Capítulo VII
Efectos maravillosos que esta devoción produce en un alma que le sea fiel
213. Persuadíos, mi querido hermano, de que si os hacéis fiel a las prácticas interiores y exteriores de esta devoción que a continuación os indico:
Artículo I
Conocimiento y menosprecio de sí mismo
Por la luz que el Espíritu Santo os dará por medio de María, su querida Esposa, conoceréis vuestro mal fondo, vuestra corrupción y vuestra incapacidad para hacer toda forma de bien, y en consecuencia de este conocimiento, os menospreciaréis, no pensando en vos más que con horror. Os consideraréis como un caracol que todo lo mancha con su baba, o como un sapo que todo lo emponzoña con su veneno, o como una serpiente maliciosa, que no busca sino engañar. En fin, la humilísima María os hará partícipe de su profunda humildad, que hará que os menospreciéis, que no menospreciéis a nadie y que améis el menosprecio.
Artículo II
Participación en la Fe de María
214. La Santísima Virgen os dará parte en su fe, que ha sido más grande sobre la tierra que la fe de todos los patriarcas, los profetas, los apóstoles y todos los santos. Al presente, que Ella reina en los cielos, no tiene más esta fe, pues Ella ve claramente todas las cosas en Dios por la luz de la gloria; entre tanto, con el agrado del Altísimo, no la ha perdido entrando en la gloria, sino que la ha conservado para guardar en la Iglesia militante a sus más fieles servidores y siervas. Cuanto más, entonces, ganareis la benevolencia de esta augusta Princesa y Virgen fiel, tanto mayor será la pura fe que conservaréis en toda vuestra conducta: una fe pura, que hará que apenas atendáis a lo sensible y extraordinario; una fe viva y animada por la caridad, por la que vuestras acciones serán movidas exclusivamente por un puro amor; una fe firme e inconmovible como una roca, que hará que permanezcáis firme y constante en medio de las tempestades y de las tormentas; una fe actuante y penetrante, que cual misteriosa ganzúa, os dará entrada en todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos del hombre, y en el corazón del mismo Dios; una fe valerosa para emprender y llevar a cabo sin vacilación grandes empresas por Dios y por la salvación de los hombres; en fin, una fe que será vuestra antorcha inflamada, vuestra vida divina, vuestro tesoro escondido de la divina Sabiduría, y vuestra arma todo poderosa, de todo lo cual os serviréis para alumbrar a los que andan en las tinieblas y sombras de la muerte, para abrasar a aquellos que son tibios y tienen necesidad del oro encendido de la caridad; para dar la vida a los que están muertos por el pecado, para tocar y derribar con vuestras palabras dulces y poderosas, los corazones de mármol y los cedros del Líbano, y por último, para resistir al diablo y a todos los enemigos de la salvación.
Artículo III
Gracia del Puro Amor
215. Esta Madre del Amor Hermoso, quitará de vuestro corazón todo escrúpulo y todo temor servil; Ella lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios y para introducir en él ese puro amor del cual Ella es tesorera; de tal manera que en adelante no os conduzcáis más, conforme lo habéis hecho, por el temor de Dios, que es caridad, sino por puro amor. Lo miraréis como vuestro bondadoso Padre a quien os afanaréis por complacer incesantemente, con quien conversaréis confidencialmente como un hijo en relación a su buen padre. Si acabareis infelizmente de ofenderlo, os humillaréis prontamente ante Él, le pediréis perdón humildemente, le tenderéis la mano con sencillez, y os levantaréis de nuevo amorosamente sin turbación ni inquietud, y continuaréis caminando hacia Él sin desaliento.
Artículo IV
Gran Confianza en Dios y en María
216. La Santísima Virgen os llenará de una gran confianza en Dios y en Ella misma: 1.– Porque no os aproximaréis más de Jesucristo por vos mismo, sino siempre por medio de esta cariñosa Madre.
