Imaginemos que Dios nos ha concedido la posibilidad de crear. No un ser cualquiera, sino un hombre; no sólo un hombre, sino un amigo; no únicamente un amigo, sino el amigo ideal.

Enseguida empezamos a reunir en él toda clase de cualidades: trato ameno, paciencia, inteligencia, fuerza de voluntad, las virtudes más variadas. Idealizamos a alguien que sea agradable, que nutra sentimientos similares a los nuestros y comparta con nosotros los mismos gustos.

Cuando estamos a punto de crear esa obra maestra, oímos a Dios decirnos que, de entre todas aquellas cualidades, nuestro amigo solamente podrá tener una.

Perplejos, comenzamos el proceso inverso, un doloroso despojamiento de tan deseados atributos. Al fin y al cabo, ¿qué elegiremos: paciencia o fuerza de voluntad, inteligencia o trato ameno?

Los franceses llamarían a esta situación embarras du choix, algo así como «el aprieto de tener que elegir».

La solución, no obstante, resulta muy sencilla si consideramos que un amigo es como un compañero de viaje.

Aunque existiera una persona capaz de reunir en sí todas las características de un amigo ideal hasta el punto de ser casi un ángel, nunca la elegiríamos para que nos acompañara en un viaje si no contara con una específica: la de tener el mismo destino que nosotros.

Pues bien, en el más augusto de los viajes, el de la vida hacia la eternidad, cabe considerar con especial seriedad la elección de aquellos que nos harán compañía.

De lo contrario, puede ocurrir que amistades peligrosas, cuyos caminos difieren de los nuestros, nos conduzcan a otros destinos…

¿Malas amistades o veladas enemistades?

A alguien que dijera: «No tengo enemigos», le responderíamos con un antiguo pensador: «¿Acaso no tienes ningún amigo?».1 A veces, nuestros peores enemigos no están tan lejos como imaginamos, por lo que conviene también pedirle a Dios que nos proteja no sólo de los enemigos, sino también de los malos amigos.

Malos amigos: quizá sea difícil encontrar una combinación de palabras más desacertada e incoherente. ¿Es que un amigo puede ser malo? ¿Es acaso la amistad un oficio que pueda desempeñarse bien o mal? Obviamente, no.

Más bien, forma parte de ese conjunto de realidades tan radicales que, una vez calificadas, cambian de especie: las virtudes.2

En efecto, no llamamos injusticia a la «mala justicia», ni intemperancia a la «mala temperancia». El implacable «in» que anteponemos a estas palabras no indica deformación, sino negación: la in-justicia es la ausencia de justicia, como la in-temperancia lo es de templanza.

Entonces, ¿por qué consideramos mala amistad algo que, en el fondo, es una «no-amistad», una enemistad? Recordemos esto: un mal amigo siempre se revela como enemigo de nuestra alma.

Si le seguimos en su camino, podemos llegar a cualquier sitio menos al Reino de los Cielos: por su locura, pereceremos con él (cf. Eclo 8, 18 Vulg.).

Ahora bien, ¿cómo descubrir a los falsos amigos? Son como lobos con piel de oveja (cf. Mt 7, 15)… Muchos de ellos se camuflan prodigiosamente bien, es cierto, pero veamos algunos síntomas de la falsa amistad: son las garras y los dientes lupinos los que rasgan el disfraz.

«El hijo pródigo gastando su dinero en una vida desenfrenada», de Franz Christoph Janneck. En el destacado, «Los cambistas», de Marinus van Reymerswaele - Museo de Bellas Artes, Nancy (Francia)

Anestesista de la conciencia

Hay quienes consideran que la amistad consiste en ser cómplice. Según ellos, el verdadero amigo es aquel que hace la vista gorda ante los defectos ajenos. Si la conciencia se halla sensible o dolorida, basta con acudir a él: dispone de todos los «anestésicos».

Su bondad y estima hacia nosotros llegan tan lejos que no se atreve a causarnos el más mínimo disgusto. Siguiendo esta lógica, su actitud se puede comparar con la de un médico que deja morir a su paciente en lugar de someterlo a la amargura de los remedios que podrían curarlo…

Pero la realidad es otra: la amistad existe para ser compañera de las virtudes, no de los vicios.3 El amigo de verdad es aquel que consuela en la prueba, sostiene en la aridez, ayuda en la virtud y corrige de manera fraterna nuestros desvíos.

Un buen consejo dado sabiamente y recibido con gratitud, aun cuando tenga el medicinal sabor de la reprimenda, une dos almas con vínculos más sólidos y resistentes que un diamante.

Buitre de los triunfos ajenos

El mal amigo, o mejor dicho, el enemigo disfrazado, prescinde de empleo: su medio de vida es la adulación; su salario, su propio amigo.

