De paso por cierto lugar, al abrir una puerta me encontré con un gato sentado sobre sus patas traseras, con la cola metida junto a las delanteras y la punta hacia arriba.
Me miraba como si fuera un príncipe… Me entraron ganas de sacarle una foto para mostrarle a la gente el pulchrum natural presente en aquel animal.
¿Cómo es posible que un gato —incapaz de entender qué es el arte, el estilo o la nobleza, al carecer de razón— adopte una postura tan impecable, con un cierto imponderable de elegancia y distinción?
Si dejamos el mundo de los felinos y observamos las abejas, impresiona ver la extraordinaria organización de las celdillas de la colmena, así como la tenacidad de estos insectos, siempre en busca de flores para extraer el néctar necesario y luego fabricar la miel.
Las abejas no intentan libar néctar de las flores de plástico de un jarrón; al contrario, pasan de largo, porque su instinto les «informa» de que son falsas.
Los animales tienen instintos perfectos e infalibles; pero también el hombre, la más elevada de todas las criaturas materiales, posee instintos certeros.
Si nos acercamos a la cuna de un niño, encontraremos un pequeño ente, cuya inteligencia y conciencia aún no se han desarrollado.
Sin embargo, tales son sus instintos que si le presentamos una bolita pequeña y otra grande, elegirá la grande; si se trata de una bolita blanca y otra dorada, escogerá primero la dorada y sólo después la blanca.
¿Por qué ocurre esto? Por un sentido presente en cada alma inocente, gracias al cual la persona, sin tener aún pleno uso de razón, manifiesta ya preferencias y busca siempre lo mejor y lo pulchrum.
Más adelante, cuando despierte el razonamiento, sabrá distinguir, aunque nadie se lo enseñe, entre la verdad y la mentira, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo.
¿Qué es lo bello?
Santo Tomás define así lo bello: «Id cuius ipsa apprehensio placet»,1 es decir, todo aquello que una persona aprehende y le agrada, produciéndole en lo más profundo de su alma una emoción estética.
No obstante, a causa del pecado original, el espíritu humano se volvió falible y a menudo se equivoca, creando opiniones y gustos subjetivos alejados de los modelos de la perfección.
La escolástica también define el criterio objetivo de belleza como el esplendor de la forma sobre las partes proporcionadas de la materia.2
Por ejemplo, un busto de la Virgen esculpido en un bloque de mármol será objetivamente bello si la figura es tan expresiva e íntegra que constituya un conjunto proporcionado.
Si el escultor hace un busto con solamente la mitad del rostro, o sin nariz, o incluso con una oreja enorme, no podrá decirse que sea una obra bella, porque le faltará el esplendor de la forma: estará rota, incompleta o desproporcionada.
Tal es la definición filosófica de lo bello para las obras de arte. Éstas alcanzan el modelo ideal cuando lo bello subjetivo y lo objetivo se armonizan, ofreciendo a la mirada que las contempla una satisfacción plena.
Si damos un paso más y nos elevamos al ámbito sobrenatural, encontramos la definición teológica de lo bello como esplendor de la verdad y esplendor de la bondad. La belleza, según la tradición tomista, es el esplendor de todos los trascendentales reunidos.3
Para comprender bien qué es el esplendor de la verdad, imaginemos una plaza donde un infiel y un católico discuten. Este último aporta buenos argumentos, citando las Escrituras, y es hermoso verlo defender la doctrina punto por punto. Pero en esta escena no hay un esplendor que entusiasme, al que podamos llamar propiamente pulchrum.
En cambio, si nos remontamos al proceso de Santa Juana de Arco, encontramos a una frágil doncella de 19 años, sin estudios teológicos, juzgada por una seudoinquisición compuesta por hombres con conocimientos y preparación intelectual.
Cuando uno de los jueces le preguntó si estaba en estado de gracia, con la clara intención de dejarla sin salida, ella respondió: «Si no lo estoy, que Dios me lo conceda; y si lo estoy, que Dios se digne conservarme en él».4
Si hubiera dicho con total seguridad: «¡Estoy en estado de gracia!», se habría alzado contra la doctrina católica, según la cual nadie puede, de manera natural, tener la certeza absoluta de si está o no en gracia.
