¿Quién no desearía arrodillarse junto al pesebre de Belén para adorar al Niño Jesús? ¿O escuchar una predicación del divino Maestro, recibir una mirada suya durante su paso por una aldea de Galilea, verle discutir con los fariseos o expulsar a los mercaderes del Templo? ¿O incluso estar al pie de su cruz con María, su Madre?
Se equivocaría aquel que pensara que estamos privados de ese trato inefable. Si conociéramos de verdad quién se halla encerrado en los sagrarios de nuestras iglesias, exclamaríamos como Jacob: «Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía». (Gén 28, 16).
Sí, Dios está con nosotros y no lo sabemos. O mejor dicho, lo olvidamos… El Señor, habiendo prometido que permanecería con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20), cumplió esa promesa de manera inaudita al instituir el Santísimo Sacramento del Altar.
Y si con ardiente deseo (cf. Lc 22, 15) el Redentor se nos dio como alimento al instituir la Eucaristía en la última cena, no fue sin gran benevolencia que preparó una sorpresa para sus hijos: la adoración a la sagrada Hostia.
Preparando el terreno
A pesar de tan precioso, ese tesoro permaneció prácticamente oculto hasta el siglo xi, cuando surgió la herejía de Berengario, el cual se levantaba contra la realidad del Sacramento del Altar.1 Entonces en la cristiandad, a guisa de entusiasta respuesta a ese error, se inició un auténtico auge de devoción a la presencia real de Jesús en la Eucaristía.
En aquella época, por ejemplo, fue cuando la elevación de las especies consagradas adquirió su debida importancia: todos deseaban ver el pan divino y el cáliz de la Nueva Alianza en ese momento entre todos sacrosanto.
En este terreno tan bien labrado para la devoción eucarística, la Divina Providencia suscitó un heraldo de esta renovada piedad en torno al Sacramento del Amor.
La mensajera de la Eucaristía
La enviada fue Juliana, nacida en las cercanías de Lieja (Bélgica), en 1193. Huérfana desde tierna edad y acogida por las agustinas de Mont-Cornillon, la niña no sólo floreció en inteligencia y mortificación, sino que se convirtió en un sagrario vivo de amor a los sagrados misterios.
Hacia los 16 años, mientras se hallaba sumida en la contemplación, una visión enigmática se impuso a su espíritu: la luna, en su argénteo esplendor, mostraba una pequeña grieta oscura que dividía el astro en dos partes.
Maravillada por aquella escena insólita, la imagen volvía con frecuencia a su mente durante la oración, hasta el punto de pensar que se trataba de una tentación. Tras años de prueba, Cristo finalmente le reveló que «la luz era la Iglesia presente, mientras que la hendidura en la luna simbolizaba la ausencia de una fiesta, la cual en adelante Él deseaba que sus fieles en la tierra celebraran».2
A continuación, el Redentor le reveló que sería necesario conmemorar una vez al año la institución del sacramento de su cuerpo y sangre de una manera más solemne que el Jueves Santo, cuando la Iglesia se recoge para recordar el lavatorio de los pies y se prepara para la Pasión.3
Santa Juliana se resistió durante más de veinte años a la misión divina de promover la institución de la fiesta dedicada a la Eucaristía, movida no por negligencia, sino por una profunda conciencia de su propia indignidad.
Demostrando una prudencia ejemplar y evitando cualquier precipitación, la religiosa buscó el discernimiento de la Iglesia antes de hacer públicas sus visiones. Oculta bajo el velo del anonimato, confió esas revelaciones a Juan de Lausana, a quien tenía por santo, pidiéndole que las sometiera al escrutinio de eminentes teólogos. De esta manera, la santa virgen siguió el modelo apostólico de San Juan, que sometió al consejo de los demás la veracidad del espíritu (cf. 1 Jn 4, 1).
La validación eclesial contó con el dictamen favorable de ilustres figuras, entre las que se encontraba el entonces archidiácono de Lieja, Jacques de Troyes, versado en la ley divina y adornado con los méritos de santidad, quien más tarde ascendería al solio pontificio como Urbano IV. La convergencia de opiniones entre obispos, doctores de la ley y prelados confirmó la inspiración del Paráclito, que no se contradice al hablar por boca de sus siervos.4
Urbano IV, movido por el recuerdo de aquella revelación, así como por el milagro de Bolsena, promulgó la bula Transiturus de hoc mundo, instituyendo la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, el 11 de agosto de 1264. De este modo, la armonía entre la experiencia mística de Santa Juliana y el discernimiento de las autoridades aseguró que la propuesta de la nueva solemnidad fuera recibida como doctrina para el bien de toda la Iglesia.
La fiesta de Corpus Christi se extendió entonces por todo el orbe católico y borró la mácula que aparecía sobre el rostro luminoso del Cuerpo Místico de Cristo. Éste pasó a resplandecer cual hostia sin arruga ni mancha.
El Cielo prisionero en la tierra
En nuestros días, tras casi ocho siglos de aquellos acontecimientos, ¿cómo se mantiene el fervor por el Santísimo Sacramento?