2.– Pues, habiéndole dado todos vuestros méritos, gracias y satisfacciones, para que de ellos disponga según su voluntad, Ella os comunicará sus virtudes y os revestirá de sus méritos, de tal suerte que podáis decir a Dios con confianza: “He aquí a María vuestra sierva; que se haga en mí según tu palabra: Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum” (Lc 1, 38). 3.– Porque habiéndoos dado a Ella enteramente en cuerpo y alma, Ella, que es generosa con los generosos y más generosa que los generosos mismos, se os entregará de una manera maravillosa pero verdadera; de tal modo que podréis decirle con atrevimiento: “Tuus sum ego, salvum me fac: Yo soy vuestro, Santísima Virgen, salvadme”, o como ya lo he dicho con el discípulo amado: “Accepi te in mea: Os he tomado, Madre Santísima, por todos mis bienes.” Podréis aún decir con San Buenaventura: “Ecce Domina salvatrix mea, fiducialiter agam, et non timebo, quia fortitudo mea, et laus mea in Domino es tu...;” y en otro lugar: “Tuus totus ego sum, et omnia mea tua sunt; o Virgo gloriosa, super omnia benedicta, ponam te ut signaculum super cor meum, quia fortis est ut mors dilectio tua: Mi querida Señora y Salvadora, actuaré con confianza y no temeré, porque Vos sois mi fuerza y mi alabanza en el Señor... Yo soy todo vuestro, y todo lo mío os pertenece. ¡Oh Virgen gloriosa, bendita por sobre todas las cosas creadas! ¡Que yo os ponga como un sello sobre mi corazón, pues vuestro amor es fuerte como la muerte!”. Podréis decir a Dios según los sentimientos del Profeta: “Domine, non est exaltatum cor meum, neque elati sunt oculi mei; neque ambulavi in magnis, neque in mirabilibus super me; si non humiliter sentieban, sed exaltavi animam meam; sicut ablactatus est super matre sua, ita retributio in anima mea (Sal 130, 1-2): Señor, ni mi corazón ni mis ojos tienen motivo para elevarse y enorgullecerse, ni para buscar las cosas grandes y maravillosas; y a pesar de esto, yo aún no soy humilde; pero he levantado y alentado mi alma por la confianza; yo soy como un niño destetado de los placeres de la tierra y apoyado en el seno de mi madre; y es sobre este seno que se me colma de bienes.”
4.– Lo que aumentará aún vuestra confianza en Ella es que, habiéndole entregado en depósito todo cuanto tenéis de bueno para darlo o guardarlo, tendréis menos confianza en vos y mucho más en Ella, que es vuestro tesoro. ¡Oh, qué confianza y qué consuelo tiene un alma que puede afirmar que el tesoro de Dios, donde Él ha puesto lo más precioso, es también el suyo! Ipsa est thesaurus Domini : Ella es –dice un santo– el tesoro del Señor.
Artículo V
Comunicación del Alma y del Espíritu de María
217. El alma de la Santísima Virgen se os comunicará para glorificar al Señor; su espíritu entrará en el lugar del vuestro para alegrarse en Dios, su Salvador, con tal de que permanezcáis fiel a las prácticas de esta devoción. “Sit in singulis anima Mariae, ut magnificet Dominum; sit in singulis spiritus Mariae, ut exultet in Deo: Que el alma de María esté en cada uno, para glorificar en él al Señor; que el espíritu de María esté en cada uno, para allí regocijarse en Dios”. ¡Ah!, ¿Cuándo vendrá este tiempo dichoso? –dice un santo varón de nuestros días, que estaba como anonadado en María– ¡Ah! ¿Cuándo vendrá este tiempo venturoso en que la divina María será reconocida señora y soberana en los corazones, a fin de someterlos plenamente al imperio de su grande y único Jesús? ¿Cuándo respirarán las almas a María, como los cuerpos respiran el aire? Entonces cosas maravillosas se verán en este lugar de miserias, porque el Espíritu Santo, viendo a su querida Esposa como reproducida en las almas, vendrá a ellas con abundancia y las llenará con sus dones, particularmente el don de su sabiduría, para obrar maravillas de gracias. Mi querido hermano, ¿cuándo vendrá ese tiempo feliz y ese siglo de María, en que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por María, sumergiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformarán en copias vivas de María para amar y glorificar a Jesucristo? Este tiempo no llegará sino cuando se conociere y practicare la devoción que yo enseño: Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariae.
Artículo VI
Transformación de las almas enMaría, a imagen de Cristo
218. Si María, que es el árbol de la vida, es bien cultivada en nuestra alma por la fidelidad a las prácticas de esta devoción, Ella dará su fruto en su debido tiempo; y su fruto no es otro que Jesucristo. Yo veo a tantos devotos y devotos que buscan a Jesucristo, los unos por una vía y una práctica; los otros por otra; y a menudo, después de haber trabajado mucho durante la noche, ellos pueden decir: “Per totam noctem laborantes, nihil cepimus (Lc 5, 5): A pesar de que hemos trabajado durante toda la noche, no hemos cogido nada”. Y se les puede decir: “Laborastis multum, et intulistis parum: Mucho habéis trabajado, y poco habéis ganado”. Jesucristo aún es muy débil en vosotros. Pero por el camino inmaculado de María y esta práctica divina que os enseño, se trabaja durante el día, se trabaja en un lugar santo, se trabaja poco: No hay noche en María, pues en Ella no ha habido pecado, ni aún la menor sombra. María es un lugar santo, y el Santo de los santos, donde los santos son formados y moldeados.
