En febrero de 2001 el Papa San Juan Pablo II conce día la aprobación pontificia a los Heraldos del Evangelio, constituyéndolos como una asociación privada de fieles y otorgándo les la misión de ser “mensajeros del Evangelio por intercesión del Corazón Inmaculado de María”.1
A partir de aquel momento las actividades de la asociación se exten dieron a decenas de países.
Los hijos espirituales de Mons. João Scognamiglio Clá Dias se volvieron cada vez más numerosos y surgió la necesidad de darles una asistencia espiritual adecuada.
En esa urgencia, el Espíritu Santo suscitó, en el seno de los Heraldos del Evangelio, vocaciones sacerdotales dedicadas a la aten ción de sus hermanos.
Esa necesidad fue al encuentro de un anhelo que desde hacía mucho tiempo se mantenía vivo en el fun dador de los Heraldos, el cual así lo expresó poco antes de recibir el sacramento del Orden:
Quiero unir me más a Jesús, quiero ser un vehí culo suyo para absolver a cuantos encuentre en busca del perdón divino, quiero ser consumido como una hostia a su servicio en beneficio de mis hermanos y hermanas.
Con ese deseo en el fondo de su alma, Mons. João Clá Dias y catorce miembros de su obra fueron ordena dos presbíteros por Mons. Lucio Ángelo Renna, OCarm, en la época obispo de Avezzano, Italia, quedando pro visionalmente incardinados en esa diócesis.
Surgía de esta manera el heraldo sacerdote y con él un nuevo tipo humano consonante con el carisma y la espiritualidad de la institución.
Fundación de la rama sacerdotal
En el 2005, el mismo prelado eri gió la sociedad clerical Virgo Flos Carmeli, cuyo considerable crecimiento llevó al Papa Benedicto XVI a reconocerla, el 21 de abril de 2009, como sociedad de vida apostólica de derecho pontificio, cuyo fundador y superior general era Mons. João Clá Dias.
Hoy más de 200 clérigos, hijos espirituales suyos, se encuentran in cardinados en dicha sociedad.
Siguiendo el ejemplo de su fundador, se esfuerzan por ser paternales en el trato, firmes en la doctrina, infatigables en el ejercicio del ministerio y extremamente impe cables en su conducta moral.
En los actos litúrgicos se comportan con eximia fidelidad a las rúbricas y al espíritu del rito instituido por la Iglesia.
La solemnidad en el ceremonial y en los gestos tiene por objetivo el hacer trasparecer cómo “en la liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén”.2
Ante la certeza de ser acogidos con celo pastoral, el número de fieles que buscan orientación en esos sacerdotes heraldos va en aumento.



La parroquia de Nuestra Señora de las Gracias
A finales de 2009 dos párrocos de Caieiras y de Mairiporã, al norte de la ciudad de São Paulo, solicitaron a la diócesis de Bragança Paulista la erección de una nueva parroquia que abarcara ese vasto territorio.
El obispo de entonces, Mons. José María Pinheiro, juzgó oportuna la petición y confió la nueva parroquia al cuidado de los sacerdotes heraldos, ya que muchas casas de la asociación se localizaban allí.
Sacerdotes heraldos empezaron, pues, a celebrar Misas, visitar a enfermos, predicar retiros, confesar, dar charlas e instruir a los fieles en los cursos de preparación para la recepción de los sacramentos.
En las trece comunidades que componen la parroquia, centenares de familias, antes distanciadas de la práctica religiosa, comenzaron a participar con entusiasmo en esas actividades. Así lo atestigua, por ejemplo, María de Lourdes Macedo:
Estábamos totalmente alejados de la Iglesia Católica. Mis hijas estaban bautizadas y habían hecho la Primera Comunión, pero sólo una de ellas había recibido la Confirmación.
Desde que recibimos la visita de los Heraldos invitándonos a ir a Misa, tuvimos la certeza de que a través de aquella institución seguiríamos nuestra fe. Y cada día que íbamos a Misa, queríamos ir más, participar más. Empezamos a tener sed de estar junto al Señor en el altar.