Sin embargo, no confundamos la lisonja o adulación con el elogio y el deseo de agradar. Por justicia, las buenas obras deben ser elogiadas, y no es pecado tratar de agradar a quienes conviven con nosotros. No obstante, esto no puede hacerse con la intención de obtener un beneficio.4

El adulador queda muy bien ilustrado en una de las más célebres fábulas de Jean de La Fontaine. Estaba un cuervo subido a un árbol, con un trozo de queso en el pico, cuando se le acercó un zorro diciéndole: «Tenga el señor Cuervo muy buen día. De belleza es usted raro portento, y en verdad, si su acento corresponde al primor de su plumaje, de este bosque salvaje, el fénix debe ser».5

Y, sin dejar de elogiarlo, le pidió que cantara para oír su voz «maravillosa». El cuervo, creyendo que su graznido era una armoniosa melodía, abrió el pico para cantar, mientras veía caer el queso y ser atrapado por el zorro…

El propio autor pone en boca del más astuto de los animales la moraleja de la historia: «Señor mío, sepa que todo lisonjero vive de quien le oye y recibe; y esta lección, sin que parezca exceso, vale muy bien un queso».6

Pero no sólo hemos de tener cuidado con los aduladores, sino también con esa clase de amigos demasiado ávidos de nuestros triunfos, siempre presentes en los momentos felices, pues los excelentes compañeros en la alegría rara vez lo son en la tristeza.

En este sentido, con razón nos aconseja la sabiduría de Dios: «Si haces un amigo, ponlo a prueba, y no tengas prisa en confiarte a él. Porque hay amigos de ocasión, que no resisten en el día de la desgracia.

Hay amigos que se convierten en enemigo, y te avergüenzan descubriendo tus litigios. Hay amigos que comparten tu mesa y no resisten en el día de la desgracia» (Eclo 6, 7-10).

Alérgico a los fracasos: traidor

Ahora veamos el reverso de la moneda. Se dice que «el amigo cierto se distingue en la situación incierta».7 Y podríamos añadir —con más motivo todavía— que el falso amigo se distingue en la situación incierta: su ausencia lo condena.

Desde esta perspectiva, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira8 narró un hecho sumamente elocuente. En una ocasión, se encontraba en un restaurante y pudo observar a un joven que, triste y pensativo, conversaba con el dueño del local: «Cuando tenía las dos piernas —se lamentaba— vivía rodeado de amigos y era muy querido. Desde que perdí esta pierna, mis amigos me han abandonado».

¡Qué hombre tan desafortunado —se diría—, porque ha perdido a sus amigos! Pero analicémoslo: ¿qué clase de amigos eran esos? El verdadero amigo no es el que busca las dos piernas, sino el que busca llevar un alma al Cielo.

Dichoso ese joven: al perder la pierna, se libró de los enemigos de su salvación. Además, el sufrimiento e incluso el aislamiento lo convirtieron en una persona madura, capaz de preguntarse por la razón de los hechos de su vida.

Qué regalo de la Providencia: no le dio amigos, pero lo libró de sus enemigos.

Sin embargo, este episodio demuestra cómo los malos amigos nos abandonan cuando más los necesitamos.

Y su camino no termina ahí, pues, lamentablemente, un mal amigo es un traidor en potencia: «Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba —exclama el salmista—, que compartía mi pan, ha levantado contra mí su calcañar» (Sal 40, 10).

Basta con evocar la triste historia de Judas, el mal amigo por excelencia, que se atrevió a traicionar a Jesucristo con un cínico gesto de amistad, un beso vil e infame (cf. Mt 26, 48-49).

«La expulsión del hijo pródigo», de Lambert Doomer

El remedio: saludable, eficaz, único

Cómplice, adulador, ávido de triunfos, alérgico a los reveses y traidor: he aquí algunos rasgos de la fisonomía moral de un mal amigo. No obstante, nada de esto constituye la esencia de una compañía nociva; se trata sólo de síntomas.

Una amistad es perjudicial cuando nos desvía del camino del Cielo. En otras palabras, quien nos lleva al pecado o nos aleja de la virtud es un mal amigo, o mejor dicho, un enemigo de nuestra alma.

Ahora bien, ¿cómo podemos evitar que las malas amistades nos influyan? Sólo hay un remedio: alejarnos de ellas.

El sentido común y la experiencia nos lo indican: una fruta podrida echa a perder a las demás. Y las Escrituras lo reiteran: «Un poco de levadura fermenta toda la masa» (1 Cor 5, 6); «El que toca la pez se mancha, el que se junta a un soberbio acabará siendo como él» (Eclo 13, 1).

Hasta la soledad es mejor compañía que un mal amigo, como dice el refrán: «Más vale estar solo que mal acompañado».

Todos podemos comprobar que el contacto con personas que nos llevan al pecado es uno de los obstáculos más peligrosos para la salvación. Consciente de ello, San Pablo ya exhortaba a los primeros cristianos: «No os engañéis: “Las malas compañías corrompen las buenas costumbres”» (1 Cor 15, 33).

Si somos vigilantes respecto a nuestras amistades, sin duda nos encaminaremos, con el favor de la Santísima Virgen, hacia la amistad beatífica y eterna, pues, en cierto sentido, la vida de un hombre puede definirse por la calidad de los amigos que tuvo.

No sorprendería oír de Dios en el juicio particular: «Dime con quién anduviste y te diré adónde vas». 

 


1 Cf. Plutarco. Cómo sacar provecho de sus enemigos, 86C.
2 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 114, a. 1.
3 Cf. Cicerón, Marco Tulio. Lælius de amicitia, c. xxii, n.º 83.
4 Cf. Santo Tomás de Aquino, op. cit., q. 115, a. 1.
5 La Fontaine, Jean de. Fábulas. México-París: Grégoire, Tauzy & Cie, 1883, p. 15.
6 Ibid, p. 16.
7 «Amicus certus in re incerta cernitur» (Cicerón, op. cit., c. xvii, n.º 64).
8 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 12/10/1972.