Si Dios llamó amigo a Abrahán, mi siervo a Isaac y mi santo a Jacob, bien podría llamar mi profeta a Elías. Máxime cuando, en la Transfiguración, el Señor no evocó ni al amigo ni al santo, sino a aquel que sumó la profecía a ambos epítetos: «¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos! ¿Quién puede gloriarse de ser como tú?» (Eclo 48, 4).

Inocente como algunos, santo como pocos, ígneo como nadie, fue un sol para el pueblo de Israel: iluminó sus caminos, encendió los corazones en el celo por la Ley, agostó el culto idolátrico y lo quemó en el valle del Quisón. Sin embargo, algo lo distingue del astro rey: su brillo jamás conoció el ocaso.

Mártir, juez, taumaturgo

Cuando Dios quiere hablar en el curso de la historia, se comunica con sus amigos más íntimos, los profetas, heraldos inequívocos de su voluntad. Y como la voluntad de los hombres no siempre coincide con la divina —por decirlo suavemente—, deben luchar contra toda clase de respeto humano y mediocridad, enfrentándose al odio de una ciudad o de un pueblo, en un momento determinado, y convirtiéndose en una antorcha de fidelidad y de martirio, en la que la mecha encendida es él mismo.

Es, pues, con un grito de fidelidad como Elías irrumpe en la historia. En la decadente historia del pueblo elegido…

Israel atravesaba serias dificultades. De inestabilidad en inestabilidad, el reino llegó a manos de un hombre inseguro e infiel, a quien la Sagrada Escritura acusa de ser aún peor que todos sus predecesores (cf. 1 Re 16, 30): Ajab.

Por si no bastara con haber desposado a una mujer pagana —delito prohibido por Dios mismo (cf. Dt 7, 1-4), dado el peligro de idolatría—, introdujo además el culto a Baal en el templo que mandó construir: «No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para hacer el mal a los ojos del Señor» (1 Re 21, 25).

Un tremendo castigo asolaba la tierra prometida a causa del pecado de sus habitantes.

El único remedio para la situación era amargo, pero Elías no temió aplicarlo, y en su calidad de hombre de Dios ordenó a las nubes que no trajeran lluvia: «Por la palabra del Señor cerró los cielos y también hizo caer fuego tres veces» (Eclo 48, 3).

Era la más digna de las correcciones, como comenta San Ambrosio, quien ve en ella un «justo castigo para reprimir de modo adecuado la falta de templanza, de manera que el cielo se cerrase para los impíos que habían manchado las cosas de la tierra».1

Fue en ese ínterin cuando, por mandato divino, Elías llegó a Sarepta de Sidón. Tras someter a la viuda que lo hospedaba a una dura prueba de confianza —hasta el extremo de ver morir a su hijo—, obró la primera resurrección narrada en las Escrituras.

No consta que el profeta dudara en realizar ese milagro, sobre todo porque su oración, precedida por una filial queja, se asemeja más a una orden dada a Dios que a una mera súplica: «Señor, Dios mío, ¿vas a hacer mal a la viuda que me hospeda, causando la muerte de su hijo? […] Te ruego que el alma de este niño vuelva a su cuerpo» (1 Re 17, 20-21). El Señor escuchó la oración de Elías y el joven recobró la vida.

«Elías y los sacerdotes de Baal», de Lucas Cranach - Galería de Pintura de los Maestros Antiguos, Dresde (Alemania)

Increpador incomparable

La sequía decretada por el profeta se prolongó durante tres largos años (cf. 1 Re 18, 1), y sólo entonces el Altísimo le ordenó que se presentara ante Ajab, quizá con la esperanza de que el impío monarca se retractara… Lejos de esto, el rey lo acusó de ser la causa de los problemas que atormentaban el país: «¿Eres tú, azote de Israel?» (1 Re 18, 17).

Elías, cuya diplomacia se asemejaba más a un rayo fulminante que a un golpe de esgrima, lo increpó convocando a los profetas de Jezabel a un sacrificio en lo alto del monte Carmelo, con el fin de dejar claro quién era el verdadero Dios.

En un instante, Ajab reunió a todos los profetas de Baal en el lugar acordado. Elías también compareció. El resultado fue bastante revelador: ochocientos cincuenta sacerdotes paganos contra un único servidor de Yahvé.

