Ante la figura de Nuestro Señor Jesucristo, tal y como nos la transmiten los Evangelios y la Tradición de la Iglesia, nos interesa analizar en profundidad su proceder, tanto según sus expresiones externas —la voz, los gestos, la mirada— como, sobre todo, según las manifestaciones de su espíritu, en la manera en que se dirigía a las personas y en los usos y costumbres que seguía en su vida, para comprender mejor a aquel que constituye el ejemplo para todo cristiano.

Uno de esos aspectos de Nuestro Señor que llama nuestra atención es el sistema de enseñanza adoptado durante sus tres años de vida pública: ¿por qué quiso dedicar su instrucción a las «ovejas descarriadas de Israel» (Mt 15, 24)? ¿Por qué empezó su apostolado por el pueblo judío?

Santo Tomás de Aquino,1 al tratar esta particularidad, da cuatro razones por las que era conveniente que el divino Maestro predicara primero sólo al pueblo elegido.

Ante todo, conforme San Pablo (cf. Rom 15, 8), para cumplir las promesas hechas a los patriarcas y profetas en el Antiguo Testamento de que el Mesías nacería de su descendencia. En segundo lugar, porque los judíos constituían la nación más cercana a la divinidad por su fe y su culto, y así quedaba demostrado que su venida procedía de Dios, que todo lo hace con orden y jerarquía. La tercera razón es de carácter diplomático: si Nuestro Señor se hubiera dirigido a los gentiles y a los samaritanos, podría haber sido acusado de no interesarse por su propio pueblo. Finalmente, porque fue en la cruz donde conquistó el dominio sobre las naciones (cf. Flp 2, 8-11; Col 2, 11-15).

Por lo tanto, aunque excepcionalmente Jesús hizo apostolado directo con algunos paganos —como, por ejemplo, la samaritana (cf. Jn 4) y los griegos (cf. Jn 12, 20-23), así como el centurión romano y la cananea, cuya fe elogió (cf. Mt 8, 5-13; 15, 21-28)—, debemos considerar que, hasta la pasión, Nuestro Señor prefirió ejercer su misión específicamente entre el pueblo judío, porque había venido a lo que era suyo (cf. Jn 1, 11).

Esto no significa que el Salvador despreciara a los gentiles. Al contrario: habiendo muerto en el Calvario para salvar al género humano, quiso que, después de su resurrección, los Apóstoles llevaran la luz de la doctrina al mundo entero, de modo que los efectos de su preciosísima sangre penetraran en las almas y toda la humanidad se beneficiara de la Redención.

Sin embargo, ¿quién podría probar que aquella Palabra se extendería por todo el orbe? Hay ciertas obras en la historia respecto a las que la Providencia no ofrece garantías de éxito, sino sólo indicios un tanto ocultos, pues si diera pruebas evidentes, ¿qué mérito tendrían los que abrazaran la causa del bien? Así, al fundar la Iglesia, Dios concedió a las personas de fe gracias para discernir en ella una institución infalible, destinada a la victoria total; a los incrédulos, en cambio, aún les era posible ponerlo en duda.

Origen del carácter misionero de la Iglesia

Al enviar a sus discípulos a difundir la verdad por todos los pueblos, el Redentor demostró su poder, dotando a su predicación de una eficacia tan grande que acabaron convirtiendo a personas que ni siquiera habían oído hablar de la persona de Jesús. ¡Eran doce hombres, seguidos por otros setenta y dos, transformados de «desvalidos» (Sal 112, 7) en verdaderos ángeles, dotados de la facultad de expulsar demonios y obrar grandiosos milagros!

Al mismo tiempo, Nuestro Señor dio a los gentiles la posibilidad de practicar un acto de fe mayor que el del propio pueblo judío, pues, sin recibir el Evangelio directamente de sus divinos labios, sino sólo el testimonio de terceros, lo aceptaron en mayor medida que aquellos que se beneficiaron de sus signos y discursos. «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29).

¿De dónde procedía aquel primer impulso de conquista?

Provenía de lo alto y tenía su origen en el amor entre las tres personas de la Santísima Trinidad. Dios sacó de la nada el universo para manifestar exteriormente ese amor que, desde toda la eternidad, es su vida y su felicidad. Y creó a la humanidad de tal manera que la encarnación del Verbo y la santificación de las almas por el Espíritu Santo fueran posibles. Por eso, desde el principio de la creación, el Señor entra constantemente en contacto con los hombres para hacerles conocedores de la verdad y salvarlos.

El carácter misionero de la Santa Iglesia se apoya en esa voluntad del Hijo y del Espíritu de ser enviados — en latín, missi— y en el designio del Padre al enviarlos.

