Este párrafo del catecismo nos exhorta a prepararnos adecuadamente para recibir la Sagrada Eucaristía, destacando tres aspectos importantes.

En primer lugar, como recuerda Pío XII en la constitución apostólica Christus Dominus, desde el siglo iv era costumbre distribuir la sagrada comunión a los fieles en ayunas. Los concilios de Hipona, de 393, y el III Concilio de Cartago, de 397, ya estipulaban que era necesario abstenerse de todo alimento durante un cierto tiempo antes de la celebración eucarística.

Debido a los cambios en la sociedad contemporánea, en 1953 el mismo Papa redujo el tiempo de ayuno tradicional para recibir la Eucaristía, que comenzaba a medianoche, a tres horas en determinadas circunstancias. Posteriormente, en 1964, Pablo VI1 estableció la regla de una hora de ayuno como preparación para recibir la sagrada comunión, con la excepción del consumo de agua y medicamentos, como se mantiene hasta hoy.2 Los sacerdotes que celebran dos o tres misas en un mismo día pueden tomar algo de alimento entre ellas; los ancianos, los enfermos y sus cuidadores están dispensados del ayuno.3

Tales mitigaciones tenían por objeto facilitar la participación de los fieles en el sagrado banquete, especialmente en las misas vespertinas. De este modo, se mantuvo inalterable el carácter didáctico de la praxis. En efecto, se trata de una disposición disciplinaria que busca preparar el cuerpo y la mente para la recepción del Pan de los ángeles.

En segundo lugar, el artículo señala una cierta «actitud corporal», para indicar que los fieles deben presentarse y comportarse durante los ritos eucarísticos de acuerdo con la magnificencia del acto. La vestimenta decorosa y recatada, el silencio sagrado y las genuflexiones no son gestos vanos ni prácticas inútiles impuestas arbitrariamente por la Iglesia. Al contrario, son expresiones de piedad, reverencia y alabanza que predisponen a los fieles a una participación activa en el Sacramento del Altar.4

En efecto, Santo Tomás de Aquino5 observa que el culto de latría exige actos externos. A través de estas expresiones, damos gracias a Cristo sacramentado y reconocemos que Él, al ofrecerse en las sagradas especies, nos manifiesta un amor infinito.

La expresión «Cristo se hace nuestro huésped» pone de manifiesto el vínculo de divina intimidad establecido con nuestro Redentor. Ahora bien, para que ese «hospedaje» en el templo de nuestras almas produzca verdadera alegría espiritual, es necesario que estemos en amistad con Dios, es decir, libres de todo pecado mortal, como exhorta vehementemente San Pablo (cf. 1 Cor 11, 27-29).

Roguemos, pues, a María Santísima, en cuyo seno se formó el propio cuerpo y sangre de Cristo, que nos obtenga siempre la gracia de recibir a su dilectísimo Hijo en la Eucaristía con las mismas disposiciones de amor, piedad y devoción de su Inmaculado Corazón. 

Notas:


1 Cf. San Pablo VI. Tempus eucharistici ieiunii servandi reducitur: AAS 57 (1965), 186.

2 Cf. CIC, can. 919 § 1.

3 Cf. Idem, § 2-3.

4 Cf. Concilio Vaticano II. Sacrossantum concilium, n.º 30.

5 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 81, a. 7.