"El fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes; sus cicatrices nos curaron” (cf. Is 53, 5).

Ante estas palabras de Isaías cualquiera de nosotros no duda en aplicarlas al Cordero Inmolado, quien con su preciosísima sangre nos liberó del demonio y nos abrió las puertas del Reino eterno.

Sin embargo, al examinar la vida de los santos nos encontramos con algunos a los que Dios quiso hacerlos partícipes de una manera especial en la acción redentora de su divino Hijo.

Son las llamadas víctimas expiatorias, cuyos sufrimientos y oraciones a favor de los injustos se elevan hasta el trono de la Santísima Trinidad como ofrenda de suave olor.

Entre esas almas privilegiadas cabe mencionar a los santos Jacinta y Francisco Marto, los pastorcitos de Fátima, o a Santa Bernadette Soubirous.

Siendo aún niños oyeron de los propios labios de la Virgen la invitación a que se ofrecieran en holocausto por la conversión de los pecadores, y lo aceptaron de forma admirable.

En la lista de los siervos de Dios que se ofrecieron como víctimas expiatorias podemos agregar a una humilde monja carmelita que vivió en la Guatemala del siglo XIX: la Madre María Teresa de la Santísima Trinidad.

Dios la eligió para derramar sobre ella las maravillas de su gracia a la vez que la sometía a las pruebas más horribles.1

Piadosa infancia y adolescencia

Todo empezó en el año 1753, cuando Juan Fermín de Aycinena e Irigoyen, español de Navarra, atravesó el océano para establecerse en la Capitanía General de Guatemala.

Tras haber enviudado, en dos ocasiones, se casó con Micaela Piñol y Muñoz, y como fruto de este matrimonio nació, el 15 de abril de 1784, su hija primogénita: María Teresa de Jesús Anastasia Cayetana.

La formación que recibió de su madre, orientada por la doctrina cristiana, la llevó a sentir desde su infancia un enorme desprecio por las cosas del mundo.

Jamás un vestido o joyas le llamaron la atención; al contrario, sólo se sentía satisfecha en la Misa, en el Rosario y en la oración.

Siendo aún muy pequeña hizo el firme propósito de no pasar nunca un día sin que fuera a visitar al Santísimo Sacramento. En esos piadosos encuentros el divino Redentor se le manifestaba místicamente sin que ella, al ser tan niña, pudiera comprender la magnitud de las gracias recibidas.

Al llegar a la adolescencia, María Teresa se aplicó con fervor en los ejercicios espirituales, disciplinándose frecuentemente con el cilicio.

Y al cumplir los 13 años decidió hacer voto de castidad ante una imagen de San José, a quien tomó como padrino.

Su vocación religiosa es puesta a prueba

No había cumplido aún los 12 años cuando presenció la muerte de su padre, al cual había acompañado un año entero durante su penosa enfermedad, aceptada con cristiana resignación.

Este triste episodio derivó en una difícil etapa en la vida de María Teresa, caracterizada por espantosas pruebas interiores. En esa época, “el desaliento, la tibieza, vienen en tropel a combatir su pobrecita alma y a llenarla del más terrible desconsuelo y amargura”, escribe el P. Ildefonso Albores, su principal biógrafo.2

Los deseos de consagrase enteramente a Dios, otrora tan vivos, dejaron de manifestarse en su alma. Tomada por una tremenda aridez espiritual, aquella que tanto había deseado ser esposa de Cristo llegó a arrepentirse por haber hecho la promesa de castidad.

Por entonces, un joven de buena familia le declaró su deseo de unirse a ella en matrimonio, pero fue rechazado con energía. No obstante, cuando un caballero de la alta sociedad le propuso un ventajoso casamiento, su corazón vaciló.

Perturbada e indescriptiblemente afligida, la joven, que en aquel tiempo tenía 17 años, optó por entregarse a la oración, ejercicios y lecturas espirituales con renovado ahínco.

