Hoy comentaremos un fragmento de la encíclica de San Pío X respecto al dogma de la Inmaculada Concepción. En él, después de discurrir sobre la actual negación del pecado original y sus consecuencias, el Santo Padre afirma:
Anarquismo, la doctrina más nociva...
Si las gentes creen y confiesan que la Virgen María, desde el primer momento de su concepción, estuvo inmune de todo pecado, entonces también es necesario que admitan el pecado original, la Redención de la humanidad por medio de Cristo, el Evangelio y la Iglesia, en fin, la ley del sufrimiento.
Con todo ello desaparece y se corta de raíz cualquier tipo de racionalismo y de materialismo y se mantiene intacta la sabiduría cristiana en la custodia y defensa de la verdad.
A esto se añade la actividad común a todos los enemigos de la fe, sobre todo en este momento, para desarraigar más fácilmente la fe de las almas: rechazan, y proclaman que debe rechazarse, la obediencia reverente a la autoridad no sólo de la Iglesia sino de cualquier poder civil.
De aquí surge el anarquismo: nada más nocivo y pestífero tanto para el orden natural como para el sobrenatural.
Ahora bien, este azote, igualmente funestísimo para la sociedad civil y la cristiandad, encuentra su ruina en el dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios; porque con él nos obligamos a atribuir a la Iglesia tal poder que es necesario someterle no solamente la voluntad, sino también la inteligencia.
Así, por esta sujeción de la razón el pueblo cristiano canta a la Madre de Dios: ‘Toda hermosa eres María y no hay en ti pecado original’. Y así se logra el que la Iglesia diga merecidamente a la Virgen soberana que Ella sola hizo desaparecer todas las herejías del mundo entero”.1
... y la extrema punta de la Revolución
Este fragmento contiene tal riqueza de pensamiento que merece ser explicado y resumido.
San Pío X tiene en vista mostrar aquí cómo la aceptación del dogma de la Inmaculada Concepción por parte de los fieles es un remedio para lo que, en el ensayo Revolución y ContraRevolución, 2 llamamos Revolución.
En esta obra apuntamos al anarquismo como la fórmula más avanzada de la Revolución, es decir, ese estado de cosas para el cual el comunismo pretende caminar. Los defensores de esa doctrina afirman que debe haber una dictadura del proletariado, pero pasajera.
Después que ella haya modelado a los hombres de acuerdo con las intenciones comunistas, la humanidad estará en tal grado de evolución, de “perfección”, que no precisará ya de leyes ni de cárceles, ya no cometerá crímenes, ya no hará guerras, ya no necesitará de Gobierno.
Entonces lo que existirá será una anarquía, que no presentan como un pandemonio, un desorden, sino como un orden sin ley, en la cual todos los hombres son reyes de sí mismos. Nadie obedecerá al otro, y reinarán en una libertad, fraternidad e igualdad completas.
La formulación empleada por San Pío X es muy interesante, pues subraya que no puede existir un error peor que el anarquismo. Es lo “más nocivo y pestífero tanto para el orden natural como para el sobrenatural” que puede haber.
No se trata, por consiguiente, de una afirmación de carácter histórico —nunca surgió un error tan ruin como el anarquismo—, sino doctrinario: si un hombre perverso y corrompido procurara en el orden de lo posible el peor de los errores, no hallaría otro que el anarquismo.
Indignación hasta en medios católicos
Afirma San Pío X que la admisión del dogma de la Inmaculada Concepción tiene como resultado la aceptación de la autoridad de la Iglesia, porque el modo por el cual se sabe que Nuestra Señora fue concebida sin el pecado original es a través del magisterio.
La Iglesia enseña fundamentada en el Evangelio. Someterse a ella implica aceptar la Sagrada Escritura y en consecuencia, la Revelación y el orden sobrenatural.
Supone sujetarse a un poder que regula los actos externos e internos del hombre; no sólo los de la voluntad, sino también los de la inteligencia. Se trata, en suma, de adoptar la actitud más opuesta al anarquismo que pueda existir.
El pontífice muestra cómo el tener fe en la Inmaculada Concepción es un acto soberanamente eficaz para arrancar del alma humana todas las raíces de la Revolución, y aplica a Nuestra Señora aquella frase muy bonita, que se encuentra en la liturgia: “Gaude Maria Virgo, cunctas hæreses sola interemisti”.3
Es decir, por su Inmaculada Concepción la Santísima Virgen, aplastando bajo sus pies la cabeza del dragón, padre de las herejías, las eliminó del mundo entero y lucha, a través de los siglos de la vida de la Iglesia, para la extinción de todos los errores. He aquí la idea contenida en ese espléndido fragmento de San Pío X.
