El versículo de los Hechos de los Apóstoles que suscita la duda en cuanto a su interpretación es el siguiente: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas».
En primer lugar, hay que comprender el contexto del pasaje en cuestión. San Pablo se encontraba en el Areópago de Atenas.
Como eximio evangelizador, no podía, ya al comienzo de su discurso, denunciar los errores de los griegos; era necesario, ante todo, conquistar sus corazones.
San Beda (cf. Super Acta Apostolorum expositio, c. xvii) comenta que el Apóstol de los gentiles procedió de forma gradual: primero, explicó que solamente Dios es el Creador del mundo; luego, combatió abiertamente la creencia en la idolatría; por último, enseñó que Dios, a cuya imagen y semejanza fue creado el hombre, no debe ser medido por el valor de los metales.
A pesar del esfuerzo de San Pablo, la mayoría de los atenienses rechazó su mensaje; sólo «algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos» (Hch 17, 34). Así, la semilla del Evangelio fue plantada.
En el caso que nos ocupa, el Apóstol se hace eco de las palabras del rey Salomón el día de la dedicación del Templo de Jerusalén: «Los cielos y los Cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido!» (1 Re 8, 27).
Santo Tomás de Aquino, con una lógica y una claridad sin igual, explica que el culto exterior a Dios es efectivamente necesario. Ahora bien, como los hombres están dotados de cuerpo, su culto también ha de estar provisto de materia física; por eso, lo llevan a cabo en un sitio concreto: el templo.
De esta manera, rinden mayor reverencia a Jesucristo, tanto en su divinidad como en su humanidad. Además, en los sagrados recintos, las oraciones resultan más dignas de ser escuchadas.
Para el Aquinate, es menester igualmente que existan especiales tiempos, lugares, vasos sagrados y ministros para el culto divino, a fin de reverenciar mejor a Dios (cf. Suma Teológica, I-II, q. 102, a. 4).
Vale la pena recordar que cuando el Niño Jesús tenía 12 años y se había perdido de sus padres, María y José lo buscaron angustiados y «a los tres días lo encontraron en el Templo» (Lc 2, 46).
Al comienzo de su vida pública, Nuestro Señor advirtió: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19), refiriéndose al «templo de su cuerpo» (Jn 2, 21).
Por su parte, San Lucas describe que, poco antes de someterse a la Pasión redentora, Jesús «estaba durante el día enseñando en el Templo, pero de noche se marchaba y pernoctaba en el monte llamado de los Olivos.
Y todo el pueblo madrugaba para venir en su busca a escucharlo en el Templo» (Lc 21, 37-38). Por un misterio insondable, el propio «Templo de Dios» —Cristo— quiso manifestarse de una manera especial en el templo material.
De manera sublime, cabe aún afirmar que la Madre de Dios también fue templo para el Niño Jesús. Ella lo concibió por obra del Espíritu Santo y acogió en su seno a aquel a quien los Cielos no pueden contener…