De hecho, toda nuestra fe se basa y se centra en la figura de Nuestro Señor Jesucristo, como Él mismo afirmó: «El que cree tiene vida eterna» (Jn 6, 47). Al venir a la tierra, nos trajo la Revelación, ya que las mismas comunicaciones divinas hechas en el Antiguo Testamento se dieron con vistas al advenimiento del Mesías.

Por lo tanto, la Iglesia recibe de Cristo, su cabeza, toda su savia, tal como la luna —según la comparación de los Padres de la Iglesia— recibe toda su luz del sol.2 Si el sol se apagara, la luna se oscurecería y el mundo se sumiría en las tinieblas.

Así pues, la Iglesia es santa porque la preciosísima sangre de Jesús la lava, riega y unge, y la acción del Espíritu Santo, que inhabita las almas en gracia, la anima y santifica, confiriendo al Cuerpo Místico de Cristo un carácter fuerte, firme e indestructible, en consonancia con la promesa de Nuestro Señor: «El que cayere sobre esta piedra se destrozará, y a aquel sobre quien cayere, lo aplastará» (Mt 21, 44).3

Por amor a su Iglesia, Dios concede a los fieles dones y gracias especiales, de los que luego brotan las más magníficas obras de virtud y de verdad, así como tantas riquezas y maravillas del arte. Por eso, no hay hermosura plena fuera de la Iglesia. Se podrá encontrar cierta pulcritud, por ejemplo, en una pagoda japonesa o en ciertos edificios de la India, o incluso en construcciones como la Alhambra de Granada; pero las bellezas que existen en los pueblos ajenos a la religión católica siempre son incompletas y susceptibles de mejora.

Finalidad de la misión de la Iglesia

¿Cuál es entonces la finalidad de la acción misionera de la Santa Iglesia?

Puesto que nuestras almas son objeto del amor infinito de Dios, es ese mismo amor el que nos impulsa a salir al encuentro de todas las personas, con el objetivo de hacerlas partícipes de la gran familia divina. Este movimiento se asemeja a la figura del círculo que, partiendo de un punto, vuelve al lugar del que partió. En efecto, nuestro origen está en la Santísima Trinidad y nuestro fin último es la misma Trinidad Beatísima.

El carácter católico propio de la Iglesia —del griego katholikós, que significa universal— procede de la exigencia de la misión. El gran Capitán llamado Jesucristo nos ordena con estas palabras:

«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-20).

No podemos restringir esa promesa de la permanencia de Nuestro Señor con nosotros única y exclusivamente a la presencia eucarística, ya que, durante mucho tiempo, no se reservaban las partículas consagradas en el sagrario, costumbre que se fue estableciendo poco a poco por la necesidad de llevar el viático a los enfermos. Es sobre todo durante el apostolado cuando Él se hace presente, como afirmó en otro pasaje: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).

Ahora bien, dado que la Iglesia es universal, debe extender sus raíces por todos los rincones de la tierra, influyendo en los ambientes, los hogares y las familias con la «psicología» del Evangelio, para que podamos comprender que nuestra vocación individual también es universal. Necesitamos tener alma de apóstol hasta el punto de querer convertir a todos los pueblos.

Al considerar a cada uno de nosotros, constatamos que somos barro, pero si nos dejamos transformar por Dios, su amor hará de nosotros grandes santos, y saldremos por el mundo inflamados del deseo de conquistar la faz de la tierra para Nuestro Señor, dando ocasión a que la gracia se difunda generosamente y acercando las almas a la práctica de la verdadera religión, con el empeño de que todos caminen hacia la perfección.

Sin embargo, si analizamos el globo terráqueo, veremos que el mandato misionero de Jesús aún no se ha cumplido plenamente, pues quedan muchos pueblos que evangelizar. Seamos, pues, instrumentos dóciles al soplo del Espíritu Santo, utilizando todos los recursos a nuestro alcance y apoyándonos en los dones y cualidades que nos ha concedido la Providencia para dar a conocer la Iglesia católica en todo el mundo.

¿Qué significa evangelizar a «toda criatura»?

Esto nos lleva a otra consideración muy importante. Al final del Evangelio de San Marcos hay un detalle precioso que siempre me ha llamado la atención y sobre el cual no he encontrado ningún comentarista que se haya detenido. Este evangelista, a diferencia de los demás, destaca esta afirmación de Nuestro Señor, ya resucitado: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

Pues bien, si Él recomendó anunciar el Evangelio «a toda criatura», ¿debemos entonces predicar no sólo a los hombres y mujeres, sino incluso a seres inanimados e irracionales? «Criaturas» son las piedras y las plantas, las aves y los perritos… ¿Cómo hacerse «oír» por ellos?