Y cuando la tormenta había pasado entendió que solamente en el recogimiento su alma encontraba la verdadera paz. Así que tomó la firme resolución de seguir la vida religiosa.

En el camino de su Señor crucificado

Tras superar una larga enfermedad y vencer la oposición de los médicos, María Teresa finalmente ingresó en el convento de las Carmelitas Descalzas, de Santiago de Guatemala.

El 21 de noviembre de 1807 recibió el hábito y con él el nombre de María Teresa de la Santísima Trinidad. Un año después hizo la profesión solemne, una vez más en medio de horrendas pruebas interiores.

En la vida conventual ejerció los más variados oficios, dando siempre ejemplo de obediencia, observancia de la Regla, modestia y desprendimiento.

En la época en que ejercía el cargo de enfermera vemos una muestra de su generosidad, como ella misma confesó: “Las enfermedades de las hermanas me han sido un doloroso martirio, y mil vidas diera yo porque recobraran la salud”.3

Durante el período en el que fue maestra de novicias hizo florecer en el convento toda clase de virtudes y perfecciones por el ejemplo y por la manera suave, prudente y caritativa con que las formaba.

Todo ello era fruto de una vida interior que desde su ingreso en el Carmelo trató de reflejar en el camino de su Señor crucificado, a quien única y exclusivamente buscaba agradar y servir.

Así, en pocos años de vida consagrada, esta heroica esposa de Cristo se encontraba preparada para el comienzo de la gran batalla que Él le reservaba.

Grandes padecimientos le purificaron su alma

Desde pequeña siempre había tenido una salud muy frágil, pero a los cuatro años de su profesión las enfermedades se volvieron más penosas y frecuentes.

Es atacada por dolores de estómago durante mucho tiempo; altas fiebres periódicas la consumen y debilitan; agudas jaquecas la atormentan reiteradamente...

Y en una caída, ocurrida el 21 de diciembre de 1814, se fractura los huesos de la cadera, dejándola impedida de andar y causándole las más desagradables molestias.

En abril del año siguiente empezó a padecer una insoportable dolencia que la dejó prostrada muchísimos meses. Sufría convulsiones, sobre todo por las noches, sin que ninguna parte de su cuerpo quedara libre de ese martirio. En dos ocasiones estuvo a las puertas de la muerte.

A los dolores físicos se sumaron las arideces interiores que la atormentaban desde hacía tiempo y la acción de los espíritus malignos, que “la torturaron de una manera indecible durante el período más penoso de las enfermedades porque tuvo que pasar. Afligen su alma hasta donde no puede calcularse”.4

Todas las pruebas que el Señor hizo que experimentara fueron aceptadas por ella con espléndida resignación. Esto purificó su espíritu y la elevó a un altísimo grado de unión con Dios, convirtiéndola en merecedora de dones místicos extraordinarios.

Recibe los dolorosos signos de la Pasión En 1812 la Madre María Teresa le pidió a Jesús la gracia de experimentar su acerbísima Pasión y, poco después, sus anhelos comenzaron a ser atendidos. He aquí cómo lo cuenta ella misma:

Estando un día en mi celda como a la una y media de la tarde, colocada como de costumbre sobre la cruz, y recogida en oración, vi al divino Jesús que se acercó a mí en forma de viador.

Traía un clavo en la mano; y con indecible ternura y exquisita suavidad me dijo: ‘Puesto que tanto me lo pides y no puedo negártelo, aquí tienes esta insignia de mi dolorosísima Pasión’, y diciendo esto lo fijó Él mismo, desde el lado derecho, al vértice o coronilla de mi cabeza.

Tocando aquella parte de la cabeza que me dolía terriblemente, hallé en la realidad la cabeza del clavo cubierta con el cutis.5

Al año siguiente Jesús le impuso la corona de espinas y en 1816 le fueron impresas las llagas de la Pasión.

Mons. Ramón Casaus y Torres, OP, arzobispo de Guatemala, al visitarla con ocasión del Viernes de Dolores, pudo constatar, edificado, la presencia de esos signos en las manos y en los pies de la religiosa.

