En la capital francesa, donde las luces de la historia aún se dejaban sentir en cada rincón, fue donde Dña. Lucilia acabaría recuperando por completo la salud.1
París no le era del todo ajena. Desde muy temprana edad había convivido, por así decirlo, con ella, a través de la lectura asidua de autores franceses y, sobre todo, del Journal de l’Université des Annales,2 así como por el trato cercano con parientes y amigos que con frecuencia iban allí a pasar temporadas.
Los encantos de la Ciudad de la Luz
Al ver por primera vez muchos de aquellos edificios, era como si volviera a encontrarse con viejos conocidos, y le venía a la memoria la imagen ideal que se había formado de ellos por las descripciones oídas o leídas. Con el paso del tiempo, su fascinación por las tradiciones históricas perceptibles en la magnífica urbe no dejaría de crecer. El colorido de los vitrales de Notre Dame, el centelleo de la luna llena sobre las blancas piedras de los monumentos, las aguas del Sena fluyendo bajo puentes de bellísima cantería, dando la impresión de correr cargadas de reminiscencias; en fin, todo la maravillaba.
No era menor su admiración por el esplendor de aquella refinada sociedad de los últimos años de la Belle Époque, que entonces alcanzaba su máximo fulgor.
Además, inocente como un cordero y delicada como un armiño, le complacía mucho apreciar las bellas sonoridades de la lengua francesa, que hablaba a la perfección.
En esa París, tan amada por tantos motivos, se establecerá Dña. Lucilia durante algún tiempo, teniendo en vista también, y quizá principalmente, la formación de sus hijos.
De la famosa plaza de la Estrella, donde se alza el Arco de Triunfo, parte, entre otras, la avenida Friedland. En ella se encuentra el Hotel Royal. En este espléndido establecimiento, cuyo propietario era Monsieur de Dedrines, de noble estirpe, fue donde Dña. Lucilia se alojó con los suyos en 1912.
Ya en la ancianidad, casi con 92 años, Dña. Lucilia aún conservará vivo recuerdo de varios pequeños episodios ocurridos con ocasión de su estancia en el doux pays.3
Teatro de marionetas en el Rond Point
Narraba ella:
Estando en el hotel, en París… Ya sabe usted, no podía moverme con facilidad, pues todavía sufría los efectos de la operación a la que me había sometido en Alemania. Por eso, no salía todos los días y dejaba a los niños con la institutriz, que los llevaba al Rond Point.4
Un día, al volver de ese paseo, la Fräulein5 me dijo que Plinio estaba causando sensación entre los asistentes de un teatrillo de marionetas. Discutía con los muñecos, arremetía contra un «cocodrilo»… y aquello me dejó preocupada. ¿Qué estará ocurriendo?
Al día siguiente me desperté mejor, con más ánimo. Decidí entonces acompañar yo misma a los niños, sin decirle el motivo ni siquiera a la institutriz, para no inquietarla.
Llegamos y compramos las entradas. El lugar, cercado por unas cuerdas, era al aire libre. Los niños, muy bien arreglados, iban todos acompañados de familiares o de institutrices.
Hasta el momento de empezar el teatrillo, mis dos pequeños estaban comportándose bien, sentados en la platea. Cuando se inició la función, ¡usted no se imagina! Plinio se indignó contra un cocodrilo que quería devorar a un sacerdote, se puso de pie y comenzó a discutir con él.
Se trataba de un muñequito con forma de cocodrilo que polemizaba con otro, que representaba a un sacerdote, y que afirmaba tener derecho a devorarlo. Esgrimía argumentos injustos, anticlericales, y el sacerdote contraargumentaba, intentando defenderse.
El dueño de las marionetas —continuaba Dña. Lucilia—, al ver que aquello llamaba mucho la atención de todos los presentes, se aprovechó de la circunstancia: hizo que el cocodrilo alzara la voz y, volviéndose hacia Plinio, entabló discusión directamente con él. Entonces, aún más indignado, se subió al asiento y, desde allí, con el dedito en ristre así y moviéndolo —ella hacía con el dedo el gesto de negación—, le decía al cocodrilo que no era verdad.
