El Sacramento del Altar ha sido siempre el objeto central de adoración, honra y explicitud doctrinal de la Santa Iglesia. Y no podría ser de otra manera, pues ella «vive de la Eucaristía»,1 en cuyas especies de pan y vino está contenida la propia presencia real de Cristo,2 vivificada por el Espíritu Santo. Este augusto don encierra todo el bien espiritual de la Iglesia, conforme enseña el magisterio, y los otros seis sacramentos, así como todos los ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado, se ordenan hacia él y se realizan en función de él.3

Ahora bien, más que eso, «la Eucaristía hace la Iglesia»:4 es la condición de su existencia y el elemento que la hace católica, es decir, universalmente una, porque reúne a todos los bautizados en un solo cuerpo. He aquí una sublime y profunda verdad, que, no obstante, rara vez tenemos en cuenta. La antigüedad cristiana la tenía muy presente y, por eso, «designó con las mismas palabras —Corpus Christi— el cuerpo nacido de la Virgen María, el cuerpo eucarístico y el cuerpo eclesial de Cristo».5

¿Qué relación existe entonces entre estas tres realidades? ¿Cuáles son las raíces de este bellísimo misterio de nuestra fe? Para meditar adecuadamente sobre ese tema, remontémonos a la propia institución de la Sagrada Eucaristía en la última cena.

Deseo íntimo del Sagrado Corazón de Jesús

El Evangelio de San Juan, en uno de sus pasajes más bellos, conmovedores y grandiosos, recoge la oración pronunciada por Nuestro Señor Jesucristo momentos antes de dirigirse al huerto de los olivos para padecer la Pasión. El Salvador acababa de confiar a los Apóstoles, recién recibidos en el sacerdocio, el más inestimable legado: su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo las especies del pan y del vino. Sabiendo, pues, «que había llegado su hora» (Jn 13, 1), en una mezcla de dolor y ternura, oró al Padre con estas palabras, que aquí recordamos brevemente:

«Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste. […] En ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba. […] Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida. […]

»No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 5-23).

Esta ardiente súplica consignó para toda la eternidad lo que habría de ser la Iglesia, a punto de nacer del costado abierto del Crucificado. De hecho, el Señor insiste cuatro veces, con distintos matices, en esta misma petición: «Padre, que todos sean uno, como nosotros somos uno».

Explica Santo Tomás de Aquino6 que ese deseo del Salvador consiste en que la unidad de la Santa Iglesia sea el reflejo más perfecto posible de su unión con el Padre. Así como ambos son un solo Dios por el Amor que procede de ellos, que es el Espíritu Santo, el Señor nos pide que también nosotros seamos uno por la participación en el indestructible vínculo de la caridad.

Inspirado por el Paráclito, San Pablo expresó ese deseo del Hombre-Dios en doctrina, especialmente en su primera carta a los corintios: «Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. […] Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro» (12, 12-13.27).

Ahora bien, esa unidad se hace efectiva en la Iglesia a través de un sacramento: la Sagrada Eucaristía, banquete espiritual de los bautizados. Es mediante el pan de la concordia, explica San Agustín,7 que Dios hace habitar en una misma casa a quienes comparten la misma manera de vivir, pues significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad de los fieles por las cuales la Iglesia es ella misma.

Significa, porque es realmente el cuerpo de Cristo bajo las especies del pan, hecho de la unión de numerosos granos, y del vino, elaborado con el jugo de muchas uvas, lo cual simboliza a los innumerables bautizados unidos al Redentor y entre sí, en la caridad, para formar la única Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo;8 y realiza, en el sentido de que es causa y condición indispensable de la unión de los fieles, que nos hace «uno en Cristo Jesús» (Gál 3, 28).

El cristiano es otro Cristo

Para la unidad del Cuerpo Místico, nuestro vínculo con su divina cabeza es el factor primordial y más importante.

Al comulgar, recibimos como fruto principal la unión íntima con el Salvador, 9 tal como Él mismo reveló a sus discípulos en Cafarnaúm: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo. […] El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6, 51.56-57). Se trata de la unión más perfecta posible con Cristo en la tierra.10 Más aún, comenta San Agustín,11 agregados a su divino cuerpo, nos convertimos en lo que recibimos; es decir, no sólo nos hacemos cristianos, sino el propio Cristo.

Gran misterio, unión inefable, honra por encima de todo mérito, ¡que el hombre y Cristo sean uno! Es para nosotros un honor tan grande —afirma San Juan de Ávila—12 que nuestra lengua y nuestra razón enmudecen. También San Pedro Julián Eymard, excelente adorador del Santísimo Sacramento, exclama: «¡Comunión! ¡Cuán significativo es este solo término! […] Únense, pues, el cuerpo de Jesucristo con nuestro cuerpo y su alma con nuestra alma, cerniéndose su divinidad sobre ambos. Nuestro cuerpo es, por así decirlo, engastado en el de Jesucristo, el cual, como nos gana en dignidad y nobleza, nos envuelve y nos domina y nos fundimos en Él con unión inefable. ¡Qué cosa más magnífica esta unión de un cuerpo glorioso y resucitado con nuestra mísera naturaleza! […] Es un espectáculo celestial».13

En virtud de ese precioso don, el Redentor prolonga su presencia y acción en el mundo, porque siempre participa de nuestras luchas y sufrimientos, ya que es perseguido en nosotros, sus miembros (cf. Hch 9, 4). Del mismo modo, multiplica por todo el orbe sus predicaciones, sus milagros, su misericordia, su paciencia en los trabajos. Nuestra gloriosa cabeza vive verdaderamente hasta el fin del mundo en su Cuerpo Místico, peregrinante y militante en esta tierra. Y, por eso mismo, todas las buenas obras de los justos, como miembros vivos de la Iglesia, aunque parezcan sencillas o corrientes, son preciosísimas y merecedoras de la vida eterna.14

No huyamos de la unión con los demás miembros

Considerando tan profunda unión con el Verbo humanado, se entiende fácilmente cómo nosotros, los católicos, estamos vinculados unos a otros y qué implica este vínculo.

