Las parábolas enseñadas por Nuestro Señor constituyen una invitación al Reino de los Cielos —expresión utilizada más de treinta veces por San Mateo. En el Evangelio de hoy, ese Reino es comparado con un tesoro accesible, esplendoroso, pero lleno de desafíos: su conquista exige una transformación de mentalidad.

En la primera parábola, un hombre descubre un tesoro escondido en el campo. Encontrarlo de improviso es símbolo de la gratia gratis data —gracia gratuitamente concedida. Demuestra que Dios quiere conceder lo mejor, de manera abundante, sin mérito alguno.

Este tesoro profuso y valioso hace referencia a la riqueza de la sabiduría, la misma que Salomón pidió y recibió para gobernar al pueblo elegido (cf. 1 Re 3, 5-12).

Simboliza, en suma, el Corazón Sagrado de Jesús, en el que «están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col 2, 3).

La segunda parábola expresa el empeño de un comerciante en busca de perlas finas. Ese tesoro, considerado particularmente bello, nunca ha de ser echado a los cerdos (cf. Mt 7, 6); es decir, debe ser custodiado con celo.

Ahora bien, según Santo Tomás,1 la belleza comprende tres elementos: integridad o perfección, proporción o armonía, y claridad. Tales atributos se encuentran plenamente en Cristo, «el más bello de los hombres» (Sal 44, 3), de cuyo fulgor participa María, la «toda hermosa» (Cant 4, 7).

Finalmente, la última parábola, la de la red echada al mar, introduce un matiz distinto: mientras que las anteriores evocan el júbilo de encontrar el Reino, esta última subraya el juicio inexorable entre los peces buenos y los malos: unos son colocados en cestos; otros son desechados.

Los justos serán salvados, mientras que los ángeles a los malos «los echarán al horno de fuego» (Mt 13, 50). Ante esto, es necesario confiar, pues «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. […]

Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó» (Rom 8, 28.30).

Los primeros Apóstoles fueron pescadores de hombres que, echando las redes de la verdadera doctrina salvífica en un «mar» ora en calma, ora agitado, ofrecieron a sus contemporáneos un modo de vida (cf. Hch 5, 20), ya aquí en esta tierra, como auténticos «ciudadanos del Cielo» (Flp 3, 20).

Dios nos envía, gratuitamente, gracias para amarlo y, pródigamente, estímulos para buscarlo. Nos concede fuerzas para renunciar a los malos hábitos y desapegarnos de las malas inclinaciones.

Esto constituye un verdadero tesoro que, guardado en el corazón, transforma nuestra existencia y, en medio de las vicisitudes de esta vida, nos hace anticipar ya el Reino de los Cielos.

El mayor tesoro que Cristo nos dejó fue su Madre. Por eso, elevemos nuestros corazones a Ella con una súplica: ¡Oh María Santísima, Reina del Cielo, Discípula perfecta, que guardaste en tu Corazón todas las maravillas obradas por tu divino Hijo, intercede por nosotros y haz que nuestros corazones sean transformados, para que podamos vivir ya en esta tierra la realidad del Reino de los Cielos! 

 

 


1 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 39, a. 8.