La Biblia sigue siendo hoy la obra más leída y más difundida del mundo; sin embargo, su sentido más profundo permanece siempre desconocido. Ni años y años de estudio serían suficientes para abarcar toda la sabiduría contenida en aquellas sublimes páginas. ¿Y por qué? Porque el autor principal de la Sagrada Escritura es Dios mismo, infinito y eterno, cuyos designios son inescrutables y cuyos pensamientos están por encima de los nuestros cuanto dista el cielo de la tierra (cf. Is 55, 8-9).

Así, la superficialidad humana suele considerar triviales determinados hechos bíblicos, como algunas antiguas costumbres judías. No obstante, a la luz de la fe, poseen un gran valor sobrenatural y simbólico. En efecto, las Escrituras pueden compararse con un arca sagrada de la que sacamos «lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13, 52), y en la que encontramos narraciones llenas de sentido cuando son analizadas a la luz de la Revelación de Cristo, ayudándonos a comprender mejor los tesoros recibidos en el seno maternal de la Santa Iglesia.

El lector podrá comprobar esta realidad en las siguientes líneas. Serán recordados diversos episodios de la Historia Sagrada, muchos de ellos algo enigmáticos, pero que adquieren un significado especial cuando se establecen correlaciones con el único y altísimo don de la fe.

Vida e inmortalidad contenidas en un fruto

Tras narrar la obra de los seis días, el Génesis describe el momento en que, habiendo plantado un jardín en el Edén, el Señor introdujo en él al hombre e hizo brotar de la tierra toda clase de árboles de aspecto hermoso y excelentes frutos; también colocó «el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal» (Gén 2, 9).

En su infinita sabiduría, el Creador le permitió a Adán que comiera de todos los frutos del jardín, con excepción de los que crecían del árbol del conocimiento del bien y el mal; de lo contrario, sin duda alguna moriría (cf. Gén 2, 16-17). Sin embargo, la serpiente, el más astuto de entre los animales, se acercó a Eva y le sugirió que probara el fruto: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (Gén 3, 4-5). El desenlace es bien conocido: la mujer cedió a la tentación y, a continuación, el primitivo hombre. Al pecar de soberbia, nuestros primeros padres desobedecieron a Dios y fueron expulsados del paraíso.1

Ahora bien, justo después de ese lamentable episodio, narran las Escrituras que «el Señor Dios dijo: “He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros en el conocimiento del bien y el mal; no vaya ahora a alargar su mano y tome también del árbol de la vida, coma de él y viva para siempre”» (Gén, 3, 22); y entonces «colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida» (Gén 3, 24).

¡Misterio insondable! Dios omnipotente quiso ocultar en una simple materia vegetal el don sobrehumano de la inmortalidad. ¿Por qué lo habría hecho?

«El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda»

También en el Libro del Génesis se lee que Adán y Eva tuvieron inicialmente dos hijos: Caín y Abel, que se convirtieron, respectivamente, en agricultor y pastor. Al presentar sacrificios al Señor, el primero ofreció frutos de la tierra, y el segundo, los primogénitos de su rebaño.

No obstante, «el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gén 4, 4-5). Esto se debe a que, mientras éste le presentaba a Dios los restos de su cosecha, su hermano le dedicaba los mejores animales, sin reservarse nada para sí. Poco después, Abel fue asesinado por la envidia fraterna y recibido en las moradas eternas como el primero de todos los justos; su alma se presentó ante los ojos divinos como holocausto, coronando el sacrificio agradable que acababa de ofrecer.

Perfectísimo en todos sus acciones, el Creador entabló a continuación un conmovedor diálogo con Caín. Él, que no había protegido de la muerte al inocente Abel, marcó al impío hermano fratricida con una señal en la frente para que nadie atentara con su vida (cf. Gén 4, 15).

Un sacerdote envuelto en las brumas del misterio

Un poco más adelante, en los albores de la epopeya de los patriarcas, otro hecho llama nuestra atención. Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios altísimo, surge en las páginas de la Historia Sagrada.

