Todo hombre, ser social, quiere tener amigos. Están los de la infancia, los del trabajo, los que comparten los mismos intereses, pero también los de ocasión y los falsos…

La revolución contemporánea ha ideado además los amigos «virtuales», forjando relaciones despersonalizadas entre «influenciadores» y la masa de «seguidores». Pero ¿son estos últimos amigos de verdad?

La respuesta es negativa, por varias razones. Ante todo, la amistad, en su concepción clásica y cristiana, exige trato y proximidad física, algo que no ocurre en el caso que nos ocupa. Una amistad auténtica tampoco puede extenderse a múltiples individuos, porque el amor, aunque universal por su benevolencia, es exclusivo por su intimidad.

Las relaciones cibernéticas también se revelan efímeras, lo que contradice la esencia de la amistad: su perpetuidad. De hecho, una amistad que perece ni siquiera llegó a comenzar…

Aun lejos de los entornos digitales, es difícil encontrar amistades libres de sentimentalismos egoístas, de camaraderías mundanas o de frivolidades de diletante. En realidad, dado que la amistad genuina ha de ser virtuosa y son pocos los virtuosos, también resultan escasas las verdaderas amistades.

Las auténticas amistades se fundan en Dios mismo, pues Él es amistad —Deus amicitia est, en la expresión de San Elredo de Rieval—, el Amor por esencia, del cual participamos (cf. 1 Jn 4, 16).

El Padre nos amó desde el principio y, como prueba suprema, nos envió a su Hijo, cuya caridad se consumó en el Calvario (cf. Jn 15, 13).

Es más, Jesús ha de ser siempre el «tercero» en todo vínculo cristiano, porque garantizó su presencia cuando al menos dos estén reunidos en su nombre (cf. Mt 18, 20).

No obstante, la amistad exige reciprocidad. ¿Cómo corresponder a la inmensidad de la bondad del Creador? Nuestro Señor nos ofrece la clave: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15, 14).

Se trata, por tanto, del cumplimiento del mandamiento del amor, practicado no por mero esfuerzo humano, sino por la gracia, participación en la propia vida divina. Paradójicamente, sólo podemos amar a Dios con el mismo amor con que Él nos ama.

En la última cena, el divino Maestro eleva a los Apóstoles de la condición de «siervos» a la dignidad de «amigos».

En la interpretación tomista, esto significa que ya no están bajo las ataduras del antiguo legalismo, sino que respiran la libertad de los hijos de Dios por la gracia. Y como sello de esa intimidad, Cristo les confiesa: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15).

Nuestra amistad con Dios no se limita a la mera observancia de la ley ni a la permanencia en el estado de gracia. Se trata de la búsqueda incesante y habitual del alma para entrar en la vida íntima del Hijo, en la que se desvelan los arcanos del Padre.

Como enseña Santo Tomás de Aquino, es propio de los amigos confiar los secretos del corazón; sin embargo, «como los amigos tienen un solo corazón y una sola alma, no parece que un amigo ponga fuera de su corazón lo que revela a su amigo» (In Ioannem, c. XV, lect. 3, n.º 2016). En resumen, los amigos se comunican más con el corazón que con las palabras.

En última instancia, la vida mística, esencialmente recóndita y misteriosa, es la suprema amistad con Dios.

Nuestras almas, escondidas en Él (cf. Col 3, 3), se deifican progresivamente y se hacen partícipes de las relaciones trinitarias de la más íntima amistad, al auscultar los secretos del Padre por el Verbo en plena unión con el Espíritu de Amor. He aquí la verdadera amistad, de la que participan todas las demás.