En el noticiario internacional de nuestros días se habla mucho del bloque latinoamericano como un todo, enfatizándose la idea de que éste constituye una inmensa familia de naciones, en el sentido católico de la palabra.

Un bloque, digamos, y así lo esperamos ardientemente, que aún ha de ser esculpido por la Providencia para convertirse en una de las obras maestras de la Historia.

Ahora bien, esa unidad de América Latina se vio corroborada justamente por el hecho de tener a una patrona bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, y la cohesión de ese todo es tan real que, en los dominios de María Santísima, constituye un feudo aparte, sobre el cual deposita particulares designios.

Misión de llevar a lo más alto la cultura católica

Es importante reconocer que América Latina representa la herencia legada por la Europa católica a este siglo y a los venideros.

El espíritu latino, riquísimo entre las variantes existentes en el género humano, posee singular aptitud para las cosas más elevadas —y, por tanto, para las verdades de la fe, para lo sobrenatural— que lo hace uno de los elementos más preciosos de la Iglesia Católica.

La latinidad conservó relativamente inmunes los valores más nobles de la tradición que la formó.

Los pueblos latinos se modernizaron menos que los americanos del norte y los europeos, y en eso consiste, bajo algunos aspectos, nuestro glorioso “subdesarrollo”: o sea, la distancia que aún nos separa de las cosas ruines llegadas con la modernidad.

Se percibe, por lo considerado arriba, que Iberoamérica tiene la misión de levantar y colocar en lo más alto la antorcha de la cultura latina católica, enteramente al servicio de la fe, para que brille en el mundo. Fuera de esto, ella carece de sentido.

Esa cultura católica está derribada, prostrada, pero revive en nuestro continente con todo el vigor de la juventud y con posibilidades de futuro, conservando y aumentando los legados recibidos de las expresiones culturales incomparables de la cristiandad europea.

Somos el renacimiento y el reflorecimiento de esos valores en las zonas protegidas por Nuestra Señora de Guadalupe.

Fervorosa súplica a la Virgen de Guadalupe

De modo que hemos de tener el alma bien preparada para pedirle a Ella, el día en que la celebramos: ante todo, que mantenga América Latina cada vez más sujeta y unida a Ella. Y, por eso mismo, con todos los vínculos que constituyen su cohesión aún más acentuados.

Y que ese inmenso potencial, en el momento apropiado, se levante para servir a la Santa Iglesia, convirtiéndose en el elemento mejor y más dinámico para formar una nueva civilización cristiana.

Uno tiene, en realidad, la impresión de que América Latina está reservada por la Virgen para ser el inmenso territorio donde la gloria de su Reino relucirá con mayor esplendor.

Así, podemos acrecentar esta súplica: “Nuestra Señora de Guadalupe, realiza en nosotros esos designios a fin de que, cuanto antes, venga sobre nosotros, para nosotros, el Reino de María. Amén”.