Hoy formamos parte de la pastoral y puedo afirmar que soy una católica de verdad. Participamos en las Misas, en las confesiones, en los cur sos de Teología, rezamos el Rosario... Cuando nos detenemos a reflexionar sobre la vida que llevábamos y la que llevamos hoy —o sea, sobre cómo era nuestra vida sin los Heraldos y cómo es ahora, con los Heraldos—, podemos decir que hemos renacido para Cristo.
Jesús y la Virgen tienen un propósito para todos nosotros y se sirvió de los Heraldos para que pudiéramos estar cada vez más cerca del Cielo.
Confesiones y atención a los enfermos
Pero no sólo es en la diócesis de Bragança Paulista donde los sacerdotes heraldos trabajan.
En la vecina archidiócesis de São Paulo se han convertido en confesores asiduos. Todos los jueves y viernes administran el sacramento de la Reconciliación en la catedral de la Sé y los sábados en la vecina iglesia de San Gonzalo.
A esto se añaden eventos como el ocurrido el 22 de septiembre, en el que quince sacerdotes de la asociación ayudaron a oír confesiones de los más de 50 000 jóvenes reunidos por la archidiócesis en Campo de Marte, en el barrio paulistano de Santana.
También en la catedral de la Sé todos los meses los Heraldos realizan, desde marzo de 2003, la ceremonia reparadora de los Primeros Sábados pedida por la Santísima Virgen en Fátima.
El programa comienza con el rezo del Rosario seguido de la meditación de los misterios del Rosario y de la celebración de la Santa Misa.
Durante ese tiempo numerosos sacerdotes de la institución permanecen a disposición de los fieles atendiendo confesiones en el propio templo.
La sociedad de vida apostólica Virgo Flos Carmeli mantiene en São Paulo una guardia de atención a los enfermos.
Un sacerdote y un hermano laico están siempre preparados para salir inmediatamente a fin de administrar la confesión, la comunión y la Unción de los Enfermos a los dolientes que necesiten dicho auxilio.
Doctores y maestros en Teología
Con el crecimiento de la rama sacerdotal muchos clérigos empezaron a dedicarse de modo especial a la formación académica, a fin de atender a las necesidades del cuerpo docente del seminario.
Actualmente, la sociedad Virgo Flos Carmeli cuenta con 36 doctores y 30 maestros, formados en diferentes áreas por las pontificias universidades Gregoriana, Santo Tomás de Aquino (Angelicum), Lateranense y Salesiana, de Roma, y por las de Salamanca (España) y Bolivariana, de Medellín (Colombia), así como por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima.
Algunos de esos clérigos heraldos, doctores en Teología o en Filosofía, han sido convocados para formar parte del jurado en defensas de tesis de maestría o doctorado en universidades pontificias.
Ese es el caso del P. Francisco Berrizbeitia Hernández, doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, o del P. Carlos Javier Werner Benjumea y del P. Antonio Jakoš Ilija, doctores en Teología por la Universidad Pontificia Bolivariana, de Medellín (Colombia).
Especialmente estrecha ha sido la colaboración con esa última universidad, en la que el P. Marcos Faes de Araújo, EP, impartió este año el curso Cuestiones de Teología III, “El casi condimento estético en Santo Tomás: ¿es legítimo deleitarse en la contemplación admirativa de la belleza?”.
Los miembros de la sociedad Virgo Flos Carmeli se dedican también a la formación espiritual, moral y cultural de los cooperadores de los Heraldos del Evangelio, y han impartido cursos de formación catequética para unidades del Ejército y de la Policía Militar del estado de São Paulo.
Asimismo, muchos de ellos son profesores y orientadores pedagógicos en centros de enseñanza relacionados con la institución.
Una comunidad misionera itinerante
Además, algunos clérigos forman parte de la comunidad misionera de los Heraldos denominada Caballería de María.
Estos sacerdotes, acompañados por jóvenes evangelizadores, auxilian a sacerdotes de todo Brasil, visitando hogares y establecimientos comerciales de la feligresía.
Invitan a todos a enfervorizarse en la fe, logrando que muchos regresen a la participación en la vida parroquial, frecuenten los sacramentos y se hagan diezmeros.
Al concluir una misión siempre entregan al párroco un listado, realizado casa por casa, sobre las necesidades sacramentales de los fieles.
