Hay quien dice que la amistad es tan antigua como el hombre… En efecto, dotado de naturaleza social, el ser humano tiene necesidad de agruparse y relacionarse. Se trata de una tendencia natural, inmortalizada por Cicerón como «instinto de sociabilidad».1
Sin embargo, vivir en sociedad sólo es posible mediante la concordia, que presupone una relación amistosa en la que los amigos sinceros se apoyan mutuamente y mantienen una aprobación recíproca de pensamientos, convicciones y comportamientos.
Sin amistad, en cualquier relación humana surgen divisiones, sediciones y discordias, lo que confirma la máxima de que el hombre es un lobo para el hombre: Lupus est homo homini.2
Esto es lo que podemos observar en los albores de la humanidad, tras el pecado original, al toparnos con la desavenencia y el fratricidio: Caín era hermano de Abel, pero no su amigo, y por eso lo mató por envidia (cf. Gén 4, 8).
Lamentablemente, no hace falta remontarse tan atrás en el tiempo, pues el mundo actual, impregnado de intereses egoístas y dominado por la mediocridad del materialismo y el hedonismo, parece haber perdido el sentido verdadero de la amistad.
La palabra amigo se emplea tanto en una fría carta comercial como en una auténtica relación fraternal. De todos modos, casi hay que buscar con lupa a un verdadero amigo. Nunca han sido tan actuales las sabias palabras de la Sagrada Escritura: «Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro» (Eclo 6, 14).3
La amistad desde la Antigüedad
Por lo tanto, es necesario recuperar el sentido original de la amistad y su valor en las relaciones humanas. Aristóteles, el gran teórico del asunto, destacaba en Ética a Nicómaco su importancia y absoluta necesidad: «Sin amigos, nadie querría vivir, aunque tuviera todos los otros bienes».4
También para el sentido común resulta evidente la necesidad de la amistad; pero ¿en qué consiste propiamente?
Entre los griegos, la amistad partía de relaciones de benevolencia, afectividad, placer o incluso utilidad, ya fuera por las contingencias humanas o por la búsqueda de la sabiduría. Su duración dependía del motivo por el que se había formado.
Pero la verdadera amistad, aquella que perdura y es fiel, estuvo principalmente vinculada a la idea de virtud. Para el Filósofo,5 al ser puesta a prueba, queda sólidamente establecida en un amor desinteresado que une a los virtuosos en la búsqueda de la mutua perfección.
Y aunque existan diferencias entre los amigos, si hay virtud y un ideal común, hay armonía entre ellos.
Entre los autores latinos, la definición clásica corresponde a Cicerón, en su obra De amicitia. Afirma que la amistad es «el acuerdo de todas las cosas divinas y humanas con benevolencia y amor».6
Y va un paso más allá, llegando a decir que «quien contempla a un verdadero amigo, contempla como un retrato de sí mismo»,7 tal es la intensidad del vínculo entre ambos.
La idea primitiva de amistad surgió con muchos términos conceptuales, sobre todo griegos, derivados de diversas concepciones de amor: desde el vocablo storgē (στοργή), el afecto natural propio de la familia, de padres a hijos y de hijos a padres; pasando por érōs (ἔρως), el amor pasional, carnal y romántico; hasta llegar a philía (φιλία), término que más se aproxima a la amistad, pues transmite una idea de amor honesto, fraternidad y afecto.
También existe agápē (ἀγάπη), utilizado por los filósofos para denotar una idea de amor voluntario y altruista.
Ágape: fundamento de la amistad cristiana
Sin embargo, los griegos no tenían la noción de un amor completamente desinteresado y desprovisto de egoísmo, como llegó a ser el ágape cristiano.
Fue en la literatura bíblica donde adquirió el sentido de amistad superior, un término que en el Nuevo Testamento figura «ciento diecisiete veces, de las cuales setenta y cinco en San Pablo y veinticinco en San Juan».8
En las traducciones latinas de las Escrituras, la philía, que aparece en el Evangelio de San Juan para expresar la relación del Señor con sus discípulos —«Os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15)—, fue traducida por amor.
El verbo agapáo (ἀγαπάω), del que procede el sustantivo agápē, fue traducido por diligere —verbo del que deriva el sustantivo dilectio. Por su parte, agápē se vertió al latín como caritas.
En su tratado De caritate, incluido en la Suma Teológica, Santo Tomás de Aquino «juega con bastante precisión con estos tres términos: amor, dilectio, caritas, a los que habrá que añadir el de amicitia»,9 definiendo así los fundamentos de la amistad cristiana.
Inspirándose en las antiguas reflexiones sobre la amistad, especialmente en las Éticas de Aristóteles, el Doctor Angélico10 fue uno de los autores que más la estudió, relacionándola con la vida social y las virtudes, destacando sus aspectos más importantes, sobre todo la benevolencia, la comunicación y la reciprocidad, desde una perspectiva cristiana: «Nada mueve más a amar que saberse amado».11
Esta es la postura del cristiano, quien reconoce que ama a Dios «porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19). Y la filosofía del Evangelio se resume en su precepto, fundamento de la amistad de ágape cristiana: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros.
En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 34-35).
Modelo divino: la amistad espiritual
San Agustín fue el primer autor cristiano en desarrollar una teoría acerca de la amistad, cuya influencia perduró hasta la Edad Media. En este período, Ricardo de San Víctor —en De Trinitate, su principal obra— comenta que las personas nacen para vivir en una comunidad de amor.
Ahora bien, para Ricardo, la realización de la existencia como ser personal solamente puede darse en la medida en que haya un amor al otro. Hay, por tanto, una conexión intrínseca entre la existencia de la persona y la caridad.