¿Por qué inducir una prueba pública para ver quién era el verdadero Dios? ¿No evocaría esto cierto orgullo y temeridad? ¿No sería más prudente, más diplomático, retirarse a una cueva en oración, a la espera de que la venganza divina se abatiera sobre aquellos impíos? No.

Era necesario que el pueblo, que claudicaba de ambos pies (cf. 1 Re 18, 21), conociera la verdad y, mediante ello, siguiera el camino correcto. He aquí una de las características de un profeta: distinguir la verdad del error.

Rompiendo el silencio que reinaba sobre el monte, Elías propuso: «“El dios que responda por el fuego, ese es Dios”. Todo el pueblo acató: “¡Está bien lo que propones!”» (1 Re 18, 24).

Los sacerdotes de Baal tomaron rápidamente un novillo y, desde la mañana, comenzaron su invocación. Danzas, cánticos, súplicas… nada fue suficiente para despertar a la deidad cananea.

Al mediodía, Elías comenzó a burlarse de ellos: «¡Gritad con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!» (1 Re 18, 27).

Heridos en su amor propio y ya algo inseguros sobre la verdad de su religión, se cortaron con espadas y lanzas, cubriéndose de sangre para conmover a Baal. En vano. No ocurrió nada…

«Acercaos a mí» (1 Re 18, 30), exhortó finalmente Elías. Tras erigir un altar al Señor, cavó una zanja a su alrededor y la hizo inundar con agua tres veces, al igual que el altar y el sacrificio. El pueblo observaba atónito.

El profeta no necesitaba levantar los brazos, ni tampoco un bastón. A lo sumo, alzó la mirada al cielo y rezó: «Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas.

Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones» (1 Re 18, 36-37).

Al instante cayó el fuego del Señor, consumiendo, además de la víctima, las piedras del altar y el agua que lo rodeaba. El Señor escuchó la plegaria del justo. Los baalitas habían gritado; Elías había rezado.

Y mientras el pueblo adoraba al verdadero Dios, el profeta les dijo: «“Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ni uno”. Les echaron mano y Elías les hizo bajar al torrente de Quisón, y allí los degolló» (1 Re 18, 40).

San Elías - Iglesia de Nuestra Señora del Carmen,
Caudete (España)

El primer devoto de María

Una vez terminada la escena, el hombre de Dios le recomendó a Ajab que comiera y bebiera, pues estaba oyendo «el ruido de una gran lluvia» (1 Re 18, 41). Subiendo a la cumbre del monte Carmelo, se postró en tierra y, siete veces, envió a su siervo a que observara hacia el mar.

A la séptima vez, el criado exclamó: «Aparece una nubecilla como la palma de una mano que sube del mar» (1 Re 18, 44). Elías mandó avisar al rey que se diera prisa para que la lluvia no lo detuviera en el camino. Ajab, que ya había visto descender fuego del cielo por la palabra del profeta, partió sin dudarlo.

Los autores coinciden en relacionar la pequeña nube, que anuncia una tormenta torrencial, con el nacimiento de la Santísima Virgen, quien traería a la tierra un diluvio de gracias y al propio Hombre-Dios. Aquella era fruto de un castigo; ésta, de un inmenso perdón.

No deja de ser simbólico que la prefiguración de María surja en el horizonte justo después de la derrota de la idolatría. Cuando la falsa religión sucumbe, Nuestra Señora resplandece. O, quizá, el imperio de Satanás se desmorona tan sólo al son de los pasos de Ella.

Tras un acto heroico de fidelidad a la verdadera religión, Dios concede a la historia el mayor premio hasta ese momento: la promesa de una Madre para la humanidad huérfana.

Depositario de la fidelidad

Ahora bien, al regresar a su casa, Ajab no le ocultó ninguno de aquellos sucesos a Jezabel, a quien obedecía con verdadera esclavitud. Ella se enfureció y le envió al profeta el siguiente mensaje: «Que los dioses me castiguen si mañana a estas horas no he hecho con tu vida como has hecho tú con la vida de uno de esos» (1 Re 19, 2). Elías tuvo miedo y huyó.

A quienes Dios ama con predilección, los pone a prueba de manera especial en su fundamento axiológico: la promesa del cumplimiento de su propia vocación, la certeza de la victoria. Así, permite, e incluso promueve, aparentes desmentidos y fracasos en la vida de sus elegidos.