Si, por el contrario, hubiera afirmado: «No lo estoy», habría confesado haber incurrido en pecado mortal, desacreditando así su misión. ¿Cómo responder a una pregunta tan maliciosa?
El Espíritu Santo la inspiró y ella supo salir airosa con una elegancia y una levedad luminosas. ¡Ahí tenemos el esplendor de la verdad, el pulchrum!
Lo mismo ocurre con la bondad. Recurramos, una vez más, a los ejemplos.
En los peldaños de la escalinata de una iglesia está sentada una mendiga. Pasa por allí el gerente de un gran establecimiento comercial, saca su cartera del bolsillo y le da una moneda de oro.
Sin duda, se trata de un loable gesto de caridad, hecho con el deseo de ayudar a aquella mujer en su pobreza; pero no es pulcro, pues, como el donante posee muchas riquezas, la ofrenda significa poco o nada para él.
Sería muy bonito si ésa fuera su única moneda, como en el episodio del óbolo de la viuda, alabada por Nuestro Señor porque dio todo lo que tenía para vivir (cf. Mc 12, 42-44).
Entonces, ¿en qué consiste la pulcritud en materia de limosna?
Imaginemos otra escena. En una noche de intensa nevada, con una temperatura de dos grados bajo cero, un pobre mendigo tiembla de frío al borde de un camino.
Pasa un caballero bien abrigado con ropa de buena calidad, frena su cabalgadura, desmonta y, quitándose el chaquetón, los guantes e incluso las botas, se los ofrece al desvalido, diciéndole: «Cúbrete; si no, podrías morir». Luego, descalzo y vestido sólo con camisa y culotte, se monta en su caballo y se marcha.
Darlo todo es precisamente lo que vuelve pulcro el gesto. Ese acto de virtud rutilante sí que nos hace comprender lo bello, porque en el heroísmo con que se practica residen el esplendor de la bondad y, por tanto, la santidad.
Ahora bien, el esplendor de la verdad y de la bondad se manifiesta sobre todo en aquello que ofrece reflejos íntegros y plenos de Dios —lo Bello por esencia— y que nos lleva a acercarnos a Él y a unirnos con Él, casi «tocándolo».
Más importante que hablar y hacer ¡es ser!
Alguien podría preguntar qué utilidad tienen estas consideraciones y si nuestra contribución a la Iglesia en el ámbito universal no debería consistir mucho más en escribir obras literarias, libros doctrinales o manifiestos, o incluso en llevar a cabo actividades de apostolado, exponiendo la fe católica con claridad y lógica.
Sin duda, todos esos tipos de acciones son útiles y hasta indispensables, pero no suficientes para satisfacer las necesidades del Cuerpo Místico de Cristo.
Imaginemos un grupo de personas que no supieran nada de música ni hubieran asistido nunca a un concierto de orquesta, pero que se esforzaran, cada una, por aprender a tocar algún instrumento: flauta, trompeta, violonchelo… Entonces el profesor les dice:
«Para entender la música, tenéis que situaros en una escala de notas que ascienden y descienden por semitonos; los griegos ya tenían una teoría musical algo diferente, etc. Ahora coged la partitura para interpretar la Novena sinfonía de Beethoven, porque ya os he explicado qué son las notas».
¿Serían capaces esos alumnos de tocar la pieza? ¿Qué tendría que hacer un buen maestro? Después de enseñar teoría musical, debería mostrarles un concierto de una orquesta de primer nivel interpretando la Novena sinfonía de Beethoven.
Ahí sí, a partir de lo que hubieran visto y oído, y una vez transmitida ya la noción de lo que es una melodía, podría reunir a los futuros músicos y comenzar el ensayo.
Del mismo modo, con el mero conocimiento de la doctrina de la Iglesia no es posible concebir cómo debe ser un verdadero católico apostólico romano. Se trata de que, una vez contemplada y comprendida la verdad, ésta se traduzca en la realidad concreta de los actos, las costumbres y maneras de ser.
En ello radica la importancia del símbolo vivo, pues, de todo lo que existe, el mayor símbolo de Dios para el hombre es el propio hombre, creado a su imagen (cf. Gén 1, 27).
