recibir los vinos preciosos y siempre nuevos del profetismo.

Así, en el instante en que caballos de fuego arrebataban a Elías en un torbellino, el manto doblado de su maestro desciende sobre Eliseo y, en doble medida, el espíritu de Elías. Y el discípulo se despidió con aclamaciones que invocaban protección: «¡Padre mío, padre mío! ¡Carros y caballería de Israel!» (2 Re 2, 12).

Volviendo sobre sus pasos, Eliseo llega a la orilla del Jordán, separa las aguas y cruza el río sobre terreno seco. La comunidad de los profetas, al contemplar tal escena, no pueden sino constatar: «El espíritu de Elías se ha posado sobre Eliseo» (2 Re 2, 15). Y se postraron en tierra ante Elías en Eliseo.

A partir de ahora comienzan los milagros asombrosos y sorprendentes del discípulo perfecto. Ya desde el principio saneará las aguas insalubres de una ciudad (cf. 2 Re 2, 19-22) y, poco después, ordenará a dos osos que castiguen a cuarenta y dos jóvenes que se burlaban del profeta (cf. 2 Re 2, 23-25). A una viuda le multiplicará el preciado aceite, obtendrá de Dios un hijo para una mujer estéril y, cuando éste muera, lo devolverá a la vida y a los brazos de su madre (cf. 2 Re 4, 1-37). Tal aprecio por la maternidad hará de él «padre» y «madre» para la comunidad de los profetas, a quienes curará de una intoxicación alimentaria colectiva y, en otra ocasión, saciará a cien hombres con veinte panes, los cuales, multiplicados más allá de la medida, aún sobrarán (cf. 2 Re 4, 38-44).

Podríamos enumerar muchas otras acciones maravillosas de Eliseo que ocupan varios capítulos del Segundo Libro de los Reyes. Sin embargo, detengámonos sólo en dos de los aspectos más significativos de la vida del profeta: su señorío y su esclavitud.

Los ejércitos de Eliseo

No había, en tiempos de Eliseo, ni un solo plan secreto del rey de Aram, de la región de Siria, contra Israel que no fracasara. La única explicación, concluía el arameo, era que alguien de su séquito estuviera del lado de los israelitas. Reunió a los hombres del consejo y los amenazó: «¿No sois capaces de asegurar la información? ¿Quién de los nuestros está de parte del rey de Israel?». Uno de ellos respondió: «Nadie, oh rey, mi señor. Lo que sucede es que Eliseo, el profeta que hay en Israel, comunica al rey de Israel todo lo que tú dices en el interior de tu cámara» (2 Re 6, 11-12). La medida fue extrema: se movilizó un ejército entero para vencer al profeta del Todopoderoso.

Cuando el siervo de Eliseo vio llegar a las tropas que iban a apresar a su señor, se desesperó. Pero el hombre de Dios lo tranquilizó: «No temas. Son más los que están con nosotros que con ellos» (2 Re 6, 16). Y, orando al Omnipotente, imploró que se le abrieran los ojos al siervo. Finalmente, éste contempló la realidad: «Vio la montaña cubierta de caballos y carros de fuego en torno a Eliseo» (2 Re 6, 17). La misma caballería de fuego que había transportado a Elías, ahora formaba la guardia de honor de Eliseo. El santo de Yahvé tenía a sus órdenes las incontables legiones de los serafines.

Abierto un nuevo horizonte ante el siervo, Eliseo sumió en la oscuridad la vista de sus perseguidores. De un momento a otro, el ejército arameo se convirtió en una burlesca tropa de ciegos guiando a ciegos. El hijo de Elías descendió hacia ellos y pasó a comandar a quienes venían a arrestarlo. Ahora no sólo disponía de los soldados del Cielo, sino también de los de la tierra extranjera. Y, como con las tinieblas acababa de vencerlos y convencerlos de esta verdad, les devolvió la vista y los persuadió de que regresaran a su patria: «Las bandas de arameos dejaron de invadir el territorio de Israel» (2 Re 6, 23).

¿De dónde le venía tal soberanía? ¿Qué lo elevó por encima de los emperadores? La esclavitud.

Esclavo de amor

Elías se había marchado, pero el discípulo perfecto no dejó de servirle. «Eliseo, hijo de Safat, el que vertía el agua sobre las manos de Elías» (2 Re 3, 11) —típica tarea del esclavo en aquellos tiempos—, continuó ejerciendo su vasallaje incluso en ausencia física de su maestro. Y con todas las manifestaciones propias de ese estado.

Honores y fama los despreciaba como el fango. Cuando Naamán, el célebre general de Aram, acudió al profeta para pedirle la curación de su lepra, Eliseo ni siquiera salió a recibirlo. No necesitaba ser cortejado para limpiar la carne corrompida del peregrino.