También en esa época su corazón fue traspasado con un dardo de oro por el arcángel San Miguel, produciéndole dolores de muerte, y se le formó una vez más en uno de sus dedos de la mano una especie de anillo esponsalicio, portento que pudo ser contemplado por todas las religiosas.

Crucifixiones y desposorio espiritual

Reflexionando sobre esos fenómenos místicos, comenta su biógrafo: “Con el clavo, la corona y las llagas tiene ya notabilísimas señales de la Pasión de su adorable Jesús, ricas insignias de abnegación y de dolor con que se ve singularmente favorecida; pero le falta la cruz, le falta quedar clavada en ella”.6

Del 8 de marzo al 11 de octubre de 1816 permanecía casi todos los viernes crucificada, es decir, fijada a una cruz desde el mediodía hasta las tres de la tarde. En ese período pasaba por las agonías de la muerte y llegaba a morir místicamente.

Pero en medio de tan dolorosos sufrimientos recibía inefables consolaciones en forma de éxtasis y arrobamientos. El día de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen estuvo un tiempo suspendida en el aire después de haber comulgado.

Y el 24 de septiembre, habiendo quedado fuera de sí durante la acción de gracias, recibió la merced del desposorio espiritual con su adorado Jesús.

Por mucho que la religiosa no escatimara esfuerzos por mantener en secreto los dones recibidos era inevitable que toda la comunidad se enterara de ellos.

Y poco tiempo después las conversaciones en toda la ciudad giraban en torno a lo sucedido a la Sierva de Dios.

A indicación del arzobispo, quien deseaba que se conociera la veracidad de los hechos, muchas autoridades eclesiásticas y civiles presenciaron los famosos éxtasis y crucifixiones.

Entre los testimonios que nos dejaron cabe destacar los tres informes escritos por fray José Buenaventura Villageliu, OFM, encargado por Mons. Casaus de dirigirla espiritualmente de 1816 a 1821.7

Pinturas hechas con sangre por los ángeles

El 21 de junio de 1816, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, después de haber recibido la comunión, María Teresa entró en éxtasis, como ya era habitual entonces.

No obstante, las religiosas notaron que durante su coloquio con el divino Esposo empezaba a formarse una imagen en el velo de algodón que cubría su cabeza. Era el dibujo de un corazón teñido del color de la sangre fresca.

Tras una rigurosa revisión realizada en su celda pudo comprobarse la imposibilidad de que hubiera sido dibujado por María Teresa y se llegó a la conclusión de que había sido pintado por ángeles usando la sangre de sus llagas.

Después de esto empezaron a ponerle en las manos de la carmelita lienzos de tela o de papel cada vez que entraba en éxtasis, y quedaban estampados con figuras y decires relacionados con la Pasión del Señor: corazones, cruces, coronas de espinas, clavos, lanzas, anillos y los nombres de Jesús, de María y de José.

Meses más tarde aparecieron también cartas escritas por ángeles y santos. Mons. Ramón Casaus llegó a reunir cuarenta y nueve misivas de los espíritus celestiales, dos de San Luis Gonzaga, una de Santa Teresa y otra de San Francisco de Sales.

Uno de los lienzos milagrosamente dibujados por los ángeles
Documento firmado por el arzobispo que atestigua el milagro

Dos veces en la cárcel del convento

En algunas de esas cartas celestiales se daban órdenes al arzobispo. Dos de ellas, por ejemplo, le mandaban que metiera a la mística en la cárcel del convento durante algunos días, pues “quiere el Señor ser honorificado en esta alma”.8

Así, el 10 de diciembre, entre las lágrimas de toda la comunidad, María Teresa fue llevada de muletas a la cárcel por primera vez.

Aceptó el castigo con entera humildad y sin pedir explicaciones, quedando presa once días. El 31 de enero de 1817, fue nuevamente encarcelada, esta vez varias semanas.