Cuando el dogma de la Inmaculada Concepción fue definido por Pío IX, hubo en Europa una verdadera tempestad de odios, protestas e indignación por parte de los no católicos, pero también de los católicos.
En muchos sectores de la Iglesia hubo furor porque había sido definido. ¿Cómo se explica semejante actitud?
Odio igualitario
Según dicho dogma, la virgen destinada a ser la Madre de Dios fue concebida sin pecado original desde el primer instante de su existencia.
La indignación contra María Santísima, Madre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de la Iglesia, se explica por el odio igualitario de verla colocada en el punto más alto en el que una mera criatura puede estar.
Además, por ser mujer, el arbitrio de Dios se presenta de manera mucho más fuerte. El Altísimo tomó el elemento generalmente considerado secundario en el orden humano y lo pone en lo alto de toda la pirámide de la Creación, contundiendo enormemente el espíritu igualitario.
Por otra parte, hiere mucho a los revolucionarios el hecho de que María fuera la excepción a una regla para la cual nunca hubo excepciones.
La idea de una mujer concebida sin pecado original, elevada, por tanto, a una altura enorme con relación a todos los seres humanos, produjo en ellos un auténtico furor.
Pero existe también otra causa para esa furia. La Inmaculada Concepción no sólo les causa irritación por su aspecto antiigualitario, sino por el odio que lo vulgar tiene en relación con lo sublime.
Nuestra Señora fue concebida sin pecado original. Es al mismo tiempo Virgen y Madre de Dios.
Estas verdades corresponden a la sublimidad de un ser puro, inmaculado, elevado por encima de todo cuanto se pueda imaginar, virginal en lo más recóndito de sí mismo.
Ella no poseía ninguno de los impulsos que, incluso en un santo, pueden representar el aguijón de la carne. Ni a eso su ser estaba sujeto.
Tan transcendente es María en materia de sublimidad, tan alta y refinada en cuestión de pureza, tan excelsa dentro de la condición humana, y cuán diferente de nuestra propia condición, que Ella se presenta a nuestros ojos como una figura inmensamente mayor que nosotros, despertando nuestra admiración.
En Nuestra Señora tenemos una idea de la sublimidad a la que Dios puede elevar a la criatura humana, una sublimidad, no obstante, a la cual no hemos sido elevados.
El refinamiento de la bienaventuranza
De ahí deriva una especie de honor y gloria para todo el género humano que tropieza directamente con el espíritu revolucionario.
Éste odia todo lo que es sublime y elevado, no solamente por ser él mismo igualitario, sino por otra expresión del igualitarismo que es el amor a lo banal, a lo trivial, cuando no a lo degradado. Por eso los revolucionarios tienen verdadero odio a la Inmaculada Concepción de María.
Ese furor encuentra otra expresión en el odio que las personas, movidas por el espíritu de las tinieblas, tienen a aquellos que, como nosotros, tratan de practicar la virtud, particularmente en lo que dice a la pureza, compostura y dignidad.
Tales personas son capaces de difundir las peores calumnias sobre nosotros, únicamente porque guardamos la castidad perfecta.
La compostura, la nobleza, la distinción de trato, incluso de los que son de una condición más modesta, llama la atención de todos y atrae la simpatía de los buenos, pero causa auténtico odio en los malos.
A quien le gusta la vulgaridad nos detesta porque procuramos orientar los espíritus hacia lo alto. Intentamos comunicar a nuestras personas la actitud y dignidad de hijos de Dios y de Nuestra Señor, reflejando así algo de la realeza de la propia Santísima Virgen.
Eso los indigna, y su cólera constituye para nosotros motivo de alegría. Nuestro Señor llamó bienaventurados los que son perseguidos por amor a la justicia, pero dentro de esa bienaventuranza hay como un refinamiento: el hecho de ser rechazado en virtud de las mismísimas razones por las cuales Ella es odiada.
Al aproximarse la fiesta de la Inmaculada Concepción, pidámosle a María Santísima la bienaventuranza de ser cada vez más devotos suyos, y de tal forma la representemos que se pueda afirmar que nuestra unión con Ella es el motivo real por el cual somos odiados.