En la visión de este autor, el amor divino es altruista y mutuo, y por eso implica una pluralidad: la Trinidad de Personas. Así pues, el amor trinitario alcanza su plena realización no sólo por el amor mutuo entre el Padre y el Hijo, sino también por la comunicación de este amor con un tercero, es decir, el Espíritu Santo.
El aprecio entre amigos, desde esta perspectiva cristiana, no es más que un vestigio de la pericoresis trinitaria, modelo divino de la amistad cristiana de ágape o caridad, ya que «Deus caritas est» (1 Jn 4, 8).
La caridad, por consiguiente, es la amistad del hombre para con Dios y del hombre para con el hombre por amor a Dios. La amistad natural se convierte en sobrenatural, «uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura».12
No es otro el valor y el significado de la amistad para con el prójimo cuando cada uno forma parte del mismo Cuerpo Místico: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Cor 12, 26).
Esta interrelación es tan profunda que «los verdaderos amigos tienen una sola alma»,13 como ya decía Aristóteles; igual que la estrecha amistad de los primeros cristianos: «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32), en Cristo.
Ese es el amor que Él reveló a sus amigos, fundamento de la comunión que reinaba entre los miembros de la Iglesia primitiva, la koinonía (κοινωνία), que expresa la unidad de los cristianos, cimentada en esa amistad enteramente espiritual.
«La amistad es una comunión en el pensamiento y el deseo. […] No, en la amistad mi voluntad se une a la suya a medida que va creciendo; su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo».14
Basílica de San Pablo Extramuros, Roma
El ejemplo de la vida religiosa
Esa amistad sobrenatural alcanzó su máximo florecimiento en la vida monástica. La regla agustiniana exhortaba a los religiosos que vivían en comunidad a ser «anima una et cor unum in Deum»,15 es decir, a vivir una unidad de amistad en la caridad.
Siglos más tarde, cabe destacar a Elredo, abad del monasterio cisterciense de Rieval, autor de la obra De spirituali amicitia, que le valió el epíteto de Doctor Amicitiæ (Doctor de la Amistad).
Al cristianizar la idea ciceroniana de amistad, estableció el valor de la amistad humana desde sus orígenes, con nuestros primeros padres, hasta su permanente realización en la visión beatífica.
Para él, la amistad perfecta consiste en aquello que expresa Cicerón —en la concordia entre todos los que comparten un mismo sentir de lo divino y lo humano, y una misma voluntad con benevolencia y caridad16—, porque «la amistad es un escalón próximo a la perfección, consistente en el conocimiento y amor a Dios.
El hombre, amigo de otro hombre, se hace amigo de Dios».17 Elredo aplica a la amistad de ágape lo que San Juan, «amigo de Jesús», comenta sobre la caridad: «¿Dios es amistad? […]
Lo que afirma a continuación de la caridad yo no dudo aplicarlo a la amistad: quien permanece en la amistad permanece en Dios, y Dios en él (cf. 1 Jn 4, 16)».18
Las virtudes que brotan de la amistad, como la alegría y la simpatía, «nacen de Cristo, se desarrollan por Cristo y se perfeccionan en Cristo».19
Comenta además que «a través del amor que comparten los amigos, cada uno llega a ser “otro yo” del amigo. Es una idea parecida a la de Aristóteles cuando dice que el amigo es para nosotros como un espejo».20
Estos conceptos también pueden aplicarse a la vida consagrada. En una familia religiosa, se añade aún el vínculo con el fundador, fuente del amor entre sus hijos espirituales. Él es un reflejo de Dios para sus discípulos.
De hecho, varios institutos religiosos surgieron de la reunión de unos cuantos amigos y discípulos en torno a un maestro, a quien acudían por su fama de santidad.
Entre muchos otros, podemos mencionar a San Antonio Abad, San Jerónimo, San Benito, San Francisco y Santa Clara de Asís, Santo Domingo de Guzmán.
Otros formaban grupos de amigos que se reunían para hablar de sus ideales, como San Agustín, San Bernardo de Claraval, San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri, San Juan Bosco.
Todos ellos llevaban un estilo de vida sencillo, inicialmente sin reglas ni constituciones, pues ante todo vivían bajo la ley de la amistad.
Paradigma para la sociedad
Ninguna institución religiosa habría resistido al paso de los siglos sin ese fuerte vínculo con el fundador, fuente de vitalidad para cada instituto, ya que el anuncio del ideal de los fundadores se personifica y se convierte en punto de referencia y modelo.21
Para el religioso, ser fiel al carisma fundacional y progresar en las vías de la caridad, que no es otra cosa que la amistad de ágape, consiste en asimilar el espíritu del fundador22 y asemejarse a él, ser un «retrato» suyo.
Toda la humanidad está llamada a asemejarse al Padre, su fin último, por medio de la caridad en las relaciones humanas. Sin embargo, esto sólo es posible cuando existe verdadera amistad, pues «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4, 20).
Por lo tanto, es necesario recuperar la amistad auténticamente cristiana, o sea, aquella que tiene como modelo el ágape del Hijo, cuyo amor alcanzó su culminación al dar «la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Finalmente, cabe mencionar el papel de la Virgen. Fue por medio de María Santísima, amiga de los novios de las bodas de Caná (cf. Jn 2, 3-5), que Cristo salvó aquella fiesta nupcial.
También será por medio de Ella que el divino Paráclito renovará la faz de la tierra, al restaurar en las almas la verdadera caridad. Sólo así todos llegarán a ser «cor unum et anima una» (Hch 4, 32).