Traduttore, traditore —traductor, traidor—: así reza el adagio italiano que, mezclando ironía y realidad, tantas veces ha quedado confirmado por los hechos y por las ediciones de libros…
Con razón, la tarea de traducir constituye para muchos estudiosos un desafío moral; al fin y al cabo, no es una simple elección de palabras, sino de conceptos, un patrimonio de los más valiosos para quien sabe reconocer el verdadero significado que encierran.
Traducir no significa encontrar una correspondencia exacta entre vocablos, sino preservar la homogeneidad del pensamiento de quien lo concibió. He aquí el reto, pues «si existiera una equivalencia perfecta de una lengua a otra, el resultado no sería una traducción, sino una réplica. Y si tales réplicas fueran posibles de manera habitual, no habría lenguas, sino sólo una vasta y difusa jerga internacional, una suerte de anulación tardía de la historia de Babel».1
Cuanto más profundo, complejo y matizado es el pensamiento del autor, mayores son los riesgos para el traduttore… ¿Cómo vislumbrar, por ejemplo, las angustias de los sabios de Alejandría que vertieron el Antiguo Testamento del hebreo al griego? ¿Y qué decir de la responsabilidad que recayó sobre San Jerónimo cuando elaboró la llamada Vulgata en latín, que contiene todos los libros de la Sagrada Escritura? ¿Quién puede comprender «el pensamiento del Señor» (cf. Rom 11, 34) para representarlo con fidelidad? «Traducir» al Espíritu Santo no es tarea fácil…
Estos dilemas que plantea la redacción de textos pueden ayudarnos a entender mejor la misión que Cristo confió a su Iglesia: evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19-20), una responsabilidad incomparablemente superior a la de los intérpretes de idiomas.
Y, si nos es legítimo recurrir al fenómeno de la traducción para iluminar la evangelización, debemos considerar que la misión de la Iglesia consiste en traducir un solo Verbo: el Eterno. Éste fue pronunciado por el Padre desde toda la eternidad, como lo consignó San Juan en el prólogo del cuarto Evangelio: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1).
Culturas diferentes, pero una misma Iglesia
Sin embargo, ¿no sería más perfecto que todos los hombres lo aprehendieran tal como Él es, sin los recursos del lenguaje humano, siempre condicionados por las épocas y los contextos?
En primer lugar, no todo lo que es más perfecto está al alcance de nuestra intelección, pues la forma «vernácula» del Verbo eterno sólo la conoce el Padre: «Nadie conoce al Hijo más que el Padre» (Mt 11, 27). Somos incapaces de comprenderlo en sí mismo. He aquí el misterio de nuestra fe; por eso, necesitamos una «traductora» investida de esa misión divina: la Iglesia.
Por otra parte, le plugo al Altísimo crear de la nada todas las cosas por medio del Verbo, porque «Él es imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura» (Col 1, 15). Pues bien, si todo procede de Cristo, la creación ha de reflejar sus perfecciones. Y, como enseña Santo Tomás de Aquino,2 era necesario que existieran múltiples y variados seres para que la semejanza divina se manifestara en ellos con mayor perfección.
Si bien ya es magnífica la diversidad de seres irracionales e inanimados, aún más resplandece el ser humano, síntesis del universo creado. En la pluralidad de etnias y culturas, las infinitas perfecciones del divino Artífice brillan con mayor esplendor. Los distintos ambientes generan costumbres, comportamientos, estilos de vida y modos de pensar sui generis, que conforman una inmensa y variada panoplia de expresiones artísticas y culturales.
En resumen, todos los pueblos son impulsados por el Paráclito a «pronunciar», con sus costumbres y luces propias, el mismo Verbo eterno que el Padre envió al mundo, recapitulando así todas las cosas en Cristo (cf. Ef 1, 10).
He aquí la misión maternal de la Iglesia: acoger bajo su manto protector a todos los pueblos de la tierra y ayudarles a entender el Verbo del Padre y a volver a pronunciarlo en sus vidas y obras. El Catecismo explica:
«“El Padre eterno creó el mundo por una decisión totalmente libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los hombres a la participación de la vida divina”, a la cual llama a todos los hombres en su Hijo: “Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia”».3
Única intérprete autorizada del Verbo
En el mandato del divino Maestro a los Apóstoles —«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19a)— encontramos los divinos principios que deben regir la misión de la Iglesia.
Ante todo, constatamos que el dinamismo sobrenatural que impulsa a los discípulos de Cristo a la gran aventura de la evangelización los lleva también a abandonar incluso su propio lugar de origen para instruir a quienes viven en el error. Así se revela el mismo método que ya aplicó Jesús: convivir para transmitir la fe.