Es bien cierto que la mayoría de los templos, dispersos por millares en valles, islas, montañas, rincones y recovecos de la tierra, albergan en su interior a aquel que el universo no puede contener. Pero ¿cuántas almas son las que conscientemente lo buscan? Él ha llenado el mundo con su presencia y nosotros tantas veces hemos vaciado sus santuarios con nuestra indiferencia… San Pedro Julián Eymard, ya en su época, lamentó la ausencia de fieles de Jesús-Hostia: «Nuestro siglo está enfermo porque no se adora».5
El mismo Jesús que caminó por Galilea predicando la Buena Nueva está presente, en el momento en que el lector recorre con la mirada estas líneas, en los sagrarios. Allí está Jesús, cual prisionero que espera ansiosamente la visita de sus amigos para liberarlos de la cárcel de sus males. Y nosotros, que tanto anhelamos la felicidad eterna, que tanto gemimos en este valle de lágrimas, nos olvidamos del lugar donde el Cielo —el Cielo de los Cielos, que es Dios— quedó preso en la tierra. Este punto de encuentro se llama sagrario. «¿La divina Eucaristía —continúa San Pedro Julián Eymard— no es el Cielo en la tierra? […] Por tanto, no es en el Cielo donde el alma amante debe buscar a Jesús: no es el momento ni el lugar para ello; sino precisamente en el Santísimo Sacramento».6
Al llamar a la puerta de tan augusto Prisionero, podemos recibir todas las dádivas del Rey del universo. Así como quien se expone a los rayos solares se quema sin más esfuerzo que el de permanecer expuesto al sol, así el adorador del Santísimo Sacramento, aun quieto y silente, es transformado en brasa de incensario. Su rostro se ilumina, su mirada se vuelve clara, pues Jesús-Hostia desborda en dones sobre todos los que lo visitan, y ni siquiera quienes no le hablan pueden huir de su bondad.
Sólo escapan, en efecto, aquellos que no se exponen a la luz divina que emana de la custodia o del sagrario.
El sueño de Jesús en la barca y su simbolismo
Un hecho recogido en el Evangelio (cf. Mt 8, 23-27) ejemplifica, mediante una tempestad, la situación de quienes, teniendo al Señor tan accesible, lo echan todo a perder.
Jesús navegaba en una barca con sus apóstoles. De repente, el viento empieza a silbar, las nubes se cargan de negrura y, en poco tiempo, descargan torrentes sobre las agitadas olas del mar. ¡Ay del pobre batel! Tiembla y se balancea, cruje y se inclina, se descontrola. En la popa, el divino Maestro duerme tranquilamente, recostado sobre un almohadón… Sus discípulos, más temerosos de despertar al Señor que de perecer en las olas, intentaron por sí solos salvar la embarcación del naufragio. Todo fue en vano. Ya no resbalaban en la cubierta, sino que nadaban en ella. Más de una vez, alguno casi cae en las aguas turbulentas.
Esa embarcación representa nuestra alma y la Santa Iglesia, que es la barca de Pedro. No por la fuerza de los navegantes, sino por la del divino Maestro que habita en ella, esta nave debe vencer cualesquiera torbellinos que se le presenten. En efecto, olas de persecución la azotan, las calígines de todos los tiempos se desploman, vientos de odio y silbidos calumniosos rasgan el aire. Algunos discípulos resbalan y son engullidos por oscuros remolinos.
¿Por qué, en estos momentos, no acudimos a Jesús? ¿Por qué no buscamos la solución allí donde se encuentra? ¿Por qué intentamos salvar barcas amenazadas con nuestras propias fuerzas, sin recurrir al Dios fuerte, que todo lo puede resolver? Él siempre está a la espera. Unos minutos de adoración al Santísimo Sacramento serían suficientes para transformar nuestras almas y calmar cualquier tormenta.
La Hostia sagrada es como el ancla de nuestra alma agobiada y de la Iglesia que lucha. No en vano soñó San Juan Bosco que la barca de Pedro estaba encadenada a la columna de la Eucaristía.
La orden del Señor y nuestra respuesta
El pasaje del Evangelio dice que los discípulos: «Se acercaron y lo despertaron gritándole: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”» (Mt 8, 25). Él «se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma» (Mt 8, 26).
Bastó con buscarlo, y una palabra suya apaciguó aquellas olas. Los discípulos quedaron admirados: «¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Mt 8, 27). Él es el Capitán de la Iglesia. Es aquel que nos llama cuando nos debatimos entre las olas; es aquel que, invocado, silencia la tempestad.
«El Maestro está ahí y te llama» (Jn 11, 28). He aquí la invitación que se nos hace continuamente. Desde el interior de los sagrarios o expuesto en las custodias, Jesús, que no necesita de nada, pide nuestra presencia.
¿Y nosotros, vamos a privarnos de tan augusta compañía?
Notas:
1 Cf. DH 690.
2 The Life of Juliana of Cornillon. In: Mulder-Bakker, Anneke B. (Ed.). Living Saints of the Thirteenth Century. Turnhout: Brepols, 2011, p. 234.
3 Cf. Idem, ibidem.
4 Cf. Idem, pp. 235-238.
5 O Bem-Aventurado Pedro Julião Eymard. Rio de Janeiro: Livraria Eucarística, 1953, p. 544.
6 San Pedro Julián Eymard. Escritos espirituais. Petrópolis: Vozes, 1956, t. ii, p. 192.