La Sagrada Escritura reprueba las palabras malsonantes, como enseña San Pablo en la Epístola a los Efesios:

«Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad» (4, 29-31).

Antes de este pasaje, el Apóstol ya había exhortado a los cristianos a despojarse del hombre viejo, a renunciar a su vida pasada y a renovarse interiormente, revistiéndose del hombre nuevo, creado a imagen de Dios (cf. Ef 4, 22-24). Por eso, abandonar el lenguaje soez, grosero e indecente forma parte del proceso de conversión del cristiano, so pena de contristar al Paráclito.

De hecho, las palabras indecorosas suelen expresar pensamientos airados, lujuriosos o vulgares, indignos de un verdadero discípulo de Nuestro Señor Jesucristo, quien debe distinguirse por un vocabulario límpido y elevado, dando así testimonio de su caridad y su pureza, pues «de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Lc 6, 45). La terrible propagación de este tipo de lenguaje es un síntoma muy significativo de la crisis moral que asola el mundo. Cada vez es más frecuente, tanto en ámbitos públicos como privados, el empleo de expresiones impúdicas y carentes de recato, que muchos incluso se jactan de utilizar.

En Dios, ser y palabra son una misma realidad. El Verbo —afirma San Juan— estaba junto a Dios y era Dios (cf. Jn 1, 1). Para los hombres, sin embargo, parece no ser así; la palabra a veces se diferencia del ser en virtud de diversas circunstancias, aunque no sea ésa la situación ideal. Creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26-27), debemos buscar la armonía entre lo que somos y lo que expresamos, de modo que en nosotros resplandezca algo de nuestro Artífice. La integridad, señala el Catecismo de la Iglesia Católica, «no tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje» (CCE 2338).

Hay además otro motivo para considerar la gravedad de recurrir a groserías al expresarse, ya sea habitualmente o en momentos de ira o de agitación. Las llamadas «palabrotas» suelen ser impúdicas, por referirse a realidades propias del ámbito del sexto mandamiento de la ley de Dios.

San Pablo, en su carta a los efesios, enseña además: «Tampoco vulgaridades, estupideces o frases de doble sentido; todo eso está fuera de lugar» (Ef 5, 4). La vulgaridad y la lujuria presentes en las palabras impuras manchan y desfiguran el alma de quien las pronuncia y, en cierto modo, también hieren la dignidad de quien las escucha. La expresión oral refleja el interior del corazón y, al mismo tiempo, influye en él y lo moldea. Por eso, el lenguaje indecoroso representa un atentado contra el «templo de Dios» (1 Cor 3, 16), que es el hombre. De ahí que San Pablo lo censure con tanta severidad.

Por último, conviene destacar que emplear un lenguaje respetuoso, digno y elevado forma parte indispensable de la buena educación cristiana, de la cortesía y del apostolado.