Imaginemos cuán paradisíaca debía ser la convivencia de la Sagrada Familia en el seno de la humilde casa de Nazaret y qué hacía el pequeñito Niño Dios cuando al estar con hambre le pedía a su Madre algún alimento.

¿Qué le daría Ella a Jesús? ¿Un pedazo de pan? Si era esto, se trataría, evidentemente, de un manjar de primerísima categoría.

Porque si “el aroma del pan es la honestidad del panadero”, conforme se suele decir, ¿cómo sería el olor de una iguaria preparada por la Reina del Cielo y de la tierra?

Pero dejemos correr el tiempo y situémonos en la ciudad alemana de Dresde, a mediados del siglo XV. En esa época aún estaba en vigor en la Iglesia la llamada Butter-Verbot,1 que vetaba el consumo de mantequilla en los períodos de abstinencia.

Por ese motivo, los habitantes de Dresde preparaban durante el Adviento un pan llamado “Stollen”, hecho tan sólo de agua, levadura y aceite vegetal.

Su sabor desagradaba tanto a Ernesto de Sajonia y a su hermano Alberto que decidieron pedirle permiso al Papa Nicolás V para que incluyera mantequilla en su elaboración, al menos en las comidas hechas en la corte.

La petición, no obstante, fue rechazada por el pontífice. Perseverantes en su propósito, los príncipes siguieron insistiendo con cada uno de los Papas que lo sucedieron hasta que, por fin, Inocencio VIII los escuchó. En un primer momento únicamente los nobles eran los que se beneficiaban del privilegio, pero éste pronto se extendió a todo el pueblo.

Y con el paso de los años la preparación del Stollen fue siendo enriquecida hasta llegar a la receta actual: un pan levemente fermentado y dulce, que contiene mucha mantequilla, especias, frutos secos y fruta confitada, entre otros ingredientes.

Dependiendo de quien lo hace, adquiere un sabor propio. Las variantes se multiplicaron de generación en generación y no faltan los que mantienen en secreto la forma de prepararlo.

Pero se trata siempre de un pan típico de la época de Navidad, cuyo formato alargado y blanca cobertura recuerda a los alemanes la silueta del Niño Jesús envuelto en pañales.

El Stollen tiene, además, otra característica que evoca al divino Infante. Dicen los habitantes de Dresde que para que logre el punto ideal se debe empezar a hacerlo seis meses antes de las fechas navideñas, lo que lo convierte de algún modo en un símbolo del propio Adviento.

Nemo summo fit repenter”,2 reza el adagio latino... La Santísima Virgen tuvo que esperar nueve meses para dar a luz a su Hijo unigénito, durante los cuales creció a cada instante en sublime intimidad y relación amorosa con Él.

Y la Santa Iglesia, en su sabiduría, instituyó un tiempo de meditación y espera para perfeccionar nuestras almas con vistas a la Solemnidad de Navidad.

Así pues, mientras el Stollen reposa en el obrador del confitero alemán, o en la despensa de nuestro hogar, y María se prepara para la llegada del Niño Jesús, dispongamos nuestro espíritu para ese gran acontecimiento.

Ofrezcamos al Redentor nuestro corazón como acogedor abrigo, a fin de que, afectuosamente instalado, reine sobre cada uno de nosotros.


1 Del alemán: prohibición de mantequilla.
2 Del latín: “Nada de grandioso se hace de repente”.