Debo apartar, rechazar todo razonamiento que me oprima, me perturbe, me impida unirme a Nuestro Señor. Hace varios meses que me pide lo mismo: dulzura para con Él y para conmigo misma, confianza, apertura, alegría. Por exceso de buena voluntad, he sido infiel a Nuestro Señor en este punto.
Obedecer ciegamente, de corazón y de voluntad. Obedecer tanto más la palabra de dirección cuanto menos la comprenda. Esto es difícil, sobre todo cuando me parece que debería hacer precisamente lo contrario.
Pero ése es el camino que se abre enteramente ante mí. No debo, pues, empeñarme obstinadamente en querer pasar por una ventana cerrada.
Por esta obediencia lo daré todo a Nuestro Señor, renunciaré por completo a mí misma, abandonando sin reservas la riqueza de mi voluntad, de mis propios juicios.
Y si quiero ser generosa en esta lucha, no me limitaré a rechazar aquello que me oprime, me detiene, me perturba; iré al encuentro de aquello que me engrandece y me llena de alegría. Entre dos pensamientos que se presenten a mi espíritu, elegiré el que me fortalezca.
No discutir; creer firmemente, sin dudar. Obedecer enteramente. «Quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 25), dijo Nuestro Señor. Dar la vida, el alma, es entregar por completo a Nuestro Señor aquello que Él pide por medio de la obediencia.