Imaginemos a un monarca que pasea en automóvil por la capital de su reino.

Es viudo, su único hijo y heredero murió siendo todavía un niño y el resto de su familia se extinguió sin descendencia; por tanto, no hay nadie que pueda dar continuidad a la dinastía.

Sin embargo, por una de esas coincidencias que se dan en la naturaleza, vive en la misma ciudad un niño que, aunque presenta rasgos físicos semejantes a los del príncipe fallecido, no tiene parentesco alguno con la casa real.

El encuentro con otro posible heredero

Cuando el automóvil del soberano se detiene en un cruce, su mirada recae sobre aquel niño que atraviesa la calle y el rey, impresionado por el parecido con el antiguo heredero, manda llamarlo.

El muchacho, sorprendido y maravillado a la vez, se acerca tímidamente y pregunta:

—Majestad, ¿en qué puedo serviros?

—Siéntate a mi lado. Quiero hablar contigo.

El tráfico congestionado impide que el automóvil avance.

El rey pregunta al niño por sus estudios, su familia y sus trabajos.

Durante aquel tiempo, el niño no piensa en sí mismo, sino solamente en el soberano.

Este no observa el movimiento de las calles y presta atención únicamente al niño.

Percibe que inspira buenas esperanzas y que podría adoptarlo como hijo suyo.

Al despedirse del joven, el monarca le dice:

—Preséntate a tal hora en mi palacio con tus padres. Deseo conversar con los tres.

El niño es adoptado por el rey

A la hora convenida, se presentan los tres.

Son personas modestas, maravilladas ante los esplendores de la residencia palaciega, por cuyas estancias transitan con encanto y cierto temor.

Pisan una alfombra persa, y el marido dice a su mujer:

—¡Qué alfombra tan magnífica! Se parece incluso a la de la casa del subprefecto de nuestro distrito, que perteneció al sah de Persia y fue comprada en un anticuario…

Después de muchos motivos de asombro, llegan a presencia del rey.

Este los recibe con extrema bondad, comienzan a conversar y, en cierto momento, el soberano les dice:

—Deseo que este niño sea mi heredero. Si dan su consentimiento, lo adoptaré como hijo y lo educaré para las funciones regias. Cuando yo muera, será el nuevo monarca, y ustedes tendrán un honor que jamás habrían imaginado: ¡se convertirán en los padres del rey!

El matrimonio tenía numerosos hijos y ya no sabía qué hacer con tantos niños en casa.

Estupefactos ante la propuesta del rey, piensan:

«¡Tendremos un hijo tan bien instalado! ¡Qué negocio tan ventajoso! Después recibiremos torrentes de dinero para educar convenientemente a los demás, y así todos tendrán carreras prometedoras. Además, ganaremos un prestigio extraordinario en el barrio donde vivimos. Cuando lleguemos a casa y nos pregunten por el niño, podremos responder: “Está en el palacio real. Ahora es hijo del rey”. “¿Cómo? ¿Hijo del rey?”. Y contaremos toda la historia. ¡Qué magnífico negocio!».

Contentísimos, aceptan la propuesta del soberano y se retiran.

La sinceridad y la gratitud, sometidas a prueba

Cae la noche y el rey ordena a sus mayordomos:

—Lleven al niño al dormitorio de mi hijo fallecido. Está todo preparado; vístanlo con aquellas ropas, ofrézcanle los alimentos que desee y sírvanlo como servían al príncipe. Quiero que se beneficie de toda la amplitud de la munificencia real.

El niño va recibiendo educación, se convierte en joven y convive en perfecta armonía con el rey.

Todo transcurre con normalidad, pero en el espíritu del monarca surge una pregunta:

«¿Me querrá verdaderamente este niño? ¿Sentirá gratitud por lo que recibe de mí? ¿Llegará a ser digno de gobernar un día mi reino? ¿O será un ingrato que me agrada por interés momentáneo y que, en el fondo, no me profesa una amistad sincera? Para conocer las respuestas a estas preguntas, voy a someterlo a una dura prueba, pues, si no lo hiciera, mi generosidad podría ser una gran necedad. Pero si corresponde a las esperanzas depositadas en él, le daré cosas aún mejores y más abundantes».

El rey llama al joven y le dice:

—Nuestra situación parece maravillosa. Tienes la certeza de heredar un trono. Por tanto, te espera una posición magnífica.

»Sin embargo, debes prepararte, pues la vida está llena de sorpresas y la historia ofrece numerosos ejemplos de reyes que fueron inesperadamente depuestos del poder. Aquí tienes un libro sobre monarcas destronados. Estúdialo para conocer el papel de la traición en la caída de los reyes y aprender cómo la condición de soberano, aunque aparentemente firme, es en realidad inestable y cambiante.

»Después de ese estudio serás examinado. Mira la vida con seriedad y comprende el esfuerzo necesario para mantenerte como rey. Si eres débil, perderás el trono y el poder.