En el período de la actividad misionera, que suele durar una semana, los sacerdotes heraldos inician el día con la celebración de la Misa.
A continuación, exponen el Santísimo Sacramento y, mientras algunos salen en misión, otros permanecen en adoración y confiesan a un gran número de personas que, después de haber recibido la visita de la imagen de la Virgen en su casa, buscan el sacramento de la Reconciliación.
Encantada con el trabajo realizado por esos sacerdotes misioneros en su parroquia, Aline Daniel Demarchi, de Lindoeste, afirma:
En todos los años que llevo viviendo en mi parroquia ya he presenciado muchos momentos de gracia y cuidado de Dios para con nosotros. Pero el paso de los Heraldos en nuestra ciudad ha sido un marco histórico y una bendición muy grande, un regalo de nuestra Madre.
Nuestra Madrecita nos ha cogido en sus brazos y nos ha mostrado cuánto nos ama. En nombre de toda nuestra parroquia quiero agradecerles a los Heraldos su visita, sus enseñanzas y su ejemplo de fe y vida. Hablo en especial acerca de cómo ha sido valioso vuestro testimonio para nuestros jóvenes y adolescentes.
Del mismo modo, Karla Rodrigues no deja de manifestar su admiración por el trabajo misionero hecho por la Caballería de María al pasar por su ciudad:
Me gustaría expresar mi encanto por la devoción, el celo y la imagen positiva que los Heraldos del Evangelio me han dado. Jamás podría imaginar que Nuestra Señora de Fátima me visitaría, y ellos la trajeron hasta mí...
Lástima que no ha sido una estancia permanente, porque —lo puedo decir con certeza y con el debido respeto— no me acuerdo de haber asistido a una celebración con tanto entusiasmo.
Si la Iglesia Católica se empeñara en mantener, difundir y multiplicar instituciones como esta, recibiría miles de fieles de vuelta... El pueblo está carente de lo bello y de lo acogedor...
Gracias por la visita y por la oportunidad. Estén siempre en la paz del Señor y que la mirada de la Virgen los guíe.
Durante las misiones se constituyen varios grupos para que peregrine el oratorio del Inmaculado Corazón de María por los hogares.
Numerosas familias pasan a beneficiarse de la devoción reparadora de los Primeros Sábados realizada en el encuentro mensual del oratorio en cada ciudad.
Lucy Roberta Perazzo, de Bauru, una de las coordinadoras del oratorio, agradecida por todas las gracias recibidas a través de ese apostolado, afirma:
En enero de 2014 recibimos a la Caballería de María y asumimos el compromiso con esta devoción mariana, que amamos.
Tenemos diez oratorios, que visitan a 280 familias. Es una bendición de Dios para nosotros. Y todos los primeros sábados del mes rezamos el Rosario con las familias, con mucha devoción y amor, y participamos en la Santa Misa.
Les estamos agradecidos por todo y por las gracias recibidas por esta devoción. Que Dios continúe bendiciendo la misión de ustedes.



La fuerza y la eficacia están en la oración
A pesar de todas estas actividades, los sacerdotes heraldos no dejan de tener la principal atención puesta en la realización de sus obligaciones para con Dios, sabiendo que la fuerza y la eficacia de toda y cualquier evangelización están en la oración.
El día a día de estos presbíteros, además de ser asumido por los compromisos de su ministerio, está dirigido con especial celo a los deberes de la vida espiritual.
Dedican más de dos horas al rezo de la Liturgia de las Horas, el Rosario y otras oraciones particulares.
Además de eso, celebran dos Misas para distintos grupos de la institución y procuran reservar los primeros momentos del día a la adoración eucarística, oración, meditación y lectura espiritual, participando también en los actos en conjunto de la comunidad.
De esta manera, el sacerdote heraldo vive no solamente para evangelizar y administrar los sacramentos, sino sobre todo para, según las reglas de la institución, perfeccionarse y santificarse.
Aunque se encuentre en este mundo hecho de indiferencia religiosa e incredulidad, se muestra sensible al llamamiento de la gracia en su interior: “¡Sé santo!”, enseña San Alfonso María de Ligorio.3 Ésa es la meta que debe orientar la vida de cada uno de nosotros.