Hay ciertas almas que, sin mérito alguno por su parte, sino simplemente por un designio gratuito de la Providencia, son colmadas de dones singulares y carismas extraordinarios, cuyos efectos sobrepasan las limitaciones de la naturaleza de una manera tan evidente que es imposible negar su origen sobrenatural.
Una de estas almas nació en la pequeña localidad de Cossé-en-Champagne (Francia), el 16 de julio de 1901. Yvonne Beauvais, tal era su nombre, recibió diversos dones místicos de Dios, entre ellos la bilocación y la glosolalia, con miras a una sublime misión que le sería confiada por el amor divino.
Un alma escogida
Yvonne tuvo una infancia común, marcada desde los 3 años por dificultades económicas, debido a la muerte prematura de su padre. En 1922, a los 21 años, cayó gravemente enferma y fue ingresada en un hospital de Malestroit, en Bretaña, regentado por monjas agustinas, donde estuvo convaleciente durante casi seis meses.
En ese período tuvo lugar su despertar a la vida mística y la vocación religiosa. El 18 de marzo de 1927, tras haber superado varios obstáculos, ingresó finalmente en el convento agustino, adoptando el nombre por el que llegaría a ser conocida: Yvonne-Aimée de Jesús.
A causa de la gran discreción que Yvonne guardaba respecto de sus dones místicos, no se sabe precisar cuándo empezaron sus bilocaciones. Lo cierto es que la Providencia le concedió tal privilegio especialmente con vistas a una misión: rescatar el Santísimo Sacramento profanado, en todo el mundo.
De hecho, el don de la bilocación —atestiguado en la historia de los fenómenos místicos extraordinarios desde San Ambrosio y María de Ágreda hasta Don Bosco, el Padre Pío y otros contemporáneos— consiste en la capacidad de estar en dos sitios a la vez; más concretamente, de manifestarse o actuar a distancia, mientras el cuerpo físico permanece donde se hallaba al comienzo de la bilocación.
Se tiene constancia de al menos 151 casos similares ocurridos con Yvonne,1 en muchos de los cuales recuperó hostias consagradas de manos de sacrílegos en distintas ciudades francesas e incluso en lugares más remotos como Alemania e Inglaterra.
Primeras expediciones relatadas
Los primeros registros documentados de esas expediciones sobrenaturales datan de 1923, por lo tanto, antes de su ingreso en religión. El 23 de abril de ese año, durante una estancia en Malestroit, Yvonne le confió a una monja que, de madrugada, se había bilocado hasta una casa y había llamado al timbre. A la mujer que le abrió, le dijo simplemente que había ido «a buscar la hostia». La dueña de la casa la condujo entonces al salón y le entregó la sagrada forma. «Inspirada por Jesús, Yvonne habló con esa señora durante media hora y, al día siguiente, la señora tuvo que confesarse».2
En otra ocasión, el Señor le pidió a Yvonne que fuera a buscarlo a casa de una mujer, la cual, desde hacía unos días, conservaba una hostia recibida indignamente durante la misa. Se dirigió allí y, tan pronto como encontró a la sacrílega, le reveló el motivo de su visita. La mujer palideció al oír aquello, y enseguida le entregó sin dificultad el Santísimo Sacramento; a continuación, Yvonne le exhortó sobre la gravedad de aquella falta y la necesidad de conversión. Finalmente, derramó lágrimas de sincero arrepentimiento.3
Pero no todas las misiones eran tan sencillas… Una vez, por ejemplo, después de un viaje en tren de noventa y tres kilómetros, del que regresó milagrosamente en un instante, Yvonne logró con mucha dificultad cumplir su objetivo, como lo relata ella misma: «No me resultó nada fácil arrancar la hostia ultrajada de las manos de aquella pobre alma. Tenía la impresión de hallarme ante un auténtico demonio, tal era el odio que reflejaba su expresión».4
Un impío, vencido por la gracia
A veces, manifestaciones angelicales acompañaban sus expediciones. Tras haber sido misteriosamente transportada a otra ciudad, a ciento setenta kilómetros de Malestroit, Yvonne se encontró junto a un automóvil que la esperaba. «Lo conducía un ángel, sin duda»,5 comentaría más tarde. El vehículo la dejó ante una de las últimas casas del arrabal y luego desapareció.