»Llevo muchos años ejerciendo la realeza. Es verdad que el pueblo me obedece, pero ¡cuánta vigilancia he de mantener! Las cosas no son fáciles.

»Si el cargo de rey te parece demasiado arduo, te daré dinero para que sigas la profesión de tu padre, establezcas una lavandería más grande y continúes con la existencia tranquila de un ciudadano corriente. Pero no serás rey ni disfrutarás de los honores y glorias de la condición regia. Te hundirás en el anonimato.

»El hombre anónimo, ¡qué feliz es! Nadie lo ama ni lo odia. Tiene dinero para subsistir y lleva una vida sosegada.

»¿Has pensado alguna vez en las ventajas del anonimato? Pasea un poco por las calles y observa a los jóvenes de tu edad, felices en sus automóviles, llevando una existencia agradable y libre de las molestias de los hombres acomodados y desconocidos.

»¡Tú, no! Eres un príncipe y debes comportarte como tal en cualquier circunstancia. Los ojos de todos están puestos en ti. Todavía ayer te criticaban por el simple hecho de jugar con los dedos mientras conversabas. Esa no es una actitud permitida al heredero del trono. ¿Has pensado en la vida tan dura que tendrás?

»Mide el peso de la carga que caerá sobre tus espaldas. Recibirás honores y riquezas, pero usarlos con desprendimiento es como cargar con una roca durante toda la vida. Es mi caso».

El niño reflexiona un poco y responde:

—¡Gracias! Leeré el libro…

La respuesta equivocada

Terminado el plazo establecido para el estudio, el rey manda llamar al niño y le pregunta:

—¿Has leído la obra?

—Sí, la he leído.

—¿Y a qué conclusión has llegado?

—No imaginaba que ejercer la realeza fuera tan difícil, pues solo conocía una de sus facetas. Sin embargo, creo que, siendo tantas las ventajas, merece la pena cargar con el peso. En conjunto, prefiero heredar el trono. ¡Deseo ser rey!

El monarca dice:

—Esa no es la respuesta correcta que esperaba de ti. Te concedo otro plazo para pensar. Si finalmente respondes como debes, mereces reinar. De lo contrario, perderás tus derechos, porque quedaría demostrada la inutilidad de cuanto hice por ti.

Después de haber declarado su intención de ser rey, el joven ve de pronto cómo todos sus planes se vienen abajo.

¿Cómo podría encontrar por sí solo la respuesta adecuada, si se le había prohibido consultar a nadie?

—Durante este tiempo —le había dicho el rey— tendrás prohibido hablar con cualquier persona y también ausentarte del palacio. Descubre la respuesta correcta. Quiero ver qué clase de sentimiento guardas en el fondo de tu alma.

La respuesta perfecta

¿Obraría bien el monarca tratando de esa manera al joven?

Sí, sería lo normal. Póngase cada uno en el lugar del muchacho. ¿Qué respondería al rey?

La respuesta perfecta sería la siguiente:

—Señor mío y padre mío, no me importa saber lo que me resulta agradable, sino cómo podré corresponderos por todo cuanto habéis hecho por mí; si os ampararé en vuestra vejez; si, cuando asuma el trono, tendré suficiente amor a la altivez, a la gloria, a la elevación de los principios, a la civilización cristiana, a nuestro Señor Jesucristo y a la Santísima Virgen para hacer de mi oficio de rey un servicio a Dios.

»¡Cuántos santos hubo entre vuestros antepasados! La capilla del palacio está consagrada a san Luis IX. En esta sala tenéis una imagen de san Enrique, emperador del Sacro Imperio y también antepasado vuestro. Todo eso amenaza con extinguirse en vos porque vuestro único hijo ha fallecido. A mí me corresponde la gloria de dar continuidad a ese linaje y no permitir que se interrumpa.

»Padre mío y señor mío, no me interesa saber si llevaré una vida placentera, sino si estaré a la altura de esa misión. Enseñadme a ser cada vez más piadoso, más dedicado a vos, que sois para mí la mano de Dios».

«El camino que debo seguir es el del deber, de la gratitud hacia vos y del servicio de Dios»

Y continuaría:

—Deseo la felicidad, pero sobre todo para el momento en que expire y, compareciendo ante el Altísimo, pueda exclamar:

«Señor, vos me disteis el ser, y un padre adoptivo me concedió la realeza, que acepté para vuestra gloria. Me dediqué totalmente a él, pues así lo hice por Vos, Creador de todas las cosas. No temo encontrarlo en vuestra corte celestial, adonde me precedió, porque sé que, posando sobre mí su mirada amorosa, dirá: “Hijo mío, ahora más hijo mío que nunca, siéntate a mi derecha. ¡Contemplemos juntos a Dios, el Señor de los señores, el Rey de los reyes, que domina a todos los que ejercen dominio!”».

Y el joven, correspondiendo a las expectativas del monarca, debería añadir:

—Puedo sufrir mucho, ser incomprendido, perseguido y destronado. Por el contrario, puedo ser glorificado, aclamado y llegar a ser célebre. ¡Poco importa! El camino que debo recorrer es el del deber, de la gratitud hacia vos y del servicio de Dios.

