Cuando alzamos la mirada al cielo y vemos las estrellas, éstas nos parecen un inmenso conjunto de lucecitas, muy parecidas entre sí.
No obstante, si las observamos a través de un telescopio, constatamos la gran variedad que existe entre los astros, como afirma San Pablo: «Stella enim a stella differt in claritate —una estrella difiere de otra por su resplandor—» (1 Cor 15, 41).
Lo mismo ocurre con los hombres: aunque todos pertenecen al género humano, están constituidos físicamente por cabeza, tronco y extremidades, y poseen un alma con sus potencias; la diversidad que existe entre unos y otros es amplísima. Cada ente humano constituye un pequeño «universo».
Como consecuencia de ello, se observa un fenómeno curioso: cuanto más se acerca un individuo —o un grupo humano— a un elevado grado de perfección, más diferencias encontramos en él.
Hay personas poco expresivas, parcas en gestos y actitudes y que, sobre todo, poseen un único tipo de afecto. Bajo el pincel o el lápiz de un artista, se definirían con dos o tres trazos, dada su sencillez.
En el extremo opuesto, alguien con una personalidad muy rica, lleno de dones y características, se mostrará polimórfico, profuso en expresiones fisonómicas, en modos de ser y de actuar; y, en su afectividad, será capaz de establecer formas de amistad completamente distintas.
Desequilibrios en las relaciones humanas
Toda criatura humana, a causa de su instinto de sociabilidad, está siempre en busca de alguien que la comprenda a fondo, la quiera por entero y tenga para con ella una lealtad absoluta.
Dios ha puesto ese deseo en el alma para facilitar que unos se entiendan con los otros, se apoyen recíprocamente y procuren que el bien circule entre todos.
Sin embargo, la mayoría de las veces, la persona no encuentra lo que esperaba y empieza a sufrir decepciones y duros golpes.
En efecto, después del pecado original, las inclinaciones del hombre se volvieron desequilibradas y, ya sea por herencia de sus ascendientes o por malos hábitos adquiridos a lo largo de su vida, si no practica la virtud auxiliado por la gracia, intenta a toda costa colocarse en el centro de atención, creyéndose más que los otros.
Y por eso entabla amistades equivocadas y torcidas, basadas en el amor a sí mismo, en el pragmatismo y en el beneficio personal. De ahí surgen las envidias, las críticas, los malos tratos, las peleas y la disensión…
De ahí nacen también los desentendimientos entre quienes se casan por intereses económicos o de proyección en su grupo social, o incluso por motivos románticos y superficiales, atraídos únicamente por la belleza física.
El afecto sentimental es aquel por el cual dos personas se unen por afinidades meramente humanas, y una contempla a la otra con la ilusión de que en ella reside el polo de la amistad, olvidándose de admirar las cualidades sobrenaturales.
Esta alianza entre dos que caminan hacia el mal y se aprecian a causa del pecado nunca es estable: el siguiente paso consistirá en querer el halago del cónyuge para sentirse adorado por éste, imaginando que le corresponderá con la misma moneda.
Pasado un tiempo, el resultado siempre será la traición y la enemistad, y ambos se volverán infieles al sagrado juramento del matrimonio, hecho ante el ministro, junto al altar, y que no podía romperse sino con la muerte.
¡Cuántas desilusiones en la vida de quien confía en amistades forjadas al margen de la gracia de Dios! El amor propio y el sentimentalismo son la raíz de todos los desastres y desviaciones en las relaciones humanas a lo largo de la historia.
La sociedad contemporánea atraviesa un «terremoto» cuya causa radica en las relaciones fundadas en el egoísmo y la impureza.
El trato propio del Infierno se ha apoderado de la faz de la tierra, y este mundo moderno se desmorona porque la amistad verdadera ha desaparecido y cada uno desea para el otro lo peor, es decir, su condenación.
Ya no existen relaciones altruistas, idealistas, sobrenaturales; por lo tanto, ya no hay amistad de santidad.
¿En qué consiste la verdadera amistad?
¿Qué es ser amigo?
La palabra amigo ha sido muy mancillada a lo largo de los siglos y también lo es hoy en día; pero posee un profundo significado, ya que figura en los manuales de teología para designar la presencia de la Santísima Trinidad en el alma humana por el bautismo: Dios se relaciona con nosotros como Padre y Amigo.
Se diría que el Padre nos amó con locura, hasta el punto de entregar a su Hijo como víctima expiatoria para comprarnos al precio infinito de su preciosísima sangre. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Si un solo hombre hubiera cometido un único pecado, el Verbo se encarnaría y sufriría toda la Pasión para salvar a ese amigo y sacarlo de la esclavitud del demonio, otorgándole la libertad en el seno de las huestes de Cristo.
