La Santísima Virgen y sus esclavos de amor
201. Veamos ahora los caritativos oficios que la Santísima Virgen, como la mejor de todas las madres, ejerce con sus fieles servidores, que se han entregado a Ella de la manera que he mostrado, y según la figura de Jacob.
1. Ella los ama “Ego diligentes me diligo: Yo amo a aquellos que me aman”. Ella los ama: 1.– Porque Ella es su Madre verdadera: ahora bien, una madre ama siempre a su hijo, el fruto de sus entrañas; 2.– Ella los ama por reconocimiento, porque efectivamente ellos la aman como a su cariñosa Madre; 3.– Ella los ama, porque siendo predestinados, Dios los ama: Jacob dilexi. Esaú autem odio habui; 4.– Los ama, porque ellos se han consagrado enteramente a Ella, y porque son su porción y su herencia: In Israel haereditare.
202. Ella los ama tiernamente, y más tiernamente que todas las madres reunidas. Poned, si podéis, todo el amor natural que las madres de todo el mundo tienen en relación a sus hijos, en un mismo corazón de una madre por su hijo único; ciertamente esta madre amará mucho a este hijo; sin embargo, es verdad que María ama mucho más tiernamente aún a sus hijos, de lo que esta madre amaría al suyo. Ella no los ama solamente con afecto, sino con eficacia. Su amor hacia ellos es activo y efectivo, como el de Rebeca por Jacob, y aún más. He aquí lo que esta bondadosa Madre, de quien Rebeca no era sino la figura, hace por obtener para sus hijos la bendición del Padre celestial:
203. 1º– Ella espía como Rebeca las ocasiones favorables para hacerles el bien, engrandecerles y enriquecerles. Como ve claramente en Dios todos los bienes y los males, las buenas y malas fortunas, las bendiciones y maldiciones de Dios, dispone de lejos las cosas para eximir de toda suerte de males a sus servidores y colmarlos de todo género de bienes; de tal modo que si hay un buen negocio para realizar ante Dios, por la fidelidad de una criatura a cualquier empleo importante, es seguro que María procurará esta buena fortuna a algunos de sus buenos hijos y servidores, y les dará la gracia para llevarlo a cabo con fidelidad. Ipsa procurat negotia nostra, dice un santo.
204. 2º– Ella les da buenos consejos, como Rebeca a Jacob: Fili mi, aquiesce consiliis meis: Hijo mío, sigue mis consejos (Gen. 27, 8). Y entre otros consejos, ella les inspira le lleven dos cabritos, es decir, su cuerpo y su alma, consagrárselos para hacer un guiso que sea agradable a Dios, y hacer todo lo que Jesucristo, su Hijo, ha enseñado con sus palabras y sus ejemplos. Y si no es por sí misma que Ella les da esos consejos, es por el ministerio de los ángeles, que no tienen mayor honra y placer que en obedecer cualquiera de sus mandatos, y descender a la tierra para socorrer a alguno de sus fieles servidores.
205. 3º– Cuando se le ha llevado y consagrado su cuerpo y su alma, y todo cuanto de ellos depende, sin exceptuar nada, ¿qué hace esta buena Madre? Lo que hizo otrora Rebeca con los dos cabritos que Jacob le entregó: 1.– Los mata haciéndolos morir a la vida del viejo Adán; 2.– Los desuella y despoja de su piel natural, de sus inclinaciones naturales, de su amor propio y propia voluntad, y de todo apego a las criaturas; 3.– Los purifica de sus manchas, suciedades y pecados; 4.– Los adereza al gusto de Dios y a su mayor gloria. Ya que no hay nadie como Ella que conozca tan perfectamente este gusto divino y esta mayor gloria del Altísimo, sólo Ella sin engañarse puede acomodar y aderezar nuestro cuerpo y nuestra alma a este gusto infinitamente exquisito, y a esta gloria infinitamente oculta y eterna.
206. 4º– Habiendo recibido esta cariñosa Madre la ofrenda perfecta que le hemos hecho de nosotros mismos, y de nuestros propios méritos y satisfacciones, según la devoción de que ya os he hablado, y habiéndonos despojado de nuestros viejos trajes, Ella nos engalana haciéndonos dignos de aparecer delante de nuestro Padre celestial.