Al igual que al prestigio, rehuía también los tesoros. Naamán, sanado por la intercesión de Eliseo, le ofreció oro y vestiduras: «Recibe, pues, un presente de tu siervo», le suplicó. «Vive el Señor ante quien sirvo —replicó Eliseo—, que no he de aceptar nada» (2 Re 5, 15-16).

¿Por qué no quería el más mínimo atisbo de recompensa? Porque servía.

A solas, no era menos austero. Así lo atestiguó un matrimonio de Sunén que solía acogerlo en su casa. Marido y mujer decidieron construirle una habitación al huésped con todo lo necesario: «una cama, una mesa, una silla y una lámpara» (2 Re 4, 9-10). Ése era el lujo del hombre que dirigía los asuntos de Israel, comandaba las tropas enemigas y se hacía obedecer por los querubines. ¿Dónde estaban las alfombras? ¿Dónde los cuadros? ¿Dónde los hermosos objetos de oro? Todo eso lo había inmolado con los bueyes de Abel Mejolá.

Así era el siervo de Elías.

La muerte y la recompensa

Los decenios transcurrieron muy intensos en la vida de Eliseo, hasta aproximadamente el año 790 a. C. En esa época le sobreviene su postrera enfermedad. Junto al lecho donde se preparaba para el viaje definitivo, está de rodillas el rey de Israel, Joás, afligido y consternado.

Eliseo, a quien «durante su vida ningún príncipe lo hizo temblar» (Eclo 48, 12), escucha entonces, de labios del monarca, el elogio que no esperaba, las palabras supremas de alabanza, las mismas que le había dirigido a Elías al verlo entre remolinos de fuego: «¡Padre mío, padre mío! —exclama con lágrimas el rey Joás—, ¡carros y caballería de Israel!» (2 Re 13, 14).

Todo estaba dicho. Elías y Eliseo, unidos en la vida terrena, inseparables a pesar de la muerte, se encontrarían al otro lado ostentando el mismo título, la misma aureola, el mismo espíritu.

«Le basta al discípulo con ser como su maestro» (Mt 10, 25). A Eliseo le bastaba y sobraba…

Ochenta años después de ver la luz y seis décadas tras su encuentro con Elías, Eliseo podía cerrar en paz los ojos al mundo, pues «nada era imposible para él, incluso muerto, su cuerpo profetizó. Durante su vida realizó prodigios, y después de muerto fueron admirables sus obras» (Eclo 48, 13-14). Hasta un cadáver, arrojado sobre «los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso en pie» (2 Re 13, 21).

Otros Eliseos

Más de dos milenios y medio después de aquellos acontecimientos, ¿cómo nos conmueve la historia de San Eliseo?

En todo. Él es para nosotros un ejemplo, un ideal, un hermano mayor que nos ha precedido en el camino, que ya ha recorrido con perfección las sendas que ahora transitamos.

Eliseo fue otro Elías. Debemos ser muchos otros Eliseos. Porque, de la misma forma que «Eliseo fue fiel a Elías, así debemos ser nosotros fieles a Nuestra Señora».2 Elías, primer devoto de la Virgen, la prefiguró en cierto modo. De manera que también Eliseo anunció a los futuros esclavos de amor a María.

Enseñó que quien se entrega a la Madre de Dios debe darlo todo y darse por entero, renunciando a sus bienes y a su mundo, si no de forma efectiva, al menos afectivamente. Proclamó que sólo será siervo de María el que la siga a pesar de la opinión contraria de los demás, el que la acompañe incluso en las arideces del alma y en las aparentes contradicciones de la vida espiritual.

Pero también demostró a la posteridad que quien se desprenda de todo tendrá a sus órdenes la caballería del Cielo y —¡oh, tesoro inmenso, impensable!— recibirá en doble medida el espíritu de su Señora: «Quizá antes de lo que se piensa —profetizó San Luis Grignion de Montfort—, Dios suscitará grandes hombres llenos del Espíritu Santo y del espíritu de María […]; y por medio de esta devoción [de la esclavitud de amor] a la Santísima Virgen, la cual sólo he esbozado y disminuido por mi debilidad, estos santos personajes lo superarán todo».3

Imitemos a San Eliseo. Y si somos para María lo que él fue para Elías, él se convertirá en una prefiguración nuestra: «Que tengamos el espíritu de Ella como Eliseo tuvo el de Elías, y todo estará hecho».4 ²

Notas:


1 Los datos históricos presentes en este artículo han sido tomados, además de la Sagrada Escritura, de las siguientes obras: Spadafora, Francesco. «Eliseo». In: Spadafora, Francesco (Dir.). Diccionario Bíblico. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1959, p. 184; Marconcini, B. «Eliseo». In: Leonardi, C.; Riccardi, A.; Zarri, G. (Dir.). Diccionario de los santos. Madrid: San Pablo, 2000, t. i, pp. 678-680.

2 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Homilía. São Paulo, 17/6/2006.

3 San Luis María Grignion De Montfort. «Le Secret de Marie», n.º 59. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p. 468.

4 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 26/2/1966.