"Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11).
Los pastores fueron los únicos que acudieron a la gruta; la ciudad de Belén rechazó a la Sagrada Familia; Herodes mató a miles de inocentes por odio a Jesús...
Estas afirmaciones, tan repetidas, casi podrían considerarse lugares comunes. Sin embargo, en la noche de Navidad hubo una ausencia poco comentada: la de la clase sacerdotal.
Al haber sido puesto al servicio de Dios, el ministro consagrado, más que cualquier otra persona, debe vivir exclusivamente en función del Altísimo. Pero si no es fiel a su misión se cerrará en sí mismo, se apropiará de los dones recibidos y terminará pudriéndose.
Como corruptio optimi pessima est, 1 no es extraño que, al final del camino, lo veamos al servicio del mal...
Dios le había concedido a la clase sacerdotal los dones necesarios para reconocer la plenitud de los tiempos. Así pues, cuando Herodes convocó a “los sumos sacerdotes” a fin de preguntarles dónde iba a nacer el Mesías, éstos respondieron sin dudarlo (cf. Mt 2, 4-6).
Ahora bien, si sabían por la tradición y por la Sagrada Escritura lo que estaba a punto de ocurrir, ¿por qué no fueron los primeros en acudir a venerarlo?
Una vez, Jesús les dijo: “¡Hipócritas!... ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?” (Lc 12, 56). En esa ocasión el divino Maestro estaba hablando al conjunto del pueblo, pero ese severo epíteto sería aplicado por Él, con mucha más propiedad, para describir la actitud de los fariseos y saduceos, la clase sacerdotal de su época.
Habían creado, manipulando la ley mosaica, una religión distinta a la verdadera, destinada a conservar su dominio sobre la población. Y cuando la Buena Nueva del Evangelio frustró sus ambiciones terrenas, entonces se volvieron contra Nuestro Señor: lo rechazaron, lo combatieron y, finalmente, lo crucificaron.
La ausencia de los sacerdotes en la gruta de Belén fue, por tanto, el primer signo del deicidio y el prenuncio de las grandes persecuciones que, a lo largo de los siglos, llevarían a la muerte a millones de almas inocentes, porque la peor de las sañas es la que está radicada en el odio religioso.
Hoy día la igualdad es deificada y la libertad enaltecida hasta límites extremos. No obstante, síntomas inquietantes señalan un regreso a los tiempos obscurantistas de las persecuciones, sean paganas, sean hechas en nombre de la diosa razón. Iglesias, sacerdotes y fieles cristianos se convertirán en blanco de la más radical intolerancia.
¿Nos estará reservando el siglo XXI la sorpresa de una nueva guerra de religión, marcada por un odio gratuito, calumnioso y cruel? ¿Estará conducida por líderes que adoctrinan a las masas actuando como verdaderos sacerdotes de la irreligión?
Ante la perspectiva de que tal hipótesis llegue a realizarse, será indispensable que haya presbíteros santos, íntegros y fervorosos, capaces de sustentar la esperanza de los fieles en medio de la oscuridad causada por los preconceptos anticristianos.
Pidámosle al Niño Jesús, Sumo, Único y Perfecto Sacerdote, que conserve siempre en la tierra verdaderos sacerdotes de Cristo, promotores de la fe, capaces de conferir a las almas a ellos confiadas una unión y una resistencia inquebrantables, que nada las pueda destruir.