1.– Nos reviste de trajes apropiados, nuevos, preciosos y perfumados de Esaú el primogénito, es decir, de Jesucristo su Hijo, que Ella guarda en su casa, o sea que tiene en su poder, como siendo la tesorera y dispensadora universal de los méritos y virtudes de su Hijo Jesucristo, que Ella da y comunica a quien quiere, como quiere y tanto cuanto quiere, según hemos visto. 2.– Ella cubre el cuello y las manos de sus servidores con las pieles de los cabritos muertos y desollados; es decir, los adorna con los méritos y el valor de sus propias acciones. Ella mata y mortifica, en efecto, todo cuanto hay de impuro y de imperfecto en sus personas pero no pierde ni disipa todo el bien que la gracia ha hecho; Ella lo guarda y aumenta para hacer con ello el ornato y la fuerza de su cuello y de sus manos, es decir, para fortificarlos a fin de poder cargar el yugo del Señor, que se lleva en el cuello; y para obrar grandes cosas por la gloria de Dios y la salvación de sus pobres hermanos. 3.– Da un nuevo perfume y una nueva gracia a estos vestidos y adornos, comunicándoles sus propios vestidos; es decir, sus méritos y sus virtudes, que Ella les ha legado al morir, en su testamento, conforme afirma una religiosa del último siglo, muerta en olor de santidad, y que lo ha sabido por revelación; de modo que todos sus domésticos, sus fieles servidores y esclavos, son doblemente cubiertos con los vestidos de su hijo y los suyos propios: omnes domestici ejus vestiti sunt duplicibus (Prov. 31, 21); por eso nada tienen que temer del frío de Jesucristo, blanco como la nieve, al contrario de los réprobos, los cuales completamente desnudos y despojados de los méritos de Jesucristo y de la Santísima Virgen no podrán soportarlo.
207. 5º– Ella les hace obtener, finalmente, la bendición del Padre celestial, aunque no siendo más que los hijos segundos y adoptivos, no debieran naturalmente recibirla. Con esos vestidos enteramente nuevos, preciosísimos y de tan buen olor, y con sus cuerpos y almas bien preparados y aderezados, se aproximan confiantemente del lecho de reposo de su Padre celestial. Él oye y distingue su voz, que es la del pecador; toca sus manos cubiertas de pieles; siente el buen olor de sus vestidos; come con gozo de lo que María, Madre de ellos, le ha preparado; y reconociendo en ellos los méritos y el buen olor de su Hijo y de su Santa Madre: 1.– Les da su doble bendición, la bendición del rocío del cielo: De rore Caeli (Gen 27, 28); es decir, de la gracia divina, que es la semilla de la gloria: Benedixit nos in omni benedictione spirituali in Christo Jesu; bendición de la grosura de la tierra: De pinguedine terrae (Gen., 27, 28), es decir, que este Padre bondadoso les da el pan de cada día, y una abundancia suficiente de los bienes de este mundo; 2.– Los constituye señores de sus otros hermanos, los réprobos; lo cual no quiere decir que esta primacía aparezca siempre en este mundo que pasa en un instante (1 Cor. 7, 31), donde a menudo dominan los réprobos: Peccatores effabuntur et gloriabuntur..., Vidi impium superexaltatum et elevatum; pero sin embargo es cierta, y aparecerá manifiestamente en el otro mundo, por toda la eternidad, en que los justos, según dice el Espíritu Santo, dominarán y comandarán a las naciones: Dominabuntur populis (Sab. 3, 8). 3.– Su Majestad, no contenta con bendecirles en sus personas y en sus bienes, bendice aún a aquellos que los bendijeren y maldice a todos aquellos que los maldijeren y persiguieren.
2. Ella los mantiene
208. El segundo deber de caridad que la Santísima Virgen ejerce con sus fieles servidores, es que Ella los sustenta con todo lo necesario para el cuerpo y para el alma. Les da vestidos dobles, como acabamos de ver. Les da a comer los platos más exquisitos de la mesa de Dios; les da a comer el pan de vida que Ella ha formado: A generationibus meis implemini (Eclo, 24, 26): Mis queridos hijos –les dice Ella bajo el nombre de la Sabiduría– saciaos de mis generaciones, o sea, de Jesús el fruto de la vida que yo he puesto en el mundo por vosotros.– Venite, comedite panem meum et bibite vinum quod miscui vobis (Prov. 9, 5); Comedite et bibite, et inebriamini, carissimi; venid –les repite en otro lugar–, comed mi pan que es Jesús, y bebed el vino de su amor, que yo os he mezclado con la leche de mis senos: Ya que es Ella la tesorera y dispensadora de los dones y de las gracias del Altísimo, da una buena porción, y la mejor, para alimentar y sustentar a sus hijos y servidores, los cuales son cebados con el pan de vida, y embriagados con el vino que engendra vírgenes. Ellos son llevados en sus pechos: Ad ubera portabimini (Is 66, 12); y tienen tal facilidad en cargar el yugo de Jesucristo, que casi no sienten su pesadez, por causa del aceite de la devoción con que Ella lo hace pudrir: Jugum eorum computrescet a facie olei (Is 10, 27).