No fue diferente con Elías. Él, que había enfrentado el odio de toda una nación, que había vengado el honor del Señor en el Carmelo, que aún haría descender fuego del cielo sobre los soldados de Ocozías (cf. 2 Re 1, 10-12), que representaba la fidelidad inquebrantable… huyó de una sola mujer.

Fatigado por el viaje y por la prueba, se sentó bajo una retama diciendo: «¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!» (1 Re 19, 4).

He aquí la gran perplejidad del profeta. Llamado a ser el varón de todas las fidelidades, siente, no obstante, las miserias del fracaso. Y, en este estado, se quedó dormido.

En medio de un sueño profundo, un ángel del Señor le entregó en dos ocasiones una torta cocida, que le dio fuerzas para caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar al monte Horeb. Los comentaristas ven en este misterioso alimento una prefiguración de la Eucaristía.

Elías se convertía así en el profeta de los dos mayores tesoros de Dios: María Santísima y su divino Hijo. En efecto, no sería un verdadero profeta de la Madre si no lo fuera también del Hijo.

La cumbre de las montañas, en la Sagrada Escritura, suele representar el lugar de la manifestación divina. Fue en lo alto de un monte donde Moisés recibió la Ley (cf. Éx 19, 20); fue en esas mismas alturas donde el Verbo encarnado se transfiguró (cf. Mt 17, 2).

Una vez en la cima del Horeb, el Señor le ordenó a Elías que lo esperara en el monte. Vientos huracanados hendieron las rocas, terribles terremotos se sintieron e incluso el fuego hizo acto de presencia… pero el Todopoderoso no estaba allí.

Finalmente, se oyó el susurro de una brisa suave. Era el Dios de Israel que pasaba: «¿Qué haces aquí, Elías?». Ante tal pregunta, el profeta respondió con un clamor que lo inmortalizaría en la historia y cuyo eco se ha prolongado en los labios de la humanidad, ya sea para los más sinceros elogios, ya sea para las más injustas antipatías: «Ardo en celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela» (1 Re 19, 14).

Más que un hombre, un espíritu

Elías había llevado la fidelidad al Señor a tal culminación que ya no era posible mantenerlo entre los suyos. No es que el profeta temiera al pueblo. Éste no era digno de él.

Al retomar el santo el camino del desierto, Dios no lo dirigió hacia Israel, sino hacia Damasco. Durante el recorrido, Elías ungió a Eliseo como profeta en su lugar: depositó sobre él su manto, y el nuevo discípulo, renunciando a todo, lo siguió. Al despuntar el sol es cuando emite sus más radiantes fulgores.

Sin duda, el encuentro de los dos profetas fue uno de esos momentos que iluminaron el amanecer de toda una era histórica y que serviría de paradigma para la relación entre fundador y discípulo, padre e hijo, hasta el fin del mundo. La misión terrenal de Elías se acercaba a su fin.

Llegado el momento de la partida, Eliseo, dirigiéndose a aquel a quien empezaba a llamar padre, le imploró lo necesario para el cumplimiento de su propia vocación: «doble porción» del espíritu de Elías (2 Re 2, 9).

Y, mientras conversaban, «un carro de fuego con caballos de fuego» (2 Re 2, 11) los separó, llevando al profeta al cielo en un ígneo torbellino.

Si al amanecer se manifiestan los más radiantes fulgores del sol, al atardecer es cuando las nubes se tiñen de fuego. En un firmamento así incendiado, Eliseo contempló cómo partía su padre y cómo descendía sobre él la doble porción del espíritu de su maestro.

La historia de Elías, muy lejos de terminar, acababa de inmortalizarse en Eliseo. Se inauguraba lo que se puede denominar como filón eliático, noble estirpe de profetas devotos de María Santísima, cuyos actos intrépidos y virtudes heroicas son imperecederos, ya que participan de la luz sobrenatural de aquel que, antaño, fue el sol de Israel. 

«El profeta Elías en el desierto consolado por un
ángel», de Felipe Gil de Mena - Museo Nacional de Escultura, Valladolid (España)

 


1 San Ambrosio de Milán. Elías y el ayuno, c. ii, n.º 2. Madrid: Ciudad Nueva, 2016, p. 48.