El hombre que abrió la puerta confesó que creía en la presencia real de Jesús en la Eucaristía y que era el odio a Dios lo que le impulsaba a cometer sacrilegios. Pretendía llevar hostias consagradas a lugares de profanación de París; y se burló de Yvonne al oír sus amonestaciones. Estaba, como ella misma sintió, poseído por un demonio. Con firmeza, la religiosa le exigió al profanador que le indicara el escondite de las hostias, a lo que él obedeció a regañadientes.
—Esto nunca me ha traído mala suerte —replicó él.
—Podría suceder en breve —le respondió Yvonne.
Tras tomar las formas, la monja agustina percibió que Jesús hablaba a través de ella y le ordenó:
—¡Póngase de rodillas y haga un acto de contrición!
Obligado por la gracia, el desgraciado se arrodilló, rezó… y rompió en sollozos. Jesús lo había vencido.
«Vengo desde Francia a buscarla»
En algunas ocasiones, incluso antes de entrar en el convento, Yvonne hizo uso del don de la glosolalia —que consiste en la capacidad de hablar lenguas desconocidas— para salvar el sagrado cuerpo de Jesús.
Una noche, postrada en cama con fiebre alta, se vio transportada a una residencia de Alemania. Tocó el timbre y preguntó en alemán —idioma que ignoraba— por la dueña de la casa, sin saber aún cuál era la voluntad de Jesús con aquella visita. Las palabras le salieron de los labios en el momento preciso.6
—He venido a recoger la hostia que tiene usted en casa. Me lo ha dicho el propio Jesús, y vengo desde Francia a buscarla.
Para comprobar si realmente decía la verdad, la mujer le habló en francés. Yvonne respondió con naturalidad, dejándola boquiabierta de asombro. Tras recomponerse, le pidió a la joven mística que se marchara, pero ésta fue más rápida: avisada por el Señor de que la forma consagrada se encontraba en una vitrina, dentro de una pequeña caja, corrió a rescatarla.
Al darse cuenta de que había sido descubierta, la mujer se apresuró a coger la llave, pero ésta salió de la cerradura y fue a parar a las manos de Yvonne, quien recuperó la hostia y la apretó contra su pecho. Huyendo de los ataques de la profanadora, salió corriendo de la casa y se puso a andar por las calles, hasta que perdió el conocimiento y se encontró de nuevo en su cama, profundamente dormida.
Un sacerdote sacrílego
Además de esos conmovedores rescates, la Providencia también confió a Yvonne otras misiones, con el fin de beneficiar a ciertas almas.
Cuenta la Madre Madeleine, superiora del convento de Malestroit: «En la celda de sor Yvonne hemos asistido a la muerte de un desdichado sacerdote».7 Sin embargo, la bilocación presentaba una singularidad: la religiosa había sido transportada a París, junto al moribundo, y éste parecía estar en su cuerpo y hablar por la boca de ella. La Madre Madeleine, al ver así los gestos del sacerdote y escuchar sus palabras, pudo seguir lo que sucedía en la capital francesa.
Yvonne ya conocía a ese sacerdote, pues en otras ocasiones había rescatado hostias que el desgraciado consagraba en misas negras desde hacía nueve años. Para impedir el rescate, el sacrílego incluso había intentado matarla… No obstante, esta vez había sido enviada para evitar su condenación eterna.
Angustiado, el moribundo tartamudeaba: «Soy un criminal… He consagrado para profanar durante nueve años… ¡Oh, esas misas negras!… Para burlarme de los demás… ¡Cuántos sacrilegios!». Yvonne le inspiraba palabras de misericordia, pero él afirmaba odiar a Dios y se excusaba asegurando que no había ningún sacerdote cerca para oír su confesión, pues iba a morir en pocos minutos. La joven mística siguió intentando calmarlo, hablándole de la infinita clemencia de Dios, capaz de perdonar cualquier pecado mediante un sincero arrepentimiento y propósito de enmienda. La lucha fue ardua, y parecía que el miserable sucumbiría a la tentación de la desesperación y de la impenitencia final cuando, en el último instante, logró balbucir: «¡Perdóname, Dios mío!». Acto seguido expiró.