Con una voz extraordinaria, lo imitaba:
—Ce n’est pas vrai, ce n’est pas vrai!
La escena, según contaba Dña. Lucilia, se prolongaba un buen rato, y Plinio, durante toda la representación, formaba parte del espectáculo. El teatrillo quedaba así constituido no sólo por las marionetas, sino también por un vivo e inteligente niño brasileño, que ya a esa edad se expresaba muy bien en francés.
Doña Lucilia proseguía su relato con un hecho encantador que ocurrió justo después.
El «robo» del pastel
Cuando volvíamos al Hotel Royal —decía ella— resolví llevar a mis hijos a una confitería. Se llamaba Marquise de Sévigné. Rosée y Plinio se quedaron fascinados con las vitrinas tan bien decoradas, repletas de dulces, caramelos y bombones de bellos colores y atractivos envoltorios. Rosée eligió su dulce y Plinio quiso un pastel de café. La dependienta los empaquetó y se los entregó a los niños. Plinio cogió el suyo enseguida y ya se adelantaba para salir. Lo llamé y le dije:
—Hijo mío, ¿sólo vas a llevarte el tuyo? No está bien que un caballero deje que la dama cargue con algo. Es imprescindible que cojas el de tu hermana y lo lleves también.
Sin oponer resistencia, tomó los dos paquetes y fue llevándolos, uno en cada mano, por la calle.
Iba caminando delante, satisfecho; detrás, Rosée y yo. De repente vi pasar a un hombre cerca de mí, con sombrero, perilla y unos bigotes muy finos, que aparentaba ser muy educado. Me guiñó un ojo, dando a entender que gastaría una broma totalmente amistosa, como pidiéndome que le permitiese ese respetuoso atrevimiento de su parte.
Luego se puso delante de Plinio —continuaba Doña Lucilia— le quitó los dos paquetes y le dijo:
—¡Muchas gracias! ¡ Muchísimas gracias, de verdad! Es usted muy amable, le agradezco que me haya hecho este regalo —y se alejó caminando.
Plinio corrió tras el hombre, lo agarró por las piernas, para que se detuviera, y afirmó:
—No es correcto lo que está haciendo.
—¡¿Pero cómo?! Si usted me ha dado estos dulces.
—No, señor, usted está cometiendo dos pecados: primero, porque me ha robado, ya que no le he dado los dulces; y, segundo, porque está mintiendo, diciendo que se los he dado, cuando no he dicho tal cosa. Haga el favor de devolvérmelos, porque no son suyos.
Después de discutir un poco con Plinio, el hombre acabó por restituirle los paquetes, se volvió hacia mí, se quitó el sombrero y me saludó:
—Señora, su hijo es encantador. Todas las mañanas me tomo un descanso de mi trabajo para pasar por el Rond Point y poder asistir a sus discusiones en el teatro de marionetas. ¡La felicito por el hijo que tiene! ²
Extraído, con adaptaciones de: Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 143-146.
Notas:
1 Afectada por una penosa enfermedad, Dña. Lucilia viajó a Alemania en 1912 para someterse a una operación de vesícula biliar. La intervención, que en aquel entonces entrañaba un gran riesgo, fue realizada con éxito por el Dr. August Karl Bier, un cirujano de renombre y médico personal del káiser.
2 Revista francesa en la que destacaba una sección que reproducía conferencias impartidas por historiadores y literatos de prestigio. Éstas estaban ilustradas por actores vestidos según la costumbre de la época a la que se refería el orador.
3 Del francés, literalmente: «dulce país». Expresión cariñosa con la que los franceses designaban a su propia nación.
4 Plaza ajardinada de forma circular, atravesada por varias vías principales, la más importante de las cuales es la avenida de los Campos Elíseos.
5 Del alemán: «señorita». En Brasil de aquellos tiempos se usaba la palabra como sinónimo de institutriz de origen alemán encargada del cuidado de los niños.