Al reflexionar sobre este punto, recordamos los primeros pasos de la Buena Nueva y, entre ellos, el apostolado del diácono San Felipe con el ministro de Candaces, reina de Etiopía. El súbdito leía al profeta Isaías; conocía las palabras, pero no captaba el mensaje: «“¿Entiendes lo que estás leyendo?”. Contestó: “¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?”. E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él» (Hch 8, 30-31). Sentarse a su lado y explicar… ¡Qué hermosa síntesis de la misión de evangelizar! La instrucción por sí sola no basta para que el Verbo de Dios sea comprendido y amado; es necesario convivir, hacerse cercano y enseñar con el ejemplo el camino que conduce a Él.
Pero esto aún no era suficiente, pues el mencionado mandato del Señor continúa: «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19b). La eficacia de la evangelización depende en grado eminente de los méritos y de la gracia de Nuestro Señor, conferidos por medio de los «administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1): primero, en las aguas del bautismo, en las que el alma recibe la vida divina; pero también en la recepción de la eucaristía, en la que el fiel recibe al propio Cristo; en la confirmación, en la que es fortalecido por Él; y en el tribunal de la penitencia, donde se reconcilia con Dios.
El fin de la evangelización es la conversión
Nuestro Redentor advierte además en el mismo pasaje: «Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).
Este pasaje nos recuerda que, para ser dignos de las maravillas del Evangelio, debemos observar cuidadosamente las enseñanzas recibidas de Nuestro Señor. Por la correspondencia a la gracia y a la presencia de la Santísima Trinidad en el alma, se obra una transformación progresiva, seria y profunda del católico, que se consumará en su plena configuración con Cristo.
Por lo tanto, aceptar la Buena Nueva implica necesariamente la conversión, pues Él mismo sintetizó su misión al declarar imprescindible hacer penitencia, convertirse y creer en el Evangelio (cf. Mc 1, 15). Así, tras librar a la mujer adúltera de las malas intenciones de los ancianos, Jesús le dijo: «Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11). Repitió una advertencia similar cuando curó al paralítico junto a la piscina de Betesda: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor» (Jn 5, 14).
En este sentido, el Concilio Vaticano II enseña que «la buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo».4
Evangelización e inculturación: ¿sinónimos o antónimos?
Cuando calificamos a la Iglesia de católica, afirmamos que «está orientada a todo el mundo, que abarca todos los tiempos y que se dirige a todas las culturas. Dado el destino universal de su cometido, la Iglesia debe tener la cualidad de adecuarse a las distintas épocas y ámbitos culturales».5
También en el último concilio encontramos la respuesta que orienta la inculturación de la Iglesia en las diversas naciones. Lejos de adoptar costumbres degradantes e indignas de la Esposa de Cristo, ésta debe insertarse en todos los pueblos movida por el mismo impulso que llevó al Verbo eterno a someterse, en la encarnación, a las condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió, para ofrecer a todos el misterio de la salvación y la verdadera vida.6
Lejos de ser antónimos, la evangelización y la inculturación son fases de una misma gracia concedida al pueblo que ha tenido la dicha de recibir la semilla del Evangelio, de comprender el Verbo del Padre y de dejarse penetrar por la luz vivificante del Espíritu Santo, que obra en la Iglesia.
El fenómeno de la inculturación, explicaba Juan Pablo II, «ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación, que proviene de Cristo».7
Cuando el mensaje del Evangelio alcanza el corazón de los pueblos y de las culturas, hace surgir una nueva civilización para Cristo mediante un cambio en la vida, en las costumbres y en la mentalidad. A este respecto, el papa Pablo VI enseñó que «para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación».8
El papa León XIV corrobora esta enseñanza al afirmar que «la santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado».9
Cuando la traducción se convierte en traición…
¡Qué disgusto sienten la Iglesia y el propio Cristo al ver ciertas acciones pretendidamente evangelizadoras que no «traducen» con pureza el sentido de la Revelación!
Podemos encontrar algunos ejemplos de este lamentable hecho en las enseñanzas de la Dominus Iesus, que condena la «actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; […] el eclecticismo de quien, en la búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia».10
Ahora bien, si la misión de la Iglesia es evangelizar, esa obligación incumbe también a cada uno de sus miembros, especialmente a aquellos que ejercen el ministerio de enseñar, gobernar y santificar.
Ser otro Cristo mediante la imposición de manos significa estar investido de la misión de ser «traduttore» del Verbo eterno, un encargo que hace indispensable la identificación del ministro sagrado con el Corazón misericordioso de Jesús, como exhortó el papa León XIV en un mensaje reciente:
«El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo».11
Hagamos nuestras estas intenciones del Santo Padre. A fin de cuentas, el mundo ya está cansado de los «traditori».
Notas:
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 279. Octubre 2026
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 278. Septiembre 2026
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 277. Agosto 2026
¿Quiénes son los Heraldos del Evangelio?
Auxilio de los cristianos
Villancicos