3. Ella los conduce
209. El tercer bien que la Santísima Virgen hace a sus fieles servidores, es conducirlos y dirigirlos según la voluntad de su Hijo. Rebeca guiaba a su pequeño Jacob, y de cuando en cuando le daba buenos consejos, bien fuera para atraer sobre él la bendición de su padre, bien para evitar el odio y la persecución de su hermano Esaú. María, que es la estrella del mar, guía a todos sus fieles servidores a puerto seguro; Ella les muestra los caminos de la vida eterna; les hace evitar los pasos peligrosos; los conduce de la mano por los senderos de la justicia; los sostiene cuando están a punto de caer; los levanta de nuevo cuando han caído; los reprende como cariñosa madre cuando faltan; y, una que otra vez, los castiga amorosamente. ¿Podría pues extraviarse por el camino que conduce a la eternidad, un hijo obediente de María, que ha sido su madre nutricia y directora esclarecida? “Ipsan sequens non devias: siguiéndola –dice San Bernardo– no os extraviaréis”. No temáis, pues, que un verdadero hijo de María sea engañado por el maligno y caiga en cualquier herejía formal. Allí donde María es quien conduce, no se encuentran ni el maligno espíritu con sus ilusiones, ni los herejes con sus astucias: Ipsa tenente, non corruis.
4. Ella los defiende y protege
210. El cuarto buen oficio que la Santísima Virgen presta a sus hijos y fieles servidores, es que los defiende y protege contra sus enemigos. Rebeca, con sus cuidados e industrias, libró a Jacob de todos los peligros en que se encontraba, y particularmente de la muerte que probablemente le habría dado su hermano Esaú, movido por el odio y la envidia que le tenía, como otrora Caín a su hermano Abel. María, la bondadosa Madre de los predestinados, los oculta bajo las alas de su protección, como una gallina a sus polluelos; Ella les habla, se abaja hasta ellos; es condescendiente con todas sus debilidades; para protegerlos contra el gavilán y contra el buitre se coloca a su alrededor y los acompaña como un ejército en orden de batalla : Ut castrorum acies ordinata (Ct 6, 3). Un hombre rodeado de un ejército bien ordenado de cien mil soldados ¿podría temer a sus enemigos? Luego, un fiel servidor de María, rodeado de su protección y de su poder imperial, tiene menos aún por qué temer. Esta cariñosa Madre y poderosa Princesa de los cielos, despacharía prontamente batallones de millones de ángeles para socorrer a uno sólo que fuera de sus servidores, antes que se pudiera afirmar que un fiel servidor de María, que a Ella se ha confiado, sucumbiese ante la malicia, al número y la fuerza de sus enemigos.
5. María intercede en su favor
211. El quinto y el mayor bien, por fin, que la amable María procura para sus fieles devotos, es interceder por ellos ante su Hijo, aplacándolo con sus oraciones, y uniéndolos a Él con un lazo muy íntimo, conservándolos ahí estrechamente. Rebeca hizo que Jacob se aproximase del lecho de su padre, y el buen hombre lo tocó, lo abrazó y hasta lo besó con alegría; quedó contento y satisfecho con los manjares bien preparados que le habían sido llevados, y habiendo sentido con gran complacencia los perfumes exquisitos de sus vestidos, exclamó: Ecce odor filii mei sicut odor agri pleni, cui benedixit Dominus: He aquí el olor de mi hijo, que es como el olor de un campo lleno que el Señor ha bendecido (Gen. 27, 27). Este campo lleno cuyo olor encantó el corazón del padre, no es otro que el olor de las virtudes de María, que es un campo lleno de gracia, en el cual Dios Padre ha sembrado, como un grano de trigo de los elegidos, a su Hijo único. ¡Oh cuán bienvenido es ante Jesucristo, Padre del siglo venidero (Is 9, 6), un hijo perfumado con el buen olor de María! ¡Oh cuán pronto y perfectamente queda unido con Él, conforme ya lo hemos demostrado ampliamente!
212. Además de esto, después de que Ella ha colmado a sus hijos y fieles servidores con todos sus favores, de que les ha obtenido la bendición del Padre celestial y la unión con Jesucristo, Ella los conserva en Jesucristo y a Jesucristo en ellos; los guarda y vigila siempre, por el temor de que lleguen a perder la gracia de Dios y caigan en las celadas de sus enemigos: “In plenitudine sanctos detinet: Detiene a los santos en su plenitud”, haciéndolos perseverar en ella hasta el fin, como ya lo hemos visto. He ahí la explicación de esta grandiosa y antigua figura de la predestinación y reprobación, tan desconocida y tan llena de misterios.