¡Cuántos obstáculos hay que superar para responder a esta pregunta tan breve!… Sólo con pronunciar la palabra infierno, surgen en la mente mil objeciones, sentimientos y barreras psicológicas: «Infierno… ¿existirá de verdad?».
O bien: «Jesús habla realmente del infierno eterno (cf. Mt 25, 41; Mc 9, 43-48); pero ¿va gente allí?». Y la duda más común: «¿Cómo puede un Dios tan bueno crear un castigo tan cruel y… eterno?».
Nuestra gran ventaja para responder a esta cuestión es que la Santa Iglesia Católica no nació ayer. Ornada de una juventud de dos mil años, cuenta con una vasta experiencia, y la gran mayoría de los problemas que hoy se plantean ya fueron abordados en el pasado, respondidos por grandes doctores de la Iglesia y definidos por el magisterio eclesiástico.
El Catecismo resume así este tema:
«La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del Infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del Infierno, “el fuego eterno”»
(CCE 1035). ¡Claridad cristalina!
¡Sí, el Infierno existe! Es eterno y no está vacío: allí se encuentra al menos una gran cantidad de demonios (cf. 2 Pe 2, 4)…
Al leer tal afirmación, el hombre moderno, acostumbrado a verlo todo desde la perspectiva de la contestación y la rebelión, se levanta de inmediato: «¡No puedo creer que Dios haya hecho eso!». ¡Como si fuéramos más misericordiosos que el propio Padre celestial!
Antiguamente, la humanidad aceptaba la doctrina de que los hombres malos van al Infierno; hoy en día, si existe el Infierno, es porque, en el fondo, el malo es Dios… ¡Menuda inversión de valores!
Cabe considerar que «no hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna» (CCE 1864).
Sí, ir al Infierno es culpa nuestra… ¡no de Dios!
Además, el Catecismo continúa explicando:
«El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del Infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno» (CCE 1861).
El problema es que hoy en día todo tiende a ser desechable, y el hombre moderno quiere ponerle fecha de caducidad incluso a la condenación eterna…
Pero, en definitiva, ¿puede haber o no personas arrepentidas en el Infierno?
El único arrepentimiento capaz de salvar a alguien del Infierno es aquel que nace del reconocimiento contrito de haber ofendido a Dios, con el propósito de cambiar de vida y una apertura confiada a la misericordia divina.
Ahora bien, ¡eso no existe en el Infierno! Puede haber un remordimiento rebelde, inconforme y endurecido, pero sin deseo de perdón.
El Catecismo recoge las palabras de San Juan Damasceno: «No hay arrepentimiento para ellos [los ángeles] después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte» (CCE 393).
¿Sabe usted, Antonio, por qué? Porque el Infierno y el Cielo, de alguna manera, ya comienzan en esta tierra. Quien se acostumbra a ofender a Dios durante su vida se va endureciendo cada vez más en el mal, hasta el punto de despreciar el perdón aquí e incluso después de la muerte, si se le ofreciera. Es el «misterio de la iniquidad» (2 Tes 2, 7).
¡Que la Santísima Virgen María, Puerta del Cielo, nos obtenga la gracia de vivir santamente, manteniendo siempre el estado de gracia en nuestras almas y pidiendo perdón cuando lo necesitemos!
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