Después de dar esta respuesta, el muchacho se retira de la sala y el rey se dice a sí mismo:

«¡Mi dinastía ha renacido!».

Segunda prueba: la indiferencia del rey

Siguiendo con nuestra metáfora, imaginemos que, en un momento dado, el rey decide someter a su hijo a otra prueba.

Comienza a fingir que ya no le muestra la misma amistad y que no lo comprende bien.

Lo mira con indiferencia, incluso con cierta distancia.

Le concede audiencias breves, le presta poca atención y lo evita para ocuparse de otros asuntos menos importantes.

Llega hasta el punto de hablar con otras personas, en presencia del joven, acerca de reyes viudos y sin hijos que se volvieron a casar, tuvieron descendencia y aseguraron la continuidad de su linaje.

«¿Quién sabe si seguiré su ejemplo, contraeré nuevas nupcias y tendré un heredero de mi propia sangre?».

El niño adoptado se siente rechazado, pero piensa:

«¡He recibido tanto de él! ¡Aunque me lo quite todo, lo serviré toda la vida!».

Y superaría esta segunda prueba, todavía más cruel que la anterior.

Tercera y última prueba

Sin embargo, el soberano necesitaba una última demostración de fidelidad por parte del muchacho.

Cierta madrugada, manda despertarlo y llevarlo ante su presencia:

—Debo confiarte una misión peligrosa y confidencial. En un país lejano hay un preso que espera recibir este mensaje mío. Tendrás que viajar allí, decir que eres mi hijo, dejarte prender y, una vez llevado a la misma prisión, transmitir mi recado a esa persona.

El joven, aunque sorprendido, no vacila en responder:

—Señor mío y padre mío, si me permitís seguir llamándoos así, ¡mi vida os pertenece!

El rey añade entonces:

—No sé cuánto tiempo te mantendrán encarcelado. Puede llevar años. Si, estando allí, oyes decir que me he casado y he tenido un hijo, reza por mí y por él, pues será el sucesor del trono.

El muchacho dice:

—Señor mío y padre mío, lo haré con todo empeño. ¿A qué hora debo partir y con quién debo hablar? Dadme vuestras órdenes.

Le responde el rey:

—Tienes una hora y media para prepararte y salir. Ya he tratado mucho contigo y te conozco bien. Despídete rápidamente de mí y márchate.

El muchacho se inclina y se retira.

A la hora exacta se presenta disfrazado ante los guardias del palacio, pues, conforme a las instrucciones del soberano, nadie debía saber de su partida.

Pero, para sorpresa del joven, los centinelas le impiden salir y le dicen:

—¡El rey ordena que regrese a su habitación!

Él vuelve y el monarca lo acoge con desbordantes muestras de afecto.

¡Quedaba asegurada la sucesión al trono en aquel reino mítico y maravilloso!

Analogías con la vocación

Esta metáfora se aplica a la historia de cada uno de nosotros, que hemos recibido la llamada a seguir los caminos de una vocación determinada. Por ejemplo, la de nuestro movimiento.

No nos invitó a él un simple rey, sino alguien de esplendor insondablemente mayor: María Santísima, Reina del Cielo y de la tierra. De manera semejante a la del rey imaginario, por voluntad divina Ella nos escogió para servirla de un modo muy especial.

¿Cómo era la vida de cada uno de mis oyentes antes de pertenecer a nuestra familia de almas?

Fuimos llamados en las circunstancias más diversas.

Si procedemos de un ambiente que preparó nuestra vocación, ¡cuántas gracias nos concedió la Providencia en ese sentido, disponiendo que todo favoreciera la aceptación de aquella invitación!

Si, por el contrario, venimos de un ambiente adverso, ¡cuánta misericordia del Creador al mirar el lugar donde crecimos y decir:

«¡Aquí escogeré a un hijo, a un príncipe!».

La gracia comenzó a latir en nosotros

Sin saberlo, comenzaron a producirse movimientos en el interior de nuestras almas.

Un sentido moral más vivo nos hizo rechazar las conductas poco recomendables que presenciábamos en uno u otro ambiente, y empezamos a desear las actitudes virtuosas contrarias a lo que nos desagradaba.

La gracia latía en nuestros corazones, diciéndonos:

«¡Qué cosa tan pésima! ¡Y qué hermosa es aquella otra! ¡Qué bellos son esos monumentos de la cristiandad, esa música, aquella época del pasado! ¡Qué bueno sería que se corrigiera cuanto hay de malo en el mundo moderno!».

Comenzó a surgir en nuestra alma la oposición al mal.

Así fue llamado cada uno de nosotros. En ciudades, estados y condiciones de vida diferentes y, a veces, incluso en el fondo de una caída moral. Cayó… y en cierto momento sintió horror de sí mismo. Era Dios que hablaba en el interior de su alma, llamándolo a amarlo.

(Revista Dr. Plinio, marzo de 2006, n.º 96, pp. 8-23).