219. Resaltad, os lo ruego, esto que digo: que los santos son moldeados en María. Hay una gran diferencia entre hacer una figura en relieve a golpes de martillo y cincel, y una figura vaciada en un molde: los escultores y estatuarios trabajan mucho haciendo las figuras de la primera manera, y les es preciso mucho tiempo; pero hacerlas según la segunda forma, supone poco trabajo, y se emplea poquísimo tiempo. San Agustín llama a la Santísima Virgen forma Dei : el molde de Dios: “Si formam Dei appelem, digna existis”; el molde propio para formar y moldear dioses. Quien es echado en ese molde divino es prontamente formado y moldeado en Jesucristo y Jesucristo en él: con poco gasto, y en poco tiempo se convertirá en dios, pues es echado en el mismo molde que ha formado a un Dios.
220. Me parece que se podría plenamente comparar a estos directores y personas devotas –que desean formar a Jesucristo en sí mismos o en los otros con prácticas diferentes a ésta–, con escultores que poniendo su confianza en su habilidad, su industria y su arte, dan una infinidad de martillazos y golpes de cincel a una piedra dura, o a un pedazo de madera burda, para hacer una imagen de Jesucristo; y algunas veces no aciertan con la representación de Jesucristo al natural, ya sea por la falta de conocimiento y de experiencia de la persona de Jesucristo, ya a causa de algún golpe mal dado que ha estropeado la obra. Pero para aquellos que abrazan este secreto de la gracia que yo les presento, los comparo con razón a esos fundidores y moldeadores que, habiendo encontrado el bello molde de María, en que Jesucristo ha sido natural y divinamente formado, sin fiarse en su propia industria, sino únicamente en la bondad del molde, se arrojan y pierden en María, para transformarse en el retrato al natural de Jesucristo.
221. ¡Oh bella y verdadera comparación! Pero, ¿quién la comprenderá? Desearía que fueseis vos, mi querido hermano. Pero acordaos que no se echa en un molde sino lo que está fundido y líquido; es decir, que es necesario destruir y fundir en vos al viejo Adán, para transformarse en el nuevo, en María.
Artículo VII
La mayor gloria de Cristo
222. Por medio de esta práctica fielmente observada, daréis a Jesucristo más gloria en un mes, que por cualquier otra, aunque más difícil, en muchos años. He aquí las razones en que me fundo:
1º– Porque realizando todas vuestras acciones por medio de la Santísima Virgen, según enseña esta práctica, abandonáis vuestras propias intenciones y operaciones, aunque buenas y conocidas, para perderos por así decir en las de la Santísima Virgen, aunque ellas os sean desconocidas; y por ello entráis a participar de la sublimidad de sus intenciones, que han sido tan puras, que ha dado mayor gloria a Dios por la menor de estas, por ejemplo hilando en la rueca, o dando una puntada con la aguja, que un San Lorenzo asado en su parrilla, por medio de este cruel martirio, y más aún que todos los santos con sus más heroicas acciones: esto hace que, durante su vida en la tierra, Ella haya adquirido un cúmulo tan inefable de gracias y de méritos, que primero se contarían todas las estrellas del firmamento, las gotas de agua del mar, y los granitos de arena de sus orillas, que sus méritos y sus gracias; y que ella ha dado más gloria a Dios que cuanta le han dado y vendrán a darle todos los ángeles y santos. ¡Oh prodigio de María! ¡Vos no sois capaz sino de hacer prodigios de gracia en las almas que desean perderse en Vos!
223. 2º– Porque por medio de esta práctica para un alma fiel no cuenta en nada cualquier cosa que ella piense o haga, y una vez que no pone su apoyo y su complacencia sino en las disposiciones de María para aproximarse a Jesucristo y hasta para hablarle, ella practica mucho más la humildad que las almas que actúan por sí mismas, y que tienen aunque imperceptiblemente, un apoyo y una complacencia en sus propias disposiciones; y, en consecuencia, glorifica más altamente a Dios, quien no es perfectamente glorificado más que por los humildes y sencillos de corazón.
224. 3º– Porque la Santísima Virgen, deseando por su gran caridad recibir en sus manos virginales el presente de nuestras acciones, les confiere una belleza y un brillo admirables; las ofrece por sí misma a Jesucristo, siendo de esta manera más glorificado Nuestro Señor, que si las ofreciéramos por nuestras manos criminales.
225. 4º– En fin, porque vos no pensáis nunca en María, sin que Ella en vuestro lugar piense en Dios; no alabáis ni honráis jamás a María, sin que Ella con vos alabe y honre a Dios. María es toda relativa a Dios, y me atrevo a llamarla la relación de Dios, pues no existe sino respecto a Él, o el eco de Dios, que no dice ni repite otra cosa sino Dios. Si decís María, Ella dice Dios. Santa Isabel alaba a María y la llama bienaventurada porque había creído; María, el eco fiel de Dios, exclamó: “Magnificat anima mea Dominum (Lc 1, 46): Mi alma glorifica al Señor”. Lo que María ha hecho en esta ocasión, lo repite todos los días; cuando se la alaba, se la ama, se la honra, o se entrega a Ella, Dios es alabado, Dios es amado, Dios es honrado, se entrega la persona a Dios por María y en María.