hina: un reino de sueños, rodeado de murallas tan imponentes que permanecieron prácticamente infranqueables hasta finales del siglo xvi. Sin embargo, no hubo lugar en la tierra, por inhóspito que fuera, donde no resonara el dulce timbre de la voz de Cristo.

Para el entonces llamado Imperio del Medio, el Verbo de Dios se sirvió de un instrumento para manifestarse: el P. Matteo Ricci, misionero de la Compañía de Jesús.

Su anhelo era convertir a toda la nación, pero para ello necesitaba llegar hasta la cabeza. El emperador Wanli vivía en la Ciudad Prohibida, la morada del «hijo del cielo». Uniendo la astucia de la serpiente a la inocencia de la paloma, el sacerdote jesuita le ofreció al monarca dieciséis regalos, entre ellos un clavicordio, para que la música penetrara donde las palabras no llegaban; un reloj, para despertar la curiosidad; y un cuadro de Nuestro Señor, con el fin de que el «hijo del cielo» conociera al Hijo de Dios.

Los obsequios causaron gran asombro en la corte. Y, para satisfacer las demandas de los orientales, los misioneros fueron convocados a la Ciudad Prohibida, donde finalmente entraron los primeros occidentales en 1601.

Los jesuitas, respondiendo a los anhelos científicos y musicales de los chinos, les enseñaron al mismo tiempo la superior sabiduría de la fe, al hacer resonar el precepto evangélico: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Y no hay murallas ni prohi­biciones que puedan detener estas palabras…