Entonces Yvonne volvió en sí. Al cabo de unos minutos, tuvo un éxtasis y vio al sacerdote ardiendo en las llamas del Purgatorio.
«El Cielo ha visitado la tierra»
Uno de los hechos más impactantes que sucedieron en la vida de Yvonne tuvo lugar el 16 de septiembre de 1941.8 Se encontraba en La Brardière, en casa de unos familiares del P. Paul Labutte, su confesor, en compañía de éste. Ambos se entretuvieron tomando fotografías por el jardín y luego se separaron. De repente, la religiosa dejó escapar una exclamación de dolor.
El P. Labutte acudió de inmediato y la oyó decir: «¡Oh, están profanando la hostia, la están perforando con un punzón! ¡Oh, está sangrando!». Se trataba de un sacrilegio que se estaba perpetrando en París. Yvonne se dirigió entonces a su ángel de la guarda, a quien llamaba Lumen, y le dijo: «Esa hostia la quiero… ¡Lumen, ve a buscar a Jesús!».
En ese instante, narra el P. Labutte, ambos vieron algo blanco que atravesaba la copa de un gran roble: era una hostia transportada por un rayo de luz, que descendía suavemente hacia un joven abeto. Corrieron y encontraron la hostia posada en una rama, un poco más abajo de la copa del árbol, al alcance de la mano. Era pequeña, como las que se distribuyen a los fieles, y estaba agujereada en el centro, de donde brotaba un poco de sangre. Tras unos minutos de silencio y adoración, Yvonne-Aimée fue en busca de su cámara y fotografió la hostia. Después la depositó sobre una hoja verde, que sostenía el P. Labutte a modo de corporal, sobre la cual la hostia permanecía de pie… Esto quedó registrado en una segunda fotografía.
Finalmente, la forma fue llevada a una cabaña rústica que servía de oratorio y colocada a los pies de una estatua de la Virgen.9 En algún momento, las velas que rodeaban la imagen se encendieron sin intervención humana. Poco después, Yvonne y el P. Labutte vieron cómo aparecía, letra por letra, sobre la puerta de la cabaña, una misteriosa inscripción: «El Cielo ha visitado la tierra», que también fue fotografiado.
¡Paguemos amor con amor!
La vida de Yvonne-Aimée, marcada por innumerables fenómenos místicos y especialmente dedicada al Santísimo Sacramento, está repleta de otros episodios bellísimos que no cabrían en la brevedad de este artículo.
Los pocos hechos que acabamos de meditar, sin embargo, nos muestran claramente la inmensidad del amor de Nuestro Señor Jesucristo por nosotros. Ni siquiera el conocimiento de los horrores que se cometerían a lo largo de la historia contra el Sacramento del Altar fue capaz de disuadirlo de su determinación de permanecer con nosotros hasta el fin del mundo, en las sagradas especies.
Paguemos, pues, amor con amor. Que nuestra gratitud sin límites y nuestro amor ardiente reparen frialdades, indiferencias y ultrajes cometidos contra el Santísimo Sacramento. ²
Notas:
1 Cf. Laurentin, René; Mahéo, Patrick. Bilocations de Mère Yvonne-Aimée. Étude critique en référence à ses missions. 2.ª ed. Paris: François-Xavier de Guibert, 2010, p. 9.
2 Idem, p. 14.
3 Cf. Labutte, Paul. Yvonne-Aimée. «Ma mère selon l’Esprit». 2.ª ed. Paris: François-Xavier de Guibert, 1997, pp. 204-205.
4 Laurentin, René. Biographie d’Yvonne-Aimée de Malestroit (1901-1951). 3.ª ed. Paris: François-Xavier de Guibert, 2010, t. ii, p. 141.
5 Idem.
6 Cf. Laurentin; Mahéo, op. cit., pp. 15-16.
7 Idem, p. 25.
8 Cf. Labutte, op. cit., pp. 538-540.
9 Se trataba de una réplica contemporánea de la Virgen de la Sonrisa, de Santa Teresa del Niño Jesús.