Deseo expresar mi testimonio sobre los Heraldos del Evangelio, a los cuales estoy vinculado como obispo, pero también por amistad y afecto, y a quienes conozco desde 2002, cuando me nombraron obispo auxiliar de São Paulo para la región de Lapa.
Cómo conocí a los Heraldos
Nada más asumí el puesto, fui encargado por D. Claudio Hummes de acompañarlos.
Como aún estaban organizando sus seminarios de Filosofía y Teología, tuve la oportunidad de ayudarlos en su estructuración e indicarles profesores competentes, fieles al magisterio de la Iglesia, para que enseñaran en ellos.
Sin embargo, nuestra relación empezó propiamente cuando conocí a Mons. João Scognamiglio Clá Dias, por aquella época simplemente Hno. João. Era el primer miembro de los Heraldos del Evangelio que fue ordenado e incardinado en una diócesis de Italia.
Estuve presente, junto con cuatro obispos más, en la ceremonia en que él y otros integrantes de la asociación fueron ordenados presbíteros.
Mons. João es, de hecho, una persona completa, una dádiva de Dios para la Iglesia. En primer lugar, porque enseña a través de su testimonio de vida. De ahí el nombre de la asociación fundada por él. Los Heraldos anuncian el Evangelio, no solamente con la boca, sino, principalmente, con su comportamiento.
Una espiritualidad que conduce a la misión
El primer polo de la espiritualidad de los Heraldos es la devoción a Jesús sacramentado. Son personas de la Eucaristía.
El segundo polo es la devoción a Nuestra Señora. La Iglesia es mariana. María Santísima es Madre de la Iglesia y por eso mismo “el tipo de la Iglesia”,1 conforme lo recordó el Concilio Ecuménico Vaticano II.
Nuestra Señora pertenece a la identidad de la Iglesia, y María Asunta al Cielo es justamente la imagen de la Iglesia de la gloria futura. Quien le tiene devoción es verdaderamente miembro del Cuerpo Místico de Cristo.
A través de la devoción a Nuestra Señora los Heraldos se atan profundamente a la Iglesia, al Papa y a sus Pastores, asumiendo esa misión importante que es anunciar el Evangelio.
No obstante, realizan tal misión desde una perspectiva muy actual: la de la nueva evangelización, que tiene como objetivo aquellos que fueron bautizados, pero no suficientemente evangelizados.
Los Heraldos van en busca de los que se apartaron de la Iglesia, principalmente los que se ven envueltos en la mentalidad secularista y viven como si Dios no existiera.
Por lo tanto, es un trabajo muy actual. Así fue puesto de relieve en la Asamblea sinodal de 2012, en la que participé, y cuyo tema fue La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.
Los Heraldos del Evangelio son un don para toda la Iglesia, porque son al mismo tiempo misioneros y contemplativos. Viven como monjes, pero actúan en diversas partes de Brasil, sobre todo las hermanas, realizando misiones que tienen a Nuestra Señora como centro.
Viven para servir a los demás
Los miembros de los Heraldos viven de acuerdo con lo que es propio a un cristiano en general y según la castidad, obediencia y pobreza que caracterizan a un alma consagrada.
Aunque en su mayoría sean laicos, en sus casas llevan un modo de existencia sencilla, análoga a la de los monjes. Se dedican a la contemplación de Dios, en un ambiente de fraternidad y en espíritu de oración por toda la Iglesia.
Todos los movimientos eclesiales enfrentan en algún momento problemas, porque no están compuestos por ángeles, sino por seres humanos a los que el Espíritu Santo guía e ilumina.
Pero mirando la vida y la actuación de los Heraldos podemos constatar que siempre han permanecido fieles al Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia. Son personas que tienen a la Eucaristía en el centro de su existencia y viven no para sí, sino para servir a los demás.
Desarrollan un enorme bien en el campo de la asistencia social y en la atención a los pobres, sobre todo en la educación.
Aunque, en mi opinión, un punto fuerte de los Heraldos del Evangelio es evangelizar a través del arte, especialmente por medio de la música, mostrando la belleza del canto gregoriano.
Los Heraldos del Evangelio son una riqueza para toda la Iglesia y, como he dicho, un don de Dios para la Iglesia universal, porque están presentes en setenta y cinco países.