Una famosa empresa francesa de alfombras finas se dedica a prestar un servicio con todo su celo patriótico: Chevalier, tras limpiar antiguas tapicerías de Aubusson —de exquisita factura artesanal—, tapices persas y otros artículos, recoge en grandes sacos el polvo extraído —muchas veces secular— y lo distribuye entre los restaurantes más ilustres de París.
Curioso reparto para unos establecimientos conocidos por su refinamiento… ¿Cuál sería la razón de tan exótico encargo? 1
Corre el año 1940. Las fuerzas militares de Hitler llevan a cabo la ocupación de Francia, así como la de varios países europeos.
En el marco de la operación en curso, muchos de los châteaux de la región son requisados para uso de los soldados alemanes, que los convierten en alojamientos, almacenes de armamento y puestos de control.
Sin embargo, en medio de la confiscación de bienes, la destrucción de obras de arte, la prohibición de festivos y celebraciones nacionales, la devaluación de la moneda local y la imposición de trabajos forzados en las fábricas alemanas por parte del STO,2 había algo más que preocupaba a la población francesa: su vino.
Un arte antiguo y muy apreciado
Siglos de tradición han hecho de los vinos franceses unas joyas gastronómicas mundialmente conocidas, unas auténticas exquisiteces de la civilización cristiana. Se cuenta, por ejemplo, que fueron los austeros monjes de Cluny, en el siglo xii, quienes enseñaron a los campesinos a plantar y cuidar sus viñedos. Y la necesidad de podar las vides, la descubrieron de una manera insólita y pintoresca…
En una ocasión, en el año 345, San Martín de Tours salió a inspeccionar unas plantaciones pertenecientes al monasterio, en el valle del Loira, y dejó a su burrito atado junto a una hilera de cepas.
Horas después, el santo descubrió, para su sorpresa, que el pobre animal se había servido de varias ramas a modo de aperitivo… algunas incluso hasta el tronco.
No obstante, al año siguiente, los monjes descubrieron que las vides más maltratadas por el borrico eran precisamente las que se habían vuelto más vigorosas y habían producido las mejores uvas.
A partir de entonces, comenzaron a podar las viñas todos los años.
Ahora bien, los burros no eran los únicos que apreciaban el delicioso fruto de la vid. En la región de Borgoña, alrededor del siglo x, los viticultores tenían que vigilar sus viñedos arma en mano, ya que, en épocas de escasez, manadas de lobos invadían sus propiedades en busca de alimento.
En esta contienda, el factor que salvaba viñas y viticultores era la propia fermentación de la uva, pues ésta hacía que los lobos, embriagados, se quedaran dormidos en las calles de la ciudad, lo que facilitaba la tarea de cazarlos.
En 1940, aparecieron nuevos lobos por toda Francia. Esta vez, sin embargo, vestían uniformes militares…
Aprovechándose de la invasión, los nazis requisaban las mejores añadas, que en esa época representaban no sólo buen gusto, sino también poder y soberanía. Y los franceses se preguntaban: ¿cómo protegerlas?
Tácticas de guerra en sordina
«¡No le digáis ni una palabra a nadie sobre esto!», ordenó el viticultor Maurice Drouhin a su familia, reunida en la bodega —un verdadero laberinto con cavas del siglo XIII— para llevar a cabo una tarea inusual: mientras él construía una pared para ocultar botellas del preciado vino borgoñón Romanée-Conti, su esposa e hijos corrían por el recinto recogiendo arañas, que luego fueron introducidas en el muro para que tejieran telarañas y dieran la impresión de antigüedad.
Marie-Louise Lanson de Nonancourt también decidió emparedar su tesoro. Se lo confió a la Virgen María, colocando en la pared falsa un nicho con una imagen de aquella que suplicó al divino Maestro el milagro de las bodas de Caná: «Ahora todo está en sus manos —les dijo a sus hijos—; no hay nada más que yo pueda hacer para proteger nuestro porvenir». Podía estar segura de haber dejado sus bienes en muy buenas manos.
Unas décadas antes, durante la Primera Guerra Mundial, el propietario de un château en Burdeos, al enterarse de que las tropas del káiser estaban a punto de llegar, arrojó su tesoro a las profundidades de un lago.
