¡Madre de las Lágrimas, ruega por nosotros!
El 15 de septiembre se celebra la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores.
Se equivocan quienes juzgan que la Virgen María tuvo en su vida una sola ocasión de dolor, correspondiente a la pasión y muerte de su divino Hijo.
Refiriéndose a los siete Dolores de la Virgen, explica Dom Guéranger que la Iglesia se detuvo en el número siete porque este expresa siempre la idea de totalidad y universalidad, es decir, todos los dolores.
El sufrimiento: prueba del amor de Dios
Como la Virgen es el espejo de la sabiduría y la justicia, que refleja en sí todo cuanto pertenece a nuestro Señor Jesucristo, fue la «Mulier dolorum», la Mujer, la Señora de los dolores, y toda su vida estuvo impregnada de dolor y sufrimiento.
En efecto, durante la presentación del Niño Jesús en el templo, treinta y tres años antes, el profeta Simeón anunció a María Santísima un sacrificio:
Y a ti misma una espada te traspasará el alma (Lc 2, 35).
Es decir, Ella experimentaría uno de los sufrimientos más atroces que una persona puede soportar.
Se comprende que, incluso para el alma inmaculada de la Santísima Virgen, la previsión firme, valerosa y razonable del dolor venidero constituyese un elemento de unión creciente con Dios, unión que Ella ya poseía en un grado insondable desde el primer instante de su existencia.
Sin embargo, aquella profecía de Simeón tenía la intención de que Ella soportase ese dolor durante treinta y tres años, comprendiendo que el ser humano ha nacido para sufrir; que es normal que sufra, que debe aceptar el dolor por entero antes de que llegue y, cuando llegue, dejar que lo encuentre sereno, fiel, elevado y heroico.
Así debemos comportarnos ante el sufrimiento, pues recibimos una prueba del amor que Dios nos tiene.
Equilibrio ante los dolores
En efecto, la Madre de las madres poseía un instinto maternal equilibrado y perfectísimo, proporcionado a la grandeza de su Hijo.
La perspectiva de la muerte de Jesús se presentaba como una terrible corona de espinas con la que el Padre ceñía su Inmaculado Corazón y que poco a poco se iba estrechando.
Se trataba de un tormento interior comparable únicamente al del propio Redentor.
La Virgen sufría con paz y calma, pero el dolor se extendía hasta las últimas fibras de su ser.
Todas las potencias de su alma se estremecían al pensar en lo que habría de venir.
Y la consideración que más la hacía padecer era su impotencia ante la cruz de su Hijo: debía aceptar una por una todas las amarguras, renovando su fiat después de los golpes y las ofensas, y derramando su amor sobre aquellos dolores que causaban una repugnancia absoluta a su instinto materno.
Sin embargo, esto no le impedía detestar el pecado que se cometería, la ofensa inimaginable contra la Providencia que supondría el deicidio.
En aquellos instantes, serenos y cristalinos estremecimientos de indignación recorrían su sapiencial e Inmaculado Corazón.
La resurrección debía ser conquistada por María en unión con su divino Hijo
Sin embargo, a las reflexiones que Ella dedicaba a la pasión redentora se unía otra, perfumada de victoria.
«¡Dios triunfa siempre!», pensaba.
«¡Vendrá una gloriosa victoria, que superará con mucho la terrible derrota de la cruz!».
Entonces su alma se llenaba de esperanza y alegría al considerar la resurrección.
No obstante, la resurrección debía ser conquistada por la Virgen en unión con nuestro Señor.
A medida que pensaba en ella, su fe se desarrollaba, alcanzando cimas jamás imaginadas por la mente humana.
Y, al mismo tiempo, Ella adquiría una fe inquebrantable en aquel triunfo para las generaciones de los siglos venideros.
De pie, junto a la cruz
Como afirman con mucha propiedad san Bernardo y san Alfonso María de Ligorio, todos nosotros, cuando atravesamos algún drama, encontramos alivio al volver nuestra mirada hacia el divino Crucificado.
La única criatura humana privada de ese consuelo fue María, pues contemplarlo constituía para Ella un motivo más de sufrimiento.
A pesar de ello, conservó siempre una inmensa dignidad.
Lloraba, pero con imperturbable serenidad, pues, si el dolor era profundo, su fe se mostraba aún mayor.
Y en ningún momento perdió el equilibrio ni se dejó llevar por la desesperación, como les sucedería a la mayoría de las madres en circunstancias similares.
Ambos Corazones fueron clavados juntos en la cruz y allí aguardaban la gloriosa resurrección
La actitud de la Virgen constituyó un gran consuelo para el Hombre-Dios: su compasión lo fortalecía, sus lágrimas suavizaban su Sagrado Corazón y su firmeza lo animaba a proseguir hasta el fin.
En Ella veía la perfecta correspondencia a todo cuanto había dado a la humanidad desde la encarnación.
En Ella su Sangre daba frutos en plenitud.
Pero, sobre todo, ¡en el Inmaculado Corazón de María se encontraba reflejada su propia pasión!
Ambos Corazones, que forman uno solo, fueron clavados juntos en la cruz y allí aguardaban la gloriosa resurrección.
Firmeza de María en sus dolores
Con cada minuto que pasaba aumentaban los dolores de Jesús, y cada gemido que salía de sus divinos labios suponía un nuevo golpe para María.
Pero Ella perseveraba firme.
Por fin, cuando nuestro Señor percibió que había llegado su hora, exclamó:
Está cumplido (Jn 19, 30).
Y, después de lanzar un doloroso grito que resonó por todo el universo, concluyó con suave tono de voz:
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
Inclinando la cabeza, expiró.
Puede decirse, en sentido figurado, que el alma de la Virgen murió con Jesús.
Nadie más que Ella era capaz de abarcar la grandeza de aquel misterio, a lo que se añadía el hecho de que ese mismo Dios era su amadísimo Hijo…
Consumida por la desdicha y derramando preciosas lágrimas, estuvo a punto de perder el sentido ante la consumación del divino holocausto, por lo que las santas mujeres se acercaron para ayudarla.
Una vez más, sin embargo, permaneció de pie junto a la cruz, como un estandarte victorioso que proclamaba la fe en las glorias de la resurrección, que solo en Ella permanecería encendida con perfección durante las treinta y seis horas siguientes.
Padecimientos del alma
Nunca nadie sufrió tanto como la Virgen, con semejante dominio de los acontecimientos, comprendiendo tan profundamente la lógica de lo que sucedía, con tanta fortaleza y elevación, con tanto odio al mal.
Sin embargo, Dios Padre pediría aún a la Virgen un sacrificio final por el nacimiento de la Iglesia.
Cuando ya no quedaba más Sangre que derramar por la redención de los hombres en el divino cuerpo, Longinos hirió con su lanza el costado adorable de Jesús, traspasando el Sagrado Corazón y, en consecuencia, también el Inmaculado Corazón de María.
Colmada de dolor, Ella sintió cumplirse la profecía de Simeón, cuya espada le arrancaba el último gemido.
El agua que brotó del costado del Salvador curó la ceguera del centurión y le concedió el inestimable don de la fe (cf. Jn 19, 34-35; Mc 15, 39).
Pero las lágrimas derramadas por María con aquel dolor postrero se unieron a la Sangre y al agua de Jesús, haciendo nacer a la santa Iglesia.
Así, en el camino que debemos recorrer, sobre todo en los dolores que nos reserva la vida, recordemos que la Virgen puede obtenernos la fuerza para vencer cualquier dificultad y sostenernos en todos los sufrimientos.
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