El Apóstol, una vez más, es sumamente elocuente al tratar este tema (cf. Ef 4, 3-16). Nos exhorta, en primer lugar, a conservar siempre la unidad del Espíritu, expresada en una sola fe, en una sola esperanza, en un solo bautismo. De hecho, como explica San Ireneo, «nuestra manera de pensar está de acuerdo con la Eucaristía, y la Eucaristía a su vez confirma nuestra manera de pensar»;15 así, al alimentarnos frecuente, lícita y fructíferamente en el sagrado banquete, mantenemos nuestra plena consonancia con la doctrina católica y vivimos la fe en su integridad, consolidándonos aún más en la unidad.

San Pablo también enseña que todos, según sus diferentes capacidades y tareas, deben contribuir al desarrollo del Cuerpo Místico, creciendo en todos los sentidos en aquel que es nuestra cabeza, hasta alcanzar el estado del hombre maduro en Cristo. Para ello, necesitamos revestirnos de caridad, que se manifiesta en mansedumbre, misericordia, generosidad, admiración, humildad, magnanimidad; en resumen, en toda clase de buenas disposiciones de unos para con otros, pues un cuerpo dividido no puede sobrevivir, ni constituirse un organismo de miembros autosuficientes, vinculados por sí mismos a la cabeza y —¡suma aberración!— desarticulados unos de otros.

En este sentido, cabe un rechazo especial a todo aquello que, entre los miembros de ese cuerpo de Cristo, sea causa de discordia, un pecado gravísimo que atenta directamente contra su integridad. Envidias, animosidad, disputas, difamación, chismes, engreimientos (cf. 2 Cor 12, 20), aun siendo pequeños, son reprendidos con severidad en el Evangelio, que afirma que quien llama necio a su hermano será condenado al Infierno, y nos manda abstenernos de presentar ofrendas a Dios hasta que no hayamos reparado faltas de ese tipo (cf. Mt 5, 22-24).

Quien quiere, pues, tener parte con Dios, «no le horrorice la unión con los miembros, y no sea un miembro podrido, que deba ser cortado; ni miembro deforme, de quien el cuerpo se avergüence; que sea bello, proporcionado y sano, y que esté unido al cuerpo».16

Sea la Eucaristía el centro de nuestras vidas

«¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de la unidad, y qué vínculo de la caridad!»,17 exclamó con toda razón San Agustín, en un arrebato de amor y gratitud hacia ese don infinito, manifestado con tanta sencillez a todos los miembros de la Iglesia.

Pues bien, hagamos también nuestra esta exclamación y acerquémonos lo más posible al Sacramento del Altar, pues no hay mayor homenaje que se le pueda rendir al Creador, ni mejor manera de agradecérselo, que recibirlo y nutrirse de Él en este formidable misterio.18 Asimismo, no hay bien más grande para la Santa Iglesia y para el mundo que la unidad perfecta de todos los fieles en la Verdad, puerta de entrada a todas las gracias y bendiciones celestiales, y principio de la derrota de las poderes infernales.

Que el Santísimo Sacramento, recibido con fervor y asiduidad, sea el centro de nuestras vidas y, cuanto antes, también el Rey efectivo de todos los corazones, para la renovación de la faz de la tierra. ²

Notas:


1 San Juan Pablo II. Ecclesia de Eucharistia, n.º 1.

2 Cf. Concilio de Trento. Decreto sobre la Eucaristía, c. i: DH 1636.

3 Cf. Concilio Vaticano II. Presbyterorum ordinis, n.º 5.

4 CCE 1396.

5 Benedicto XVI. Sacramentum caritatis, n.º 15.

6 Cf. Santo Tomás de Aquino. Comentario al Evangelio según San Juan. Madrid-Buenos Aires: Edibesa; Agape, 2011, t. viii, pp. 209-210.

7 Cf. San Agustín. Comentario al Evangelio de Juan. Homilía 26, n.º 14. Madrid: BAC, 1955, t. xiii, p. 671.

8 Cf. Santo Tomás de Aquino. Doctrina Teológica. Madrid: Rialp, 1962, p. 595.

9 Cf. CCE 1391.

10 Cf. San Pedro Julián Eymard. «La Natividad y la Eucaristía». In: Obras eucarísticas. 4.ª ed. Madrid: Eucaristía, 1963, p. 165.

11 Cf. San Agustín. Sermón 57. In: Obras completas. Madrid: BAC, 1983, t. x, p. 137.

12 Cf. San Juan de Ávila. «O homem e Cristo, uma mesma Pessoa, um só Cristo». In: Sermões do Santíssimo Sacramento. São Paulo: Molokai, 2018, pp. 424; 442.

13 San Pedro Julián Eymard. «La comunión: sacramento de unidad». In: Obras eucarísticas, op. cit., p. 319.

14 Cf. San Juan de Ávila. «Incorporados a Cristo, nossas obras são obras também de Cristo». In: Sermões do Santíssimo Sacramento, op. cit., pp. 215; 218.

15 San Ireneo de Lyon. Contra las herejías. L. IV, c. 18, n.º 5. Sevilla: Apostolado Mariano, 1994, pp. 72-73.

16 San Agustín, Comentario al Evangelho de Juan, op. cit., n.º 13, pp. 610-611.

17 Idem, p. 610.

18 Cf. Faber, Frederick William. O Santíssimo Sacramento. As obras e os caminhos de Deus. São Paulo: Cultor de Livros, 2020, p. 463.