La estratagema parecía haber funcionado hasta que, a la mañana siguiente, un soldado germánico decidió dar un paseo por el jardín y, contemplando la serena superficie del lago, la vio cubierta de etiquetas flotantes…
En la Segunda Guerra Mundial, los habitantes de Burdeos ya habían ideado soluciones más eficaces, como la adoptada por André Foreau, de Vouvray, que enterró lo mejor que tenía bajo las judías, los tomates y las coles de su huerto, sin ser descubierto por los alemanes.
Unidos en un solo frente: ¡defender el vino francés!
«La unión hace la fuerza», reza el dicho, mil veces demostrado a lo largo de la historia. Y en la «guerra por el vino», no fue diferente.
Una vez, unos soldados alemanes fueron a un restaurante de lujo y, además de exquisitos platos, pidieron una botella de algún vino famoso. Al ver llegar al camarero con la bandeja, pensaron que se trataba de un vino sacado de un lugar exclusivo de la bodega.
La botella estaba cubierta de un polvo que le confería un aspecto de mucha categoría… Recogido de alfombras y piezas de museo, servía de disfraz para los vinos falsos, poniendo a salvo los verdaderos, que los franceses perseveraban en ocultar a los indeseados invasores.
Volviendo ahora al hecho narrado al principio del artículo, se comprende cuál era el objetivo del curioso encargo de polvo de tapicería distribuido entre prestigiosos restaurantes…
Por otro lado, si bien el pueblo germánico era gran apreciador de la sublimación de la cebada —la cerveza—, en general, tenía poco conocimiento de la inmensa variedad vinícola.
Para el comercio de vinos, se designó a los Weinführer,3 enólogos alemanes capaces de realizar compras y ventas para el Tercer Reich.
Solían ser elegidos entre comerciantes experimentados, con contactos y amigos en Francia, como era el caso de Heinz Bömers, director de la importadora Reidemeister & Ulrichs, nombrado para actuar en la región de Burdeos.
Cómplices o no, entre los Weinführer y los viticultores se estableció una relación peculiar: sin dejar, aparentemente, de cumplir sus funciones, los alemanes les facilitaban las transacciones a los franceses y, en particular, se encargaron de impedir que sus añadas más valiosas salieran del territorio nacional.
Entre los muchos comerciantes amigos de Bömers, había uno llamado Roger Descas. Éste se encontraba ante un dilema: si fijaba precios altos para el vino, fomentaría la inflación y la ira de las autoridades alemanas; si, por el contrario, establecía precios bajos, comprometería gravemente la situación de los viticultores franceses. Así pues, junto con su amigo Weinführer, ideó una curiosa estratagema.
La víspera del día en que debían comparecer ante el Servicio Económico alemán, acordaron sus precios. Pero, a la mañana siguiente, ante las autoridades alemanas, ambos pronunciaron un discurso en el que expusieron precios completamente alterados.
Fue entonces cuando tuvo lugar una representación teatral digna de la Gran Ópera de París: Bömers acusó a Descas de extorsionarlo, y Descas culpó a Bömers de lo mismo.
La discusión se acaloró, pero finalmente la «razón» se impuso y ambos llegaron a un acuerdo sensato: los precios serían los que habían pactado en secreto el día anterior.
En otra ocasión, sospechando que el mariscal de campo Göring estaba a punto de requisar grandes añadas de Burdeos, Bömers mandó a algunos empleados que pusieran etiquetas del emblemático Château Mouton-Rothschild en botellas de vino corriente, orden que fue obedecida de inmediato.
El vino se convierte en aliado de guerra
Fueron muchas las situaciones en las que, quizá «agradecido» por el afectuoso apego del que era objeto, el vino colaboró en las luchas y en la liberación de sus dueños.
Era habitual, por ejemplo, ver al viticultor Jean Monmousseaux transportando barriles de un lado a otro de la línea de demarcación.4 Como vivía cerca de allí, los alemanes estaban acostumbrados a verlo con sus barriles.
Éstos, no obstante, tenían una utilidad mayor que la de contener vino: ocultaban personas… Para muchos líderes de la Resistencia, esos recipientes sirvieron de vehículo de primera clase. Jean se valió de esta estratagema durante dos años, y nunca despertó sospecha alguna.