Me parece que estas palabras encierran un significado muy interesante en lo que respecta a la vocación de los bautizados, cuya acción busca poner a Nuestro Señor Jesucristo en el centro de la creación, de modo que ésta se conforme a Él.

Al santificar el alma y hacerla partícipe de la naturaleza divina, el bautismo introduce en ella el cortejo de las virtudes y de los dones del Espíritu Santo, otorgándole una visión diferente del universo y capacitándola no sólo para controlar sus pasiones y malas inclinaciones, sino también para actuar sobre los seres que la rodean. Ahora bien, si el hombre se relaciona con los cinco planos de la creación —los minerales, los vegetales, los animales, los demás hombres e incluso los ángeles—, se trata, por tanto, de que los efectos del bautismo recibido se hagan sentir en todo el ámbito que lo rodea, sacralizando y, por así decirlo, evangelizando hasta la materia inanimada.

Así pues, cuando se va a levantar una construcción, es necesario aplicar los conocimientos de ingeniería para aprovechar los elementos minerales —la arena, los ladrillos, el hierro, el mármol— con el fin de erigir iglesias, palacios o casas en los que se impriman los estigmas del Evangelio. Porque un arco, una columna, un vitral, una escultura, una ventana, una puerta, una reja, los peldaños de una escalera o incluso el color de los techos pueden ser instrumentos para hablar de Dios. El espíritu moderno, por el contrario, se preocupa por construir edificios rápidos y funcionales, dando escasa importancia a su belleza. El resultado son obras contrarias al Evangelio, más apropiadas para predicar los axiomas del infierno.

Si se trata de un terreno, hay que esforzarse por cultivarlo hasta transformarlo en un magnífico jardín, de acuerdo con el espíritu de Nuestro Señor.

En cuanto a las propias criaturas vivientes, como los pájaros o las mariposas, conviene hacer todo lo posible para proporcionarles un ambiente adecuado y que se multipliquen de tal manera que embellezcan los paisajes.

Y así debe predicarse el Evangelio constantemente, no sólo en la arquitectura o en la botánica, sino también en la culinaria, en los tejidos, en la vestimenta, en los paramentos, en un hermoso órgano, en un canto armonioso —gregoriano o polifónico—, en los símbolos, así como en los gestos, en las actitudes, en la manera de realizar cualquier trabajo, en las formas de ser y de comportarse, en el trato con los demás, en la administración de los sacramentos…

El propio San Pablo afirma en su epístola a los romanos que las criaturas —es decir, todo el universo—, habiendo sufrido la marca del pecado, gimen anhelando el día en que reciban los influjos de la Redención (cf. Rom 8, 22-23). Y la visión tomista defiende la tesis de que al final del mundo, después del Juicio, la obra creada por Dios alcanzará una verdadera apoteosis de esplendor, ¡como nunca antes!4

Sin embargo, nada supera la predicación realizada mediante la práctica de la virtud, a través de la cual queremos que la tierra se transforme en un verdadero Paraíso, donde los principios del Evangelio y el sentido de jerarquía se apliquen a todo lo que existe, en contra del igualitarismo, el prosaísmo y la vulgaridad.

En el Cielo no hay nada torcido, roto ni feo; al contrario, todo es de una belleza inimaginable. ¡Una sola de las maravillas celestiales llenaría nuestra eternidad! Dios lo quiso así para que los sentidos corporales estén en consonancia con el alma, la cual gozará de la felicidad suprema de la visión beatífica, que consiste en ver a Dios cara a cara. 

Fragmentos de exposiciones orales pronunciadas entre 1992 y 2015.

Notas:


1 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. III, q. 42, a. 1.
2 Cf. CCE 748.
3 A propósito de este pasaje de San Mateo, así afirma Santo Tomás: «Mas la Iglesia nunca pudo ser destruida: ni por los perseguidores, más aún, durante las persecuciones creció más, y quienes la perseguían y a los que ella perseguía, terminaron. […] Ni por los errores, más aún, cuantos más errores surgieron, más se manifestó la verdad. […] Ni por las tentaciones de los demonios, pues la Iglesia es como una torre en la que se refugia quienquiera que lucha contra el diablo» (Santo Tomás de Aquino. Exposición del Símbolo de los Apóstoles, a. 9).
4 «Luego será preciso que otros cuerpos reciban también mayor influjo de la divina bondad, no para variarlos de especie, sino añadiéndoles cierta perfección gloriosa. Y ésta será, en realidad, la innovación del mundo. Luego al mismo tiempo el mundo será innovado, y el hombre, glorificado» (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. Supl., q. 91, a. 1).