Ahora bien, es necesario que haya una reciprocidad en ese amor. Si Nuestro Señor dio su vida por nosotros, ¿qué debemos dar nosotros? El amor se demuestra con obras.
Se nos invita a la amistad con Jesús mediante el cumplimiento de los mandamientos y el amor de unos para con los otros, como Él mismo dijo: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando […].
Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn 15, 14.17). La medida para saber si estamos en plena relación amistosa con el Señor está en el empeño de favorecer a los demás por amor a Él.
Debemos amar a Dios sobre todas las cosas, con un amor radical y absoluto, incluso por encima de nosotros mismos.
Es inherente a la naturaleza humana —como a la angélica— la inclinación a amar al Creador más que a uno mismo; y ni siquiera el pecado original ha logrado destruir por completo esa tendencia.
Por eso, el egoísmo constituye un pecado horrible, pues se alza contra ese instinto y lo aplasta, para sustituirlo por el amor exagerado a uno mismo.
No podemos dejar de amarnos, pero hay que hacerlo en función de Dios, aspirando a cumplir nuestra misión para darle toda la gloria que merece.
Y lo mismo ocurre respecto del prójimo: debemos amarlo como a nosotros mismos, es decir, desear el cumplimiento total de su vocación para que Dios sea glorificado.
He aquí el modelo de la verdadera amistad: no se halla en el romanticismo ni en el sentimentalismo; ni es un mero quererse bien.
La amistad va mucho más allá, se sitúa en un plano superior; es intimidad, es gozar de la misma confianza, es amar sin pretensiones, con abnegación y desinterés, con pureza angélica, respeto y elevación de espíritu.
La convivencia perfecta supone tener a Dios en el centro: así, todas las inclinaciones se ordenan, se olvidan los defectos, el mal carácter o las asperezas de los demás, y se pasan por alto las heridas, buscando únicamente admirar la virtud y el designio divino respecto de cada uno.
Desearle el bien al otro es un elemento esencial para que la amistad sea pura, auténtica y llena de consuelos. Esto no significa ambicionar que un amigo haga un viaje de turismo, en el que se hospede en excelentes hoteles y vaya a buenos restaurantes, pues eso sería una amistad mundana, salvo que la intención fuera acercarlo más al Cielo.
Pero lo mejor que se le puede desear a alguien —sobre todo si se trata de un amigo muy íntimo, a quien apreciamos profundamente— es, más bien, la salvación eterna, en el gozo de la presencia de Dios, conociéndolo cara a cara y amándolo tal como Él es.
Por eso, la verdadera amistad a veces implica decir cosas duras, porque, al ver a alguien periclitar o encontrar en él una falta, hay que intentar corregirlo, con el objetivo de ayudar a esa alma a estar plenamente en armonía con Dios; como el médico que toma el bisturí y realiza una incisión para extirpar un absceso infectado con el fin de curar al enfermo.
Un buen vino, tras ser bebido, deja su sabor en el fondo del paladar y allí se va refinando y adquiriendo mayor intensidad, hasta el punto de causar añoranza…
Del mismo modo, un amigo verdadero es aquel cuya compañía nos hace olvidar todo lo que existe, de tal modo nos embarga su presencia; y percibimos en él una disposición a sufrir por nosotros lo que sea necesario, así como su empeño, afecto y desvelo por conseguir nuestra máxima santificación.
El Dr. Plinio: el mejor amigo
Ahora bien, quien ha tenido la dicha de conocer a un hombre como el Dr. Plinio ha podido comprobar hasta qué grado de complejidad y riqueza incalculable llegaban esos principios sobre la amistad.
Si en otras ocasiones hemos destacado aspectos de su vocación, de su paternidad, profetismo o sabiduría, conviene también enfocarlo desde un ángulo poco analizado de su personalidad: el modo en que se hacía amigo.
El Dr. Plinio era el mejor amigo de todos los que se acercaban a él. Pero, por ser justo, establecía una relación amistosa diferente con las personas que lo rodeaban, adaptada a lo que cada uno merecía, según la luz que el dedo de Dios había puesto en cada alma.
Por eso, aunque muchas veces lo vi preocupado ante los problemas y complicaciones que le presentaban sus amigos, nunca lo noté abatido ni conmocionado, pues confiaba en que, a pesar de los fallos, el plan divino de alguna manera se realizaba.
Su trato afable y afectuoso era una invitación permanente a que la persona dejara atrás sus defectos y abrazara la virtud, con vistas a ese designio por el que había sido llamada a completar la grandeza y la belleza de la obra del Creador.
La amplitud de géneros de amistad en el Dr. Plinio era insondable. Ya fuera con el enfermero o el barbero — contratados para servicios concretos—, tenía muestras de una cortesía que ninguno de los dos encontraría nunca en nadie, en ningún lugar de la tierra.