El champán —sublime «hermano» del vino— también proporcionó información militar relevante a los aliados: el Reich tenía la costumbre de enviar cargamentos de ese espumoso a sus soldados en el frente.
Ahora bien, las principales casas de champán informaban a los oficiales franceses sobre el destino de esos envíos, revelando así la posición exacta de las tropas enemigas. En una de esas ocasiones, los nazis solicitaron que una ingente cantidad de botellas fuera especialmente encorchada y empaquetada con destino a un «país muy caluroso».
Esto sirvió de pista para que los aliados descubrieran que el mariscal Rommel5 estaba a punto de lanzar una fuerte ofensiva en Egipto.
Una fiesta entre grilletes
A pesar de todo, algunos franceses acabaron inevitablemente en prisión durante la guerra. Entre ellos se encontraban viticultores como Gaston Huet, de Vouvray.
Para compensar la nostalgia de sus viñedos y de sus familias, los detenidos pasaban el tiempo intercambiando sus conocimientos sobre viticultura. En una de esas conversaciones fue cuando a Gaston Huet se le ocurrió una idea: «¡Organicemos un banquete de vino!». Magnífica propuesta, pero ¿cómo llevarla a cabo?
Huet se había enterado de que, en un campo de prisioneros cercano, circulaban bebidas destiladas entre los guardias, algo que estaba expresamente prohibido. Unos días después, chantajeó al comandante alemán del campo, pidiéndole vino a cambio de su silencio. El oficial, tenso y reacio, acabó accediendo.
Mientras esperaban las setecientas botellas que permitirían a cada prisionero degustar una copa de vino, Huet y sus compañeros se encargaron de preparar una gran fiesta: se reunió un comité formado por representantes de cada una de las regiones vinícolas; unos artistas se ofrecieron para elaborar carteles y mapas; un grupo de teatro se propuso representar breves escenas sobre el vino, con decorados y vestuario improvisados; el sacerdote que dirigía el coro del campo comenzó los ensayos musicales; unos carpinteros construyeron una prensa de lagar, que más tarde se utilizaría para cubrir la entrada de un túnel destinado a una inesperada fuga.
La fecha del festival se fijó para el 24 de enero de 1943, día de San Vicente, patrón de los viticultores franceses. Tras varias presentaciones y discursos, llegó el momento esperado con entusiasmo por todos: la degustación. Cada botella se repartiría entre siete hombres, que podrían servirse su vino favorito.
Recordando todo el trabajo que le había supuesto organizar el evento, Huet comentaría años después: «Nos salvó nuestra cordura. No sé qué habríamos hecho sin aquella fiesta. Nos dio algo a lo que aferrarnos. Nos dio una razón para levantarnos por la mañana, para afrontar cada día».
¡Imitémoslos en su sagacidad!
Sería imposible resumir en estas líneas todas las hazañas relacionadas con la protección del vino francés durante la Segunda Guerra Mundial… Sin embargo, podemos sacar una lección de los hechos aquí expuestos: en las diversas batallas que se nos presentan a lo largo de la vida, debemos saber ser sencillos como palomas y sagaces como serpientes (cf. Mt 10, 16).
No se pretende aquí pronunciarse sobre la justicia de las acciones de los viticultores franceses; sí nos aprovecha, sin embargo, imitar su sagacidad. Ésta es una virtud aneja a la prudencia, que permite hallar con facilidad y rapidez los medios que deben emplearse en una acción determinada.6
En efecto, ellos actuaron con notable circunspección a la hora de proteger su patrimonio material.
Y nosotros, católicos del siglo xxi, cuando se trata de defender a la Santa Iglesia, patrimonio divino y luz de las naciones, ¿cómo actuamos? ¿Empleamos toda nuestra inteligencia y solercia para confundir a los enemigos de Cristo y hacer triunfar la inocencia? ¿O nos dejamos arrastrar torpemente por las trampas del adversario, permitiendo que la virtud sea aplastada y corrompida?
Bajo la protección maternal de la Santísima Virgen María, no permitamos que los hijos de las tinieblas sean más astutos que los hijos de la luz (cf. Lc 16, 8); antes bien, que la sabiduría pueda verdaderamente habitar junto con la sagacidad (cf. Prov 8, 12).