Silencio… quietud… Detengámonos un instante e imaginémonos en un lugar solitario donde la plenitud de la calma pueda penetrar mejor en nuestros sentidos: ya sea en la cima de una altanera montaña, a la vera de un acantilado brumoso azotado por las olas del mar, en la luminosidad de un desierto o en la delicadeza de un risueño bosque; escuchemos atentamente el susurro de las hojas meciéndose al viento, el murmullo de un arroyo cristalino y las sinfonías de las aves al amanecer; imaginemos, con oídos atentos, la lluvia que cae y resbala por las piedras; y, elevando con gratitud la mente al Creador de tantas maravillas, estaremos predispuestos a escucharlo.
Le invito ahora a entrar en un claustro milenario, donde los pasos de un monje resuenan lentamente en las arcadas hasta fundirse con la piedra. Poco después, en medio de la salmodia de los religiosos, oímos a lo lejos el argénteo tintineo de una campana que anuncia la celebración de los sagrados misterios en una recogida iglesia, situada al final de un valle cubierto de nieve, en la que ya se ha congregado el pueblo orante.
Vivir momentos como éstos —libres de la barahúnda de los centros urbanos, de la extenuante monotonía de las máquinas, del estridente ruido de los motores y de la incesante contaminación acústica generada por nuestra sociedad enferma— se ha convertido en un lujo que, lamentablemente, pocos pueden permitirse.
Para el oído corporal, no existe el silencio absoluto. Incluso en un lugar completamente aislado de vibraciones externas, ese magnífico órgano, forjado por Dios para hacer posible la audición, delataría los más leves movimientos internos de nuestro cuerpo, incluyendo los latidos del corazón.
Entonces… ¿a qué nos referimos cuando hablamos de silencio?
Una forma de definirlo podría ser la agradable percepción, a través del oído, de un ambiente ordenado, moderado y equilibrado, en el que todo sonido proviene de fuentes con ritmos y armonías en consonancia con la naturaleza humana, sin estridencias discordantes.
Por esta razón, el más exótico trino de un canario no se percibirá como una agresión, sino como un perfecto complemento; a veces, incluso las imponentes voces del viento y del mar se unirán para ayudarnos a apreciar el silencio.
Nos cuenta el Evangelio que Jesús se retiraba al monte a orar a solas (cf. Mt 14, 23), porque «así decía el Santo de Israel: “Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma, vuestra fuerza está en confiar y estar tranquilos”» (Is 30, 15).
El profeta Elías también aprendió que Dios no se manifiesta a sus siervos en la tormenta, ni en el fuego, ni en el terremoto, sino en el susurro de una brisa silenciosa (cf. 1 Re 19, 11-13), pues, como subraya el Eclesiastés, «las palabras de los sabios son oídas en silencio» (9, 17 Vulg.).
En la paz, entendida como la tranquilidad del orden, el hombre llega a adquirir el silencio interior, que consiste en el dominio de las pasiones.
También San Benito,1 padre de la vida monástica en Occidente, enseñaba a valorar la quietud como forjadora de la humildad, afirmando que hay ocasiones en que las buenas palabras deben dejarse de lado, por amor al silencio, hasta que aprendamos, en la lucha, el refinado arte de no decir nada sino aquello que sea superior al silencio.
El amigo que nunca traiciona —según la bella expresión de la sabiduría oriental— no es el silencio nihilista, egocéntrico y estéril que algunos pretenden alcanzar.
Porque el verdadero silencio resulta fecundo y más musical que cualquier melodía; de sus entrañas han surgido innumerables maravillas: predicadores, apóstoles, arquitectos, guerreros, poetas…
Quizá su versión más elocuente sea el canto de la Santa Iglesia, es decir, el gregoriano, «silencio armónico» por antonomasia, que, nacido del silencio de la contemplación, engendra un silencio aún mayor.
Analizando sus sencillos y elevados melismas, emanación de almas que han alcanzado el silencio interior, se comprenderá lo que aquí se afirma.
Aunque sea difícil escapar de la cacofonía que envuelve a la inmensa mayoría de la humanidad, hagamos lo que nos aconseja el salmo 37 y confiemos en el Señor, guardando silencio (cf. Sal 37, 14-16).
De la paz que obtengamos en una vida interior bien llevada, nacerán armonías capaces de silenciar el mal, arrojándolo a la oscura prisión que el Justo Juez le destina. Procuremos alejarnos del estruendoso alboroto de voces diabólicas y humanas que, como un río turbio y violento, amenazan con arrastrarnos; y bebamos del Silencio Absoluto, que es la Palabra Eterna.
Océano de quietud, sabiduría profunda, incontables tesoros, gozo y paz infinita. «Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación» (Sal 61, 2).
