Cerca de la actual Naplusa, en un valle rodeado de laderas pobladas de viñedos y olivares, está situado el antiguo pozo de Jacob, escenario del famoso episodio de la samaritana narrado en el Evangelio.

En la época en que Jesús nació, el lugar estaba circundado por un conjunto de humildes casitas, entre ellas la de un agricultor ya entrado en años, que allí vivía con sus doce hijos.

Este buen hombre profesaba un afecto muy especial por su benjamina, a quien le enseñaba con esmero las tradiciones antiguas de los samaritanos y, por las noches, mientras juntos contemplaban las estrellas, la instruía sobre la prometedora venida del Taheb, el restaurador de las cosas.

Con precoz agudeza de espíritu, al oír las charlas en el templo del monte Garazín comprendía que un poderoso profeta liberaría al pueblo de la terrible situación en la que se encontraba.

Encantada con la idea del nacimiento de un Redentor, anhelaba conocerlo algún día a fin de servirlo. Por eso rezaba fervorosamente esta súplica:

—¡Oh cielos, enviad vuestro rocío y que la tierra dé como fruto, finalmente, al Salvador!

Los judíos esperaban a un Mesías que nacería en Belén de Judá. Ahora bien, la joven se preguntaba: ¿no sería Él también el Salvador de los samaritanos?

Y si lo fuera, ¿cómo iría hasta Samaria para enseñarles y salvarlos, pues judíos y samaritanos no se hablaban? En sus inocentes pensamientos, reflexionaba sobre una solución para dicho inconveniente...

Y con el paso del tiempo se forjaba en su alma la idea de que las profecías estaban a punto de cumplirse.

Cierto día, su padre, después de guardar el rebaño, entró en casa acariciándose su larga barba y se sentó en el diván patriarcal con aire muy serio.

Reunió a todos sus hijos y sirvientes y les comunicó que el emperador César Augusto, con el objeto de conocer la vastedad de sus dominios y la multitud de personas que gobernaba, había ordenado que se hiciera un censo en Palestina.

Todos los habitantes de la región tenían que dirigirse a las ciudades de sus antepasados para que se registraran allí y eso conllevaría que muchos judíos y galileos atravesaran Samaria buscando el camino más corto. En vista de este hecho, les dijo:

—Os he llamado para alertaros de que no provoquéis ninguna pelea con ellos, que serán muy numerosos los que pasen por aquí. Y no está de más recordaros la enemistad que nos separa y toméis cuidado de no entablar relaciones demasiado amistosas con quienes alimentan un odio de muerte contra nosotros.

Tales palabras dejaron pensativa y perpleja a la pequeña: ¿por qué hay tanta discordancia entre los dos pueblos? Entonces tuvo un intenso presentimiento, hasta el punto de que sentía que algo muy extraordinario pasaría en los próximos días...

Esa misma noche la joven tuvo un misterioso sueño, que la inundaría de esperanza. Parecía ser alrededor del mediodía y ella, ya en edad adulta, se dirigía al pozo de Jacob con un ánfora para dar de beber a sus ovejas. El sol arrojaba sus ardientes rayos sin clemencia.

Al llegar encontró a un hombre de aspecto majestuoso sentado a la vera del pozo. Le daba la impresión de que estaba cansado, quizá por haber andado bastante.

Cuando se fijó que se trataba de un judío se dispuso a llenar el recipiente con rapidez sin decir una sola palabra. No obstante, el hombre interrumpió su silencio.

—¿Me puedes dar un poco de agua?

Y en ese instante la joven se despertó de un sobresalto:

—Dios mío, ¡¡¡no se puede hablar con los judíos!!!

Pero tan fatigada estaba por la caliente jornada de trabajo del día anterior que enseguida se volvió a dormir y de nuevo soñó...

En esta ocasión se veía en un campo cercano al pozo, cuidando de las ovejas de su padre. De repente, divisó a los lejos a dos viajeros.

A medida que se acercaban percibió que se trataba de un noble personaje que llevaba una mula, sobre la que iba montada una distinguida mujer que estaba a punto de ser madre.

Al verlos extenuados sintió enorme deseo de ayudarlos. Buscó el ánfora y como todavía quedada agua se levantó presurosa, fue hasta ellos y...

—¡Despierta! ¡Vamos, que tu padre te llama!

¡Comenzaba un nuevo día! Se arregló con prontitud y se fue al campo para ejercer sus deberes de pastora. Mientras vigilaba pensativa el rebaño, que pastaba con rústica calma, ¡avistó a los dos viajeros del sueño!

Se levantó asombrada y, frotándose los ojos, verificó que no se trataba de un error. Tras comprobar que su ánfora aún contenía una buena cantidad de agua se fue en dirección a ellos.

Al acercarse se dio cuenta de que eran judíos, que iban a Nazaret a empadronarse. No obstante, una fuerza muy grande la impulsaba a dejar a un lado las tradiciones y ayudarlos.

Los abordó y les ofreció agua. Por su parte, ellos agradecieron a la joven su caritativa actitud y saciaron la sed complacidos. En amena conversación le explicaron el motivo del viaje y le contaron que el hijo de esa hermosa señora no tardaría en nacer.

Algo en el interior de la muchacha relacionaba a esa familia con las profecías que había oído desde muy pequeña. Además, sus fisonomías brillaban con una luminosidad toda ella especial. El Mesías esperado estaba más cerca de lo que imaginaba.

Tan impresionada se había quedado que les pidió que regresaran por el mismo camino para que pudiera conocer al niño, a lo que la mujer asintió con una afectuosa sonrisa.

Pero cuál no sería su sorpresa cuando el esposo de la admirable señora añadió:

—¡Que Dios recompense tu generosidad! Estate atenta... Llegará un día en el que se te ofrecerá agua viva, y quien de ella beba se saciará para siempre.

La joven samaritana ¡se acababa de encontrar con la Sagrada Familia! Los sueños que había tenido estaban explicados y, más importante que eso, todo indicaba que sus anhelos por la venida de un Redentor serían atendidos en breve.

A causa de la persecución de Herodes no les fue posible a María y José volver por el mismo camino.

La joven creció y, con el transcurso de los años, se fue desviando de la inocencia primera. Sin embargo, la promesa del distinguido varón permanecía viva en su alma.

Treinta años más tarde Jesús entró en Samaria y se encontró con aquella joven que en tiempos idos José y María habían conocido, una vez más junto al pozo de Jacob. Él le ofreció el agua viva de la gracia y ella la aceptó. El niño que en la época de su inocencia tanto había deseado conocer ¡se le manifestaba ahora como el Salvador!