«Más vale prevenir que curar», reza el proverbio. Ya sea en el ámbito de la medicina, ya en el de la seguridad, la prevención se considera la mejor forma de evitar enfermedades e incidentes. Cualquier intervención siempre resulta más traumática que las acciones prudenciales.

Desde el principio, la Divina Providencia propició la existencia de la vida en este planeta, disponiéndolo todo con «peso, número y medida» (Sab 11, 20). Siendo el hombre un «animal social» y dotado de inteligencia, también le permitió vivir en comunidad, con miras a la ayuda mutua en la obtención de alimentos, vivienda, vestimenta, etc., así como en la defensa contra ataques externos.

Santo Tomás de Aquino (cf. Suma Teológica, III, q. 79, a. 6) argumenta que la Eucaristía, al igual que el alimento corporal, fortalece nuestra alma contra la muerte espiritual. De hecho, el que proveyó los medios superabundantes para el mantenimiento de la vida del cuerpo en esta tierra, ¿no haría lo mismo para evitar la muerte del alma?

Uno de los efectos del Sacramento del Altar consiste precisamente en la preservación de la muerte espiritual: «Este es el pan que baja del Cielo, para que el hombre coma de él y no muera» (Jn 6, 50). El Aquinate explica este convincente pasaje: «El pecado es una especie de muerte espiritual del alma. Por tanto, uno se preserva del pecado futuro como preserva su cuerpo de la muerte futura» (a. 6).

La Eucaristía defiende la vida del alma como un arma poderosa que repele los ataques del demonio: «Es signo de la pasión de Cristo, por la que han sido vencidos los demonios» (a. 6).

Además, el Doctor Angélico enseña que, así como el Creador proveyó alimento y medicina en la naturaleza para preservar el cuerpo de la corrupción, así también quiso que la Eucaristía reconfortara el corazón del hombre (cf. Sal 103, 15) para evitar las malas inclinaciones que conducen a la perdición del alma.

Sin embargo, del mismo modo que la eficacia de un medicamento depende del estado de salud del paciente, el «pan vivo que ha bajado del Cielo» (Jn 6, 51) disminuye la inclinación al mal conforme las disposiciones individuales, porque «el efecto de este sacramento se percibe en el hombre según la condición humana» (ad 1). Por consiguiente, corresponde a cada uno sacar el mayor provecho de esta sublime dádiva.

Santo Tomás advierte además que, «aunque este sacramento tenga en sí mismo la fuerza de preservar del pecado, no le quita al hombre la posibilidad de pecar» (ad 1). La analogía con los medicamentos corporales hace aún más comprensible esta realidad: su utilidad disminuye en función de la mayor o menor predisposición del paciente.

La comunión del cuerpo y la sangre de Cristo lleva, asimismo, a un aumento de la caridad. Por eso, ipso facto, disminuye la atracción por el pecado y «confirma el corazón del hombre en el bien. Por lo que también preserva al hombre del pecado» (ad 3).

Así como el instinto natural de supervivencia nos lleva a amar la vida y a rechazar lo que la amenaza, la Eucaristía nos proporciona un deseo de Dios por el que nos adherimos al bien y rechazamos el mal. Bienaventurados aquellos en quienes el «instinto sobrenatural de conservación» es intenso y operante.