Por esta razón, no hay nada más representativo del Señor y más cercano a Él que un santo, ya que éste es el máximo ejemplo del bien, de la verdad y de la belleza sobre la faz de la tierra.
Por lo tanto, es obligación moral de todo católico ser testigo fiel de lo que profesa, no sólo transmitiendo lo que la Iglesia enseña, sino también simbolizando esa enseñanza. De ahí que lo más importante de la acción apostólica no consista en hablar ni en hacer, ¡sino en ser!
Entonces sí podrá salir por el mundo y colaborar en la consecratio mundi de la que habla la Lumen gentium,5 es decir, la sacralización del orden temporal, consciente de que sólo puede sacralizar quien es sacral.
A través de los gestos, de las actitudes y del comportamiento, de la liturgia bien celebrada, del arte y de la belleza, las personas llegarán más fácilmente a Dios y encontrarán la luz verdadera que señala el camino hacia la santidad y hacia el bien.
Dispensadores de las bellezas de Dios
En todo lo que Dios ha creado en los órdenes inferiores de la naturaleza —minerales, vegetales y animales—, ha puesto una simbología para facilitar que el hombre, al posar la mirada en lo que ve, comprenda lo que no ve.
Así, todo el universo visible —los pajarillos, los mosquitos, los árboles, el sol, el viento, la arena, la tierra, las aguas, las montañas, el hielo— es espejo, imagen y símbolo del universo invisible.
Por eso, San Pablo afirma en su epístola a los romanos: «Lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras» (Rom 1, 20).
Si todo nos ha sido dado por el Creador, es nuestro deber devolvérselo todo a Él, interpretando estos estigmas y signos, y usándolos como instrumento para llevar a los demás a salir de su egoísmo y llegar al conocimiento de Dios, amándolo tanto como sea posible en esta tierra.
Nuestra época está falta de belleza y vive en una completa pobreza espiritual y una total desnudez de virtud; ya no hay pulcritud y el bien se ha retirado de la faz de la tierra.
¿Qué clase social no necesita de verdad y de santidad? ¡Cuánta aflicción, cuánta aprensión, cuánta crisis, cuánta amenaza, cuánto drama, cuánta tragedia! Es necesario saciar esa hambre de lo sobrenatural, alimentando en las almas las virtudes y los dones infundidos por el bautismo.
En medio del caos y de la decadencia moral del mundo moderno, debemos confiar en Nuestra Señora y alzar hasta lo más alto el estandarte del pulchrum, siendo dispensadores de las bellezas de Dios.
Nos corresponde procurar que el pobre y el rico, el plebeyo y el noble, el que está en la cárcel y el que está en libertad, el pequeño y el grande, el desamparado y el opulento, puedan tener a su alcance lo maravilloso y encontrar un ambiente que represente los ideales que aman.
Vestir, alimentar, amparar y proteger espiritualmente es la caridad más esencial, la mayor limosna que se puede ofrecer a la humanidad, según el precepto que Nuestro Señor nos dio: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15, 12); «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12, 31).
He aquí también el medio para evitar que las personas pierdan la esperanza y se entreguen al demonio, siguiendo las sendas del pecado y de los vicios.
Sólo la emoción estética, por un lado, y la emoción moral, por otro, conducen a la felicidad duradera. La manera de ser feliz es abrazar el pulchrum y la santidad, amar la verdad y asumir el Evangelio, practicándolo y no sólo admirándolo. Así lo afirmó el Concilio Vaticano II en un texto citado posteriormente por Juan Pablo II en su Carta a los artistas:
«La belleza, como la verdad, es quien pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste la usura del tiempo, que une las generaciones y las hace comunicarse en la admiración».6
Por el contrario, levantar una barrera para que los pobres no tengan acceso a la belleza es el mayor crimen que se puede cometer, porque implica «matar» a la humanidad misma.
Noviembre de 2026, n.º 280
Octubre de 2026, n.º 279
Septiembre de 2026, n.º 278
¿Quiénes son los Heraldos del Evangelio?
Auxilio de los cristianos
Villancicos