Llegado el día de liberarla, se constató que se encontraba en un estado de salud deplorable.

El arzobispo ordenó que le quitaran las cadenas de los pies y, al ver con cuanta dificultad caminaba apoyada en muletas, le dijo: “En el nombre de Jesucristo te mando por obediencia, que dejes las muletas, y andes sin ellas, buena y sana”.9

Al oír esto, las soltó inmediatamente, se puso en pie y asentó las plantas de los pies sobre el suelo.

Envidia y calumnias de algunas religiosas

Sana y restablecida, la Madre María Teresa comenzó a ocuparse de los trabajos de cocina y otros servicios de la comunidad. Ejerció las funciones de sacristana y, una vez más, de maestra de novicias.

Fue consejera de las más distinguidas matronas de la ciudad, que a ella acudían para pedirle orientación. Al ver la vida común perfectamente establecida en el convento, hizo diligencias ante el rey para fundar un nuevo monasterio en la ciudad.

Mientras tanto, los éxtasis y demás fenómenos místicos no habían cesado. Aparte de conservar los signos de la Pasión, en ciertos días difundía un extraordinario perfume por los sitios por donde pasaba.

La Madre María Teresa despertaba admiración, pero también envidias.

Dos o tres religiosas bastante desafectas a ella, por la observancia que había conseguido imponer en el convento, aseguraron que la vieron extraer su propia sangre con navajas y alfileres, poner perfumes en su celda y otras calumnias del género.

Las acusaciones, aunque falsas, fueron en aumento hasta llegar al rey y, por él, al Tribunal de la Inquisición. Personas que antes la admiraban la convirtieron en el blanco de escarnios y burlas.

Médicos impíos se empeñaron en hacer que cicatrizaran las llagas de las manos y de los pies usando para ello sustancias tóxicas y otras fechorías.

Público reconocimiento de sus virtudes

Los tormentos y contradicciones se prolongarían décadas hasta que, ya con 57 años, María Teresa sintió que se acercaban sus postreros días.

Cuando pidió los últimos sacramentos toda la comunidad lloró copiosamente, al comprender que enseguida la perderían.

El 29 de noviembre de 1841, a las cuatro y media de la mañana, sus ojos se cerraron y su alma dejó la tierra para siempre.

La ciudad entera proclamaba su nombre y el sentimiento popular era tan intenso que fueron necesarios guardias que pusieran orden en la iglesia donde su cuerpo estaba siendo velado.

Así eran reconocidas las virtudes de esta alma que fue receptáculo de bellísimas demostraciones de amor de Jesús, el cual sabe premiar con abundancia a aquellos que combaten por Él contra el demonio, el mundo y la carne.

Aunque aún no ha sido elevada a la honra de los altares, por su resignación ante los sufrimientos y audacia en buscar la mayor gloria de Dios, María Teresa de la Santísima Trinidad es un ejemplo para toda América como prefigura de los santos que la Providencia quiere suscitar en estas tierras.

Hagamos, por tanto, todo lo que esté a nuestro alcance para que, siguiendo los pasos de esta virtuosa carmelita americana, honremos con nuestras vidas el amor que el Sagrado Corazón de Jesús tiene por cada uno de nosotros.

La Madre María Teresa con el hábito de profesa - Museo Archidiocesano de Guatemala

1 Más información sobre la vida y escritos de esta Sierva de Dios, así como noticias actualizadas acerca del proceso de beatificación, se puede encontrar en madremariateresa.org.
2 ALBORES, Ildefonso. Vida de Sor María Teresa de la Santísima Trinidad Aycinena. Guatemala de la Asunción: San Pablo, 2006, p. 23.
3 Idem, p. 32.
4 Idem, p. 38.
5 Idem, p. 42-43.
6 Idem, p. 46.
7En madremariateresa.org existen copias del facsímil de esos informes.
8 ALBORES, op. cit., p. 54.
9 Idem, p. 56.