Figura misteriosa, «sin padre, sin madre, sin genealogía», de quien «no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida» (Heb 7, 3), fue introducido por Dios en la vida de Abrahán cuando éste cruzaba el valle de Save, propiedad del rey de Sodoma, tras rescatar a Lot de las manos de los reyes cananeos. De manera inusual, antes de bendecir al santo patriarca, sacó «pan y vino» (Gén 14, 18).

Ahora bien, en aquella época, era costumbre ofrecer animales a Dios, sacrificados con derramamiento de sangre. Melquisedec fue el primero en ofrecer pan y vino; sin embargo, las Escrituras guardan silencio sobre el motivo de tal elección.

Desafío desgarrador, cumplido fielmente

Poco después, a pesar de su avanzada edad y la esterilidad de su esposa, Abrahán tuvo un hijo, fruto de la promesa divina de que su descendencia sería numerosa como las estrellas del cielo y la arena de la playa (cf. Gén 21, 5; 22, 17). El Señor quiso entonces ponerlo a prueba: «Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré» (Gén 22, 2).

A primera vista, la petición parece demasiado osada, contraria incluso a la ley natural, según la cual un padre jamás hace daño a su hijo, sino que, más bien, tiende a dar su propia vida para protegerlo. Además, Isaac era el cumplimiento de la promesa divina: Abrahán lo amaba no sólo como hijo, sino también como una dádiva del Cielo, prenda de su alianza con Dios. El Señor podría haber escogido cualquier otra clase prueba para poner a examen la fe de su elegido; no obstante, por razones sapiencialísimas, quiso someterlo a ese desafío desgarrador, incomprensible a los ojos humanos.

Fiel a la voluntad divina, en el auge de su fe y confianza en el Altísimo, el santo anciano subió a la cima del monte, levantó un altar, apiló la leña, y ató a su unigénito sobre él; luego alzó el cuchillo, dispuesto a consumar el holocausto, cuando el ángel del Señor irrumpió desde los cielos y gritó: «¡Abrahán, Abrahán! No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo» (Gén 22, 11-12). Y por esta actitud, el primer patriarca conquistó la bendición de Dios para sí y para toda su posteridad.

Signo de salvación: la sangre del cordero

Ya en el Libro del Éxodo, antes de infligir la décima plaga sobre Egipto —la muerte de los primogénitos—, que finalmente obtendría del faraón el permiso para que el pueblo saliera de su tierra, el Señor les prescribió a Moisés y a Aarón la celebración de la Pascua, que debía ser repetida todos los años como institución perpetua.

Cada familia inmolaría un cordero; si era demasiado pequeña para comérselo todo, lo compartiría con el vecino; y no dejarían nada para el día siguiente. Además, el animal tenía que ser sin defecto, macho, de un año. Las puertas de cada casa se rociarían con la sangre del cordero sacrificado, que serviría de señal para ahuyentar al ángel exterminador (cf. Éx 12, 3-13). Y así se hizo.

Aquella noche, los primogénitos de los egipcios murieron uno a uno, mientras que los de los hebreos permanecían vivos, protegidos por la sangre del cordero (cf. Éx 12, 29-30).

De lo alto del cielo llovió pan

Cuando el pueblo ya estaba en el desierto, de camino a la tierra prometida, muchos empezaron a murmurar contra Moisés y Aarón, diciendo: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad» (Éx 16, 3). A lo que el Señor respondió: «Mira, haré llover pan del cielo para vosotros: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día. […] He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: “Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios vuestro”» (Éx 16, 4.12).

De hecho, a la mañana siguiente los judíos encontraron en la superficie del desierto una capa de rocío que, al evaporarse, dejó ver «un polvo fino, como escamas, parecido a la escarcha sobre la tierra» (Éx 16, 14). Como no sabían qué era aquello, Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor os da de comer» (Éx 16, 15).