Por sus parientes guardaba una estima fraternal y específica, hasta el final. Y con aquellos a los que estaba unido por un vínculo sobrenatural, mantenía una amistad sin límites, dispuesto a hacer por ellos todo lo necesario, para la vida y para la muerte.
Y aun cuando esa amistad no era correspondida, él no la rompía. A uno que se atrevió a hacer uso desmesurado de su dinero, siguió tratándolo sin el menor roce, a pesar de los desmanes.
A otro, que era un alma mezquina y sentimental, lo soportaba como ni siquiera una madre lo haría, abandonando sus ocupaciones y haciéndole un hueco en su escaso tiempo para atenderlo.
La amistad de toda una vida
Conviví cuarenta años con el Dr. Plinio y puedo decir que la relación con él estuvo cuajada de extraordinarias manifestaciones de estima, consideración y bienquerencia. Dado el carácter profundamente grandioso de su alma, poseía un sentido de reciprocidad muy grande, por el que demostraba su satisfacción por cualquier beneficio recibido, permaneciendo agradecido hasta el final de su vida.
Por otro lado, desde que lo conocí me sentí enteramente comprendido por él y fui atraído por esa amistad. Se solidarizó plenamente conmigo, se adaptó a mi temperamento y le gustaba mi forma de ser.
También percibió que yo era uno con él, hasta el punto de hacer todo lo que me ordenara. Tal imbricación podría definirse con lo que los alemanes llaman zusammen sein, cuya traducción literal es estar juntos, pero que encierra un sentido más rico y significa el placer de participar de una convivencia en la que se es uno solo, y en la que se experimenta intensamente una profunda unión de almas.
¡Cuántos episodios podría contar respecto de la historia de esa amistad de toda una vida!
Un amigo muestra su valía sobre todo en los momentos difíciles, y yo sabía perfectamente que podía recurrir a él en las circunstancias más diversas y confiarle todos mis secretos —tanto mis debilidades como mis éxitos—, depositando en sus manos cuanto tenía.
Durante mis viajes, él estaba dispuesto a atenderme por teléfono el tiempo que hiciera falta, a cualquier hora del día o de la noche, sin manifestar el más mínimo cansancio.
En situaciones humillantes o en los casos que yo, angustiado, no sabía cómo resolver, allí estaba él, volcándose sobre mí para ampararme y protegerme.
Y aunque yo llegara a cometer los mayores desatinos, tenía la certeza de que, ya de antemano, él me perdonaría y estaría dispuesto a socorrerme, identificándose con mi situación, sin ningún temor, como si fuera responsabilidad suya, al igual que el sacerdote que absuelve todos los pecados en el confesionario.
Recuerdo, por ejemplo, que una vez recibí una carta muy desagradable, de quince páginas, en la que el remitente consideraba, según su criterio, que yo no había actuado correctamente.
Perplejo, y sin saber el efecto que podría tener mi respuesta, consulté al Dr. Plinio, pidiéndole una orientación. Terminada la lectura de la carta, me dictó la respuesta como si fuera yo mismo quien la escribiera, ¡con mi propio lenguaje y estilo!
Ese cariño se manifestaba hasta en los hechos más simples. Un día que llegué a su apartamento para comer con él, al bajar del coche me sorprendió un fuerte aguacero.
Al sentarme a la mesa, observó que la manga de mi chaqueta estaba mojada; entonces mandó que trajeran una toalla y me pidió que me acercara un poco para secarme él mismo, diciéndome:
—Hijo mío, si te quedas mojado, puedes coger un resfriado.
En otra ocasión, cuando era estudiante en la Facultad de Derecho, en 1962, sucedió que, debido a una serie de ocupaciones ese día, me quedé sin comer desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde.
Como no llevaba dinero para comprarme nada, y no tenía a quién recurrir —pues sólo estaba el Dr. Plinio en el lugar donde me encontraba—, le pedí prestado algo de dinero para almorzar. Él respondió de inmediato:
—Toma mi cartera y gasta lo que necesites.
Cuando regresé para devolverle la cartera y darle las gracias, me dijo:
—Hijo mío, soy yo quien debe agradecértelo, porque hoy me has dado la gran alegría de demostrarme que soy tu padre.
Sin embargo, más que un padre, era un amigo con «A» mayúscula, sin límites, sin par, sin fin, sin medida… Siempre sentí de su parte un enorme empeño por hacerme alcanzar los dones más elevados y llegar a la cima de la perfección.
En mi vida espiritual, en mi perseverancia y devoción a Nuestra Señora, y en todo el bien que hay en mí, ejerció un papel fundamental.
Ahí está la alegría, según las palabras de Nuestro Señor a los Apóstoles: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15, 11).
La «plenitud de la alegría» consiste en amar la superioridad y entregarse a quien es más, con vistas a la entrega total a Dios. Un alma que vive desde esta perspectiva posee la verdadera felicidad.