Los israelitas llamaron entonces a ese alimento maná y lo comieron durante cuarenta años (cf. Éx 16, 31.35), hasta que pudieron saborear los frutos de la tierra en el país de Canaán (cf. Jos 5, 12).

Las prefiguras se cumplen

Ecce Panis Angelorum —he aquí el pan de los ángeles—, canta extasiada la Santa Iglesia en una de las estrofas del himno Lauda Sion, compuesto por Santo Tomás de Aquino para la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. En este don inestimable de la Eucaristía, cada una de las prefiguras consideradas hasta ahora —y otras más, que excederían los límites de un artículo— encuentran su verdadero significado: «A partir de figuras simbólicas, a través de la oscuridad deliberada de los textos proféticos, es como la verdad [sobre la Eucaristía] se va revelando progresivamente, al igual que el sol, antes de aparecer radiante en el horizonte, se revela mediante fulgores, al principio apenas perceptibles, luego más intensos y, por fin, plenamente definidos».2

En efecto, la primera de las figuras, el árbol de la vida, se explica en función del Sacramento del Altar mediante las palabras del Salvador: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día » (Jn 6, 54). La Eucaristía es el verdadero Árbol de la vida, que ha vuelto a echar raíces en un paraíso inmensamente más fértil, hermoso y rico: la Santa Iglesia.

En cuanto al sacrificio de Abel, agradable a Dios, simboliza la complacencia divina en el sacrificio de la cruz, renovado en la santa misa, cuya aceptación por parte de Dios implora la liturgia en la Plegaria Eucarística I, también llamada Canon Romano: «Mira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel».

En la inmolación de Isaac encontramos una clara alusión a la inmolación que el Padre eterno hizo de su divino Hijo en el Calvario. Ahora bien, el hecho de que fuera una inmolación incruenta, realizada íntegramente en la intención, pero no consumada, prefigura más estrechamente el misterio de la Eucaristía, en el que el sacrificio de la cruz se renueva también de manera incruenta.

El sacrificio de Melquisedec, inspirado por el Espíritu Santo, contenía en la ofrenda del pan y el vino figuras exactas de la materia de la Eucaristía, que verdaderamente dispensa dádivas divinas a quien la reciben con las debidas disposiciones. El cordero pascual, por su parte, era figura de la sustancia eucarística, Cristo mismo, verdadera víctima que nos liberó, al precio de su sangre, de la esclavitud del demonio.

Por último, el maná representa el Sacramento del Altar como manjar de ángeles, que posee todos los gustos y agrada a todos los paladares (cf. Sab 16, 20-21); es decir, contiene en sí la fuente de la gracia que se adapta a cada alma y sacia a todos con la plenitud de los bienes espirituales. Es nuestro alimento de cada día, que nos sustenta durante la peregrinación en esta tierra de exilio, tal y como el maná sustentó a los judíos durante la travesía por el desierto.

No descuidemos jamás tan precioso don

Si el maná prefiguró la Eucaristía, también la realidad que lo rodeó nos ofrece un valioso punto de reflexión: en cierto momento, los israelitas se hartaron del maná y se quejaron contra Dios a causa de él (cf. Núm 11); ¿no será, pues, que en nuestros días muchos católicos reciben el Pan de vida con malas disposiciones, e incluso otros rechazan este preciosísimo sustento sobrenatural dado por el Padre celestial, que es el propio Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de su Hijo unigénito?

Roguemos a la Virgen María, primera y más ardiente devota de la Eucaristía, para que nos obtenga un amor sincero, fervoroso y creciente a Jesús-Hostia, y nos libre de recibirlo con tibieza, negligencia o descuido. 

Notas:


1 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 163, a. 1; ad 1.

2 Devaux, Prosper. L’Eucharistie à travers les siècles. Paris: Maison de la Bonne Presse, 1919, p. 2. Las explicaciones de cada una de las prefiguras de la Eucaristía comentadas en este